Si mi tarea hoy fuera armar este rompecabezas no sabría. Pero es periodismo Y eso se me da mucho mejor, gracias también a mi difunto padre (periodista hasta el final), a quien no le llego ni a los tobillos.
¿Cómo armar estas cuatro piezas que me han traído ante la computadora?:
1.-El mejor pelotero del mundo (el japonés Shohei Ohtani).
2.-Otro pelotero (el villareño Mailon Tomás Alonso).
3.-Una gloria cubana del taekwondo (Nelson Sáenz).
4.-El mejor representante de las artes marciales llevadas al cine (Bruce Lee).
Vayamos paso a paso, como dice el refrán, “atrapar un conejo primero, y el otro después”.
La primera pieza de mi rompecabezas es un viejo recuerdo de los Juegos Panamericanos de Mar de Plata 1995, en los cuales fui uno de los enviados especiales del periódico Granma.
En uno de sus momentos entrevisté en la puerta de aquel gimnasio, con una gritería como supongo sean las vallas de gallos, a Nelson Sáenz, tras haber ganado su medalla de oro en la división de +83 kilogramos, como había hecho antes en los de La Habana 1991. Y dos años antes de su bronce en el mundial de Hong Kong 1997.
En medio de una conversación alegre le pregunté:
—¿Serías capaz, con las reglas del taekwondo, de enfrentarte a un resucitado Bruce Lee?
Soltó una sonrisa, pensé que no me iba a contestar; pero lo hizo con una rapidez, seguridad y vehemencia contundentes…
“Sí, claro que sí”.
Y la pregunta no era casual. Porque hablar de Bruce Lee no es hablar solo de un peleador, sino de alguien que cambió para siempre la manera en que el mundo entendió las artes marciales.
Hollywood lo miraba con recelo, pero The Green Hornet y luego Operación Dragón lo hicieron estrella mundial. En pantalla era un relámpago: cada golpe era cine, cada silencio desafío. Murió en 1973, a los 32 años, demasiado joven, por un edema cerebral, dejando abierta una puerta: la de las artes marciales como espectáculo global.
Desde entonces, Bruce Lee es más que un actor: es el símbolo de cómo la lucha se convirtió en relato y el relato en mito. Y tal vez por eso, décadas después, seguimos reconociendo ese mismo gesto —el de romper moldes— en escenarios muy distintos.
Me volví a encontrar a Nelson Sáenz tiempo después en La Habana, y me soltó la misma sonrisa de allá en suelo argentino, y lo que me dijo nos dejó riéndonos a los dos….
“En qué clase de lío me metiste. Cuando llegué a mi barrio me hicieron muchas bromas con eso de yo enfrentarme a Bruce Lee”.
Otra pieza de mi rompecabezas es más reciente, de hace pocas horas. Escribí un trabajo titulado Un pelotero que dijo no. Y el Sumario puse Es “un Shohei Ohtani cubano”, el capitán y cuarto bate villaclareño Mailon Tomás Alonso Toledo, quien abre de nuevo otra arista en el debate sobre nuestro béisbol.
Ello tiene que ver, lo señalo para los que no conocen la historia, a su renuncia por problemas personales, y no es la única, a participar en nuestra IV Liga Élite, que arranca el 2 de mayo, tratándose de un jugador que incluso no tiene contrato en torneos de otros países.
Es que, salvando las enormes distancias que los separan, Mailon Tomás Alonso también batea y lanza, algo que Shohei Ohtani hace de forma magistral en los Dodgers de Los Ángeles, a los cuales ha empujado a ser campeones de la Serie Mundial de las Grandes Ligas.
Lo escribí ahora, lo de “un Shohei Ohtani cubano”, tratando de hacer amena la lectura (respeto máximo a los lectores), y sin miedo al qué dirán, con la valentía que debe llevar el periodismo, y no siempre tiene.
Quiere decir lo anterior que lo hice sin olvidar lo que le dijeron a Nelson Sáenz en su barrio cuando llegó después de haberme confesado aceptaría enfrentarse a un resucitado Bruce Lee.
Pero muchas historias exigen volver a su pregunta inicial:
¿Se parecen Bruce Lee y Shohei Ohtani?
Sí… Ellos parecen caminar por sendas distintas, pero en ambos late la misma ruptura de límites. Lee, en los años 70, convirtió las artes marciales en espectáculo global, fundiendo filosofía y velocidad en un cuerpo que era cine puro. Ohtani, medio siglo después, desafía la lógica del béisbol moderno: un lanzador que también es bateador de élite, un jugador que multiplica roles y asombra multitudes.
Los dos fueron mirados con recelo al inicio, como si su audacia no encajara en los moldes establecidos. Pero cada golpe de Lee y cada swing y lanzamiento de Ohtani demostraron que la disciplina puede reinventarse. En ellos, la tradición se volvió innovación, y la innovación mito.
Volvamos al presente:
Bueno, tengo que ser agradecido, yo les encuentro otro parecido: ellos dos me dictaron ahora esta crónica. Es también muy posible que ya se le hayan acercado al jugador de los Leopardos con una sonrisa inocultable y un toque de malicia:
—Oye, Mailon, ¿dónde tenía la cabeza ese periodista cuando escribió “un Shohei Ohtani cubano”?

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