En 1924, el eminente pedagogo e historiador Francisco Ibarra Martínez dirigía en Santiago de Cuba una Academia Preparatoria destinada a los estudiantes que aspiraban ingresar a la Escuela Normal para Maestros de Oriente. El centro se encontraba en la ciudad de Santiago de Cuba, específicamente en la calle Habana, entre Pío Rosado (Carnicería) y Moncada, y en él Ibarra impartía diversas asignaturas, entre ellas la Historia de Cuba, asignatura de la que era una voz autorizada en el país a partir de su incursión en los Congresos de Historia y la autoría de libros como: Cronología de la Guerra de los Diez Años y Los cinco entierros de José Martí.
Al aproximarse el mes de octubre de aquel año, mientras explicaba a sus alumnos el significado histórico del Grito de Yara, evocó a la joven que había sido escogida por Carlos Manuel de Céspedes para confeccionar con urgencia la bandera que simbolizaría el inicio de la lucha independentista. Aquella joven era Candelaria Acosta Fontaigne, conocida sencillamente como Cambula.
Mientras el profesor hablaba apasionadamente de ese episodio de la historia nacional, una de las alumnas interrumpió repentina pero respetuosamente la clase para informarle que Cambula aún vivía y que, sorprendentemente, residía en la misma manzana donde se encontraba la Academia preparatoria. La noticia despertó de inmediato el interés del maestro. Consciente del valor que podía tener conversar con una testigo directa de aquellos acontecimientos, le pidió a la estudiante que, una vez concluidas las clases, lo condujera hasta su casa. Así fue como esa misma tarde ambos se dirigieron al número 72 de la calle Carnicería, donde la anciana vivía junto a su hija Isabel.
Cambula recibió al visitante con cordialidad. Lo que en principio parecía una visita breve se transformó en una larga conversación que se prolongó por cerca de dos horas según cuenta Pancho Ibarra, como era conocido el destacado maestro. Asegura quedó impresionado por la vitalidad de la anciana. A pesar de su avanzada edad, conservaba un espíritu alegre y bullicioso que, según el propio profesor recordaría más tarde, debía haber caracterizado también su juventud. Imaginaba que en aquellos años debió ser una muchacha hermosa y rodeada de admiradores. Su mente se mantenía lúcida; leía con frecuencia y lo hacía sin necesidad de espejuelos, lo cual sorprendió al pedagogo. Durante la charla, Cambula mezclaba recuerdos históricos con comentarios espontáneos y anécdotas que revelaban un carácter franco y jovial.
El momento que evocaba con mayor emoción era el del 10 de octubre de 1868. Sus palabras, cargadas de pasión, revivían aquel día en que la vida de muchos cubanos cambió para siempre. Narró cómo había confeccionado la bandera que acompañaría el levantamiento de La Demajagua, un gesto que, aunque realizado con la urgencia del momento, adquiriría posteriormente una profunda dimensión simbólica dentro de la historia de Cuba. También habló de su vida personal y de la relación que mantuvo con Céspedes, con quien tuvo dos hijos. Recordó igualmente la etapa en que, por órdenes del propio líder independentista, tuvo que trasladarse a Jamaica, experiencia que marcó otra etapa de su existencia.
Mientras escuchaba aquellos relatos, Ibarra no sólo percibía el valor documental de la conversación, sino también la intensidad humana de una vida entrelazada con los orígenes de la nación. Cambula había nacido el 2 de febrero de 1851 en Veguitas, Manzanillo. Era hija de Juan Acosta, mayoral del ingenio Demajagua, y de Concepción Fontaine y Segrera. En el batey del ingenio, cerca de la casa de Céspedes, había transcurrido su juventud. Cuando estalló la insurrección tenía apenas diecisiete años. Su historia personal, unida a la del ingenio y a la de sus habitantes, formaba parte de ese complejo entramado social que dio origen al movimiento independentista.
La conversación entre el maestro y la anciana se convirtió así en un encuentro entre dos tiempos históricos. Por un lado, la generación que había vivido los acontecimientos fundacionales de la independencia; por otro, la de los educadores e investigadores que, décadas después, buscaban comprender y preservar ese pasado. En la memoria viva de Cambula, el profesor encontraba una fuente invaluable que complementaba los documentos escritos y aportaba matices humanos a los grandes relatos de la historia.
Años después específicamente en 1974, el testimonio de aquella visita sería recogido y difundido bajo la autoría del propio Francisco en el No.15 de la revista Santiago, de la Universidad de Oriente, preservando para la historiografía cubana la voz de una mujer que había participado, en uno de los momentos más significativos del nacimiento de la nación, además de su cercanía sentimental con el Padre de la Patria. Así, la charla de una tarde cualquiera en una casa de la calle Pío Rosado o Carnicería como se conoce hoy, se transformó en un puente entre la memoria personal y la historia colectiva, donde el relato íntimo de Cambula permitió volver a mirar, desde la cercanía de la experiencia humana, los primeros instantes de la lucha por la independencia de Cuba.
Pedagogo e historiador Francisco Ibarra Martínez

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