Cada mañana, cuando tacho un día en el almanaque de mi cocina, siento que Santo Domingo 2026 se acerca con la fuerza de algo que ya está en marcha. La edición 25 de los Juegos Centroamericanos y del Caribe —los más antiguos que siguen vivos se abrirá del 24 de julio al 8 de agosto.
Y mientras el almanaque pierde hojas, la memoria abre una puerta que siempre conduce al mismo sitio: Ciudad de México 1926, el punto de partida.
Aquel octubre, el Estadio Nacional recibió a tres delegaciones. Podían haber sido catorce, pero solo llegaron México, Cuba y Guatemala. Eran tiempos de fronteras más rígidas y horizontes más estrechos: 271 hombres, ninguna mujer, aunque el reglamento permitía su presencia en voleibol, natación y tenis.
El presidente Plutarco Elías Calles ocupó su palco a las diez en punto, bajo un sol que parecía decidido a presidir también la ceremonia.
La fecha coincidía con el aniversario 434 del arribo de Colón al continente, un guiño que hoy se lee con otros ojos.
El protocolo ya tenía la estructura que reconocemos en nuestros tiempos, como una tradición que se ha mantenido: juramento, himnos, desfile de jueces y comités olímpicos.
Y un detalle que aún ilumina los archivos: un grupo de tehuanas avanzando con sus trajes tradicionales, dueñas del color y del ritmo, como si la historia necesitara un gesto para fijar su primera imagen.
El medallero final dejó a México con 67 preseas (25 oros-24 platas-18 bronces), Cuba 44 (14-15-15) y Guatemala 3 (0-0-3).
Los anfitriones dominaron atletismo, natación, tiro, tenis y baloncesto.
No olvidar
En tiro hubo reclamaciones cubanas, registradas décadas después en la primera edición del excelente libro Los Juegos regionales más antiguos, publicado con motivo de los de La Habana 1982.
En la natación el cubano Leonel “Bebito” Smith fue como un pez, al ganar los 400 y 800 metros libres, una faena que repitió cuatro años después en los de La Habana 1930.
El pulso de nuestro país se sintió con mucha fuerza en dos frentes: béisbol y esgrima.
En béisbol, Cuba ganó los tres partidos ante México: 12‑0, 10‑3 (en seis entradas) y 8‑2. Cuando terminó el primero, el público invadió el terreno. No contra los cubanos: contra sus propios seleccionadores. Ese gesto, casi teatral, dice más que cualquier crónica de la época.
En esgrima, Ramón Fonst volvió a demostrar por qué fue el primer campeón olímpico latinoamericano (París 1900 y San Luis 1904). No compitió: gobernó. Florete, espada, sable. Veinticuatro victorias, una derrota, solo siete toques recibidos. Un dominio que hoy parece exagerado, porque el metal obedeció a su mano.
Del lado mexicano, el clavadista Federico Mariscal firmó tres oros entre trampolín y plataforma, figura imprescindible de aquella cita.
República Dominicana ha sido sede en 1974 y 1986. La Habana lo fue en 1930 y 1982, esta última salvada en poco más de un año tras la renuncia de Mayagüez, que debió esperar hasta 2010 para recibirlos. México, por su parte, es el país que más veces los ha organizado: 1926, 1954, 1990 y 2014, esta última en Veracruz.
Y ahora, mientras escribo estas líneas, siento que llegó el momento de cerrar esta crónica y tachar otro día en el almanaque de mi cocina.
Santo Domingo 2026 ya respira.

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