Escribo esta columna una semana exacta antes de que se publique. Es sábado. 4:25 de la tarde justo ahora. Estoy a la orilla de una piscina. Hay un sol esplendoroso y un olor salado a mar que le da una consistencia distinta a todo. Mis hijos juegan con mi esposo, y sus carcajadas llegan hasta la sombra desde la que los miro, tranquila y feliz.
He decidido no meterme al agua. No tengo ganas. Es abril y el agua está fría para mi gusto. A pesar de que nací en una ciudad levantada a la orilla del mar, donde el veraneo es casi asunto de todo el año, nunca he sido amante de playas y piscinas. Me molesta la arena, la ropa mojada... para ser feliz siempre me ha bastado el libro, el no hacer nada, el sonido de las olas, el aire festivo que hay siempre en todo lugar así.
A lo largo de mi vida he estado muchas veces en esta villa. Unas, de niña; otras tantas, de adolescente, y de joven con apenas responsabilidades.
Ahora las vacaciones tienen otro sabor, porque soy madre. Y lo que me hace más feliz, al borde de esta piscina, es ver el modo en que mis hijos la disfrutan.
Nunca he sido partidaria de situar toda la satisfacción materna en la felicidad de los hijos. Me parece un enfoque reduccionista, injusto para nosotras, y sofocante para ellos. Además, creo que es una expectativa irreal.
Pero sí reconozco que cuando el vínculo es fuerte y sano, una parte fundamental del bienestar materno viene de saberlos plenos en todos los sentidos.
Estas son unas vacaciones modestas, sin grandes lujos; y, no obstante, unas que sé un privilegio en los momentos que vivimos. Lograr para ellos la sorpresa del viaje, el encuentro con los abuelos, las horas de castillos de arena y piscina, de parque, galleticas y cosquillas lo he sentido como un triunfo y un alivio para mi corazón.
Y pienso cuánto han cambiado mis expectativas en relación a las vacaciones. Ese darse a otro ser, sin guardarse nada, es una de las mejores cosas de la maternidad, y la que más crecimiento humano supone.
Poco queda en mí de aquella que se perdía en sus ensoñaciones, sin nada más que hacer que imaginar, descansar, disfrutar.
Ahora debo limpiar mocos, bañarlos, cambiar ropa, vigilar todos los peligros.
No es la misma magia, pero la hay, sin dudas. Cada día feliz fabrica su nostalgia. Quizá es eso lo que siento a la orilla de esta piscina, en la tarde de un sábado. En otras vacaciones me acordaré de estas, será una vuelta dulce.
- Consulte además: La fortaleza

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