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jueves, 5 de marzo de 2026

La factura de la guerra

La ecuación es escalofriante para las arcas estadounidenses...

Reynaldo Zaldívar en Exclusivo 05/03/2026
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La factura de la guerra
La factura de la guerra (Imagen generada con IA) (Reynaldo Zaldívar / Cubahora)

En apenas 96 horas, la guerra entre Estados Unidos e Irán ha dejado de ser un tablero geopolítico para convertirse en un agujero financiero. Los primeros cuatro días de hostilidades abiertas han expuesto una realidad económica brutal: el Pentágono está quemando dinero a un ritmo insostenible, enfrentándose a una ecuación asimétrica donde cada misil iraní cuesta una fracción de lo que Washington gasta para interceptarlo.

La ofensiva estadounidense, que comenzó el pasado 28 de febrero, tuvo un arranque financiero demoledor. Según cálculos de la agencia turca Anadolu Agency, respaldados por datos del Comando Central de EE.UU. (CENTCOM) y presupuestos del Departamento de Defensa, solo las primeras 24 horas de la operación le costaron al contribuyente estadounidense aproximadamente 779 millones de dólares. Esta cifra, que representa cerca del 0.1% del presupuesto de defensa para todo 2026, se disparó gracias al uso de bombarderos estratégicos B-2, cuyo costo por hora de vuelo ronda los 150,000 dólares, y al lanzamiento de unos 200 misiles de crucero Tomahawk, valorados en 340.4 millones de dólares.

Sin embargo, el verdadero dolor de cabeza financiero para el Pentágono no reside solo en el costo de golpear, sino en el precio de defenderse. La estrategia iraní ha sido clara desde el primer momento: una guerra de desgaste basada en la asimetría. Mientras que Irán ha lanzado más de 500 misiles balísticos y una cantidad aún mayor de drones —cuyo costo unitario puede ser de apenas 20,000 dólares —, Estados Unidos se ha visto obligado a responder con interceptores de última generación.

La ecuación es escalofriante para las arcas estadounidenses. Cada misil interceptador SM-3 o Patriot cuesta alrededor de 4 millones de dólares. Siguiendo esta lógica, si Irán ha lanzado cientos de misiles en los primeros días, Estados Unidos podría haber gastado ya más de 4,000 millones de dólares solo en munición defensiva para intentar derribarlos. Es la nueva lógica de la guerra moderna: gastar un millón de dólares para detener un artefacto que al enemigo le cuesta 20,000.

Pero el costo no se limita a los proyectiles. El patrimonio físico estadounidense en la región también está sufriendo un duro golpe. Según un informe de Anadolu Agency, las pérdidas en equipamiento militar superan ya los 1,902 millones de dólares . El golpe más simbólico y caro lo sufrió la base aérea de Al Udeid en Catar, donde un misil iraní impactó contra un radar estratégico, valorado en 1,100 millones de dólares. A esto se suman la destrucción de tres cazas F-15E Strike Eagle en un incidente de fuego amigo en Kuwait (282 millones de dólares), un radar AN/TPY-2 del sistema THAAD valorado en 500 millones de dólares en Emiratos Árabes, y terminales satelitales en Baréin.

El costo de mantener la maquinaria de guerra en movimiento

Más allá de las balas y los aviones caídos, la guerra tiene un costo diario de mantenimiento que pocas veces muestran las noticias. Mantener el poderío naval en la región tiene un precio descomunal. Según informes del Congressional Research Service (CRS) y estimaciones de expertos citadas por la agencia de noticias Bloomberg, operar un portaaviones clase Gerald R. Ford cuesta cerca de 8.4 millones de dólares al día. Con dos grupos de portaaviones desplegados en la zona —el USS Abraham Lincoln y el USS Gerald R. Ford—, solo el capítulo de portaaviones asciende a más de 13 millones de dólares diarios, alcanzando picos de hasta 20 millones si se incluyen los destructores y buques de escolta.

A esto se suma el despliegue de aproximadamente 50,000 soldados en la región. Aunque el costo exacto varía según la misión, un informe de la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) estima que desplegar tropas puede costar unos 260 dólares adicionales por persona al día, lo que en un mes podría traducirse en cientos de millones de dólares en logística, sueldos y operaciones.

El Congreso dice no a la paz

Mientras la factura se dispara, el Congreso tuvo la oportunidad de poner freno a esta escalada bélica. Este miércoles 4 de marzo, el Senado votó una resolución de poderes de guerra (war powers resolution) que buscaba bloquear la autoridad del presidente Donald Trump para continuar con los ataques contra Irán y exigir la retirada de las tropas no autorizadas por el Congreso. El resultado fue desfavorable para la propuesta: 52 votos a favor de bloquearla (en la práctica, apoyando la guerra) y 47 en contra. La votación fue mayoritariamente partidista: los republicanos respaldaron a su presidente, con la excepción del senador Rand Paul, mientras que los demócratas votaron a favor de detener la guerra, con la excepción del senador John Fetterman.

¿Qué explica este resultado? 

La razón más inmediata es aritmética. Los republicanos tienen mayorías ajustadas pero funcionales tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes. En un contexto de guerra, la disciplina partidista se impone: votar en contra del presidente de su propio partido en medio de un conflicto abierto es políticamente costoso. Como argumentó el republicano John Barrasso, los demócratas buscaban "obstruir a Donald Trump". 

Los republicanos esgrimieron que votar a favor de la resolución enviaría un "mensaje equivocado" a Irán y a las tropas estadounidenses en pleno combate. La senadora Susan Collins expresó que, en esta coyuntura, "proporcionar un apoyo inequívoco a nuestros miembros del servicio es de vital importancia". Para muchos legisladores, parecía impensable "limitar las opciones militares del presidente en este momento crítico".

A pesar del cansancio por las "guerras eternas" que mencionaba Chuck Schumer, el relato de la administración Trump caló hondo: Irán era presentado como una "amenaza central" para la seguridad nacional, con un programa nuclear activo y décadas de apoyo al terrorismo. El senador Markwayne Mullin lo resumió así: "La guerra es fea, siempre lo ha sido, pero estamos eliminando a un régimen que ha estado tratando de atacarnos durante mucho tiempo". Para este sector, la guerra, por costosa que sea, se enmarca en una acción necesaria contra un enemigo existencial.

Aunque una encuesta de Reuters/Ipsos mostraba que solo uno de cada cuatro estadounidenses aprobaba los ataques contra Irán, el voto en contra de la guerra también tenía riesgos. Los republicanos acusaron a los demócratas de "jugar a la política" con la seguridad nacional. Para los legisladores republicanos en distritos competitivos, mostrarse débiles frente a Irán podía ser un lastre mayor que apoyar a un presidente en tiempos de guerra.

Varios senadores que habían apoyado resoluciones de poderes de guerra en el pasado contra otras acciones militares de Trump (como en Venezuela) se opusieron a esta precisamente por la naturaleza del conflicto. Al tratarse de una guerra abierta y en curso, votar para detenerla se percibía como un acto de desautorización al comandante en jefe mientras los soldados estaban en peligro.

Mirar hacia otro lado

En apenas cuatro días, la factura presentada es astronómica: más de 4,000 millones en interceptores, casi 2,000 millones en equipamiento destruido y decenas de millones diarios en operación. La guerra contra Irán, en sus primeros compases, no solo está poniendo a prueba la capacidad militar de Estados Unidos, está poniendo a prueba la capacidad de su tesorería para sostener una batalla donde la ventaja tecnológica se paga con un precio desorbitado. Y mientras los misiles siguen volando, el Congreso, el único poder con autoridad constitucional para declarar la guerra, ha decidido mirar hacia otro lado.


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Reynaldo Zaldívar

Escritor y martiano. Papá de Salma.


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