Enfrentamos una escalada de Guerra Cultural contra el socialismo cubano, los siete días de todas las semanas de todos los años, por los medios que sospechamos y por los que subestimamos. La que comprende el accionar de una amplia gama de individuos y colectivos con motivaciones, apoyos, recursos, campos de acción, estrategias e impactos diversos. Actos de confrontación, violentos y desestabilizadores, contra el sistema político y el orden instituido, campañas de descrédito y desinformación, apoyo a las narrativas propaladas por el gobierno, las agencias de inteligencia y el ecosistema de medios del enemigo histórico de nuestra nacionalidad, a las que se suman artistas e intelectuales, y aspirantes a ellos. Sirviendo, con mayor o menor conciencia, con mayor o menor agenciamiento e impacto, autónomamente o como mercenarios, como actores o agentes de esta disputa política.
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Entendemos la guerra cultural como una forma de manifestación de violencia, promovida por el imperialismo cultural para el sometimiento y el dominio de individuos, grupos y naciones, mediante la conquista de los cuerpos y las almas, el control de las mentes y lo corazones. Lo que comprende la aculturación, suplantación u homogenización de la cultura de un sujeto de identidad, sustituyéndola por otra extraña, falsa y banal. Inocular una cultura especialmente construida para alcanzar sus objetivos de hegemonía y dominación. Un conjunto de acciones que atacan, socaban y pretenden aniquilar todas las zonas posibles de existencia que, a consideración de este imperio pongan en riesgo o cuestionen su poderío cultural, la hegemonía de sus ideas (como expresión de las relaciones materiales y que la hacen clase o nación dominante), su propia representación como élite preeminente, la centralidad de sus valores y de su visión del mundo, el capital simbólico que asegure y adelante sus ambiciones e intereses.
Se apunta y dispara contra todo vestigio antimperialista y toda posibilidad contracultural, contra todo “estado atractor” de: Lo "otro", distinto a lo Macho-Anglozajón-del Norte–Capitalista; Lo cubano, propio y auténtico con potencialidades de cohesionar y de constituirse sostenidamente en orgullo y compromiso, y Lo Socialista, alternativo al ordenamiento capitalista del sistema-mundo y a su racionalidad mercantilista.
Para ello, implementa acciones diversas, sistemáticas y multiagenciadas contra la Seguridad Cultural de la Nación Cubana, excolonizada y subdesarrollada, en tránsito hacia el Comunismo. Con las que persiste en socavar varias dimensiones de la cultura: su cantidad y calidad constitutiva, medible por la cohesión; su cantidad y calidad significativa y referencial, medible por el orgullo patrio, y su cantidad y calidad orientativa, medible por la afiliación y las expectativas de los sujetos.
Afiliación o rechazo que puede llegar a manifestarse públicamente, mediante acciones colectivas. Los músicos pueden fungir entonces, como actores, agentes de cambio o activistas, en dependencia de sus implicaciones, filiaciones y el alcance de su accionar.
Se entiende como un actor político: toda entidad, individual o colectiva, formal o informal, que, dotada de capacidad de agencia y recursos específicos, interviene de forma estratégica en el campo político para defender sus intereses e influir en los procesos de decisión colectiva.
Cuando un actor demuestra un nivel de agencia que le permita desestabilizar o transformar el sistema deviene en agente de cambio. Es un motor del cambio, convoca, demanda y confronta, moviliza y combina recursos: simbólicos y sociales. Es el individuo, grupo u organización que posee y ejerce agencia intencionada o interesada para iniciar, facilitar o impulsar procesos de transformación sustancial en sistemas sociales y políticos. Su acción se caracteriza por desafiar el statu quo y las instituciones, superar resistencias y violentar las estructuras y normas existentes, recabar apoyo y atención mediático para adelantar sus propósitos.
El activista es un tipo específico de agente de cambio. Mientras un agente de cambio puede operar desde dentro del sistema, el activista se caracteriza por su posición externa y contestataria. Todo activista es un agente de cambio, pero no todo agente de cambio es un activista. Es un actor individual o colectivo que se moviliza de forma sostenida y estratégica fuera de los canales institucionales convencionales, con el objetivo expreso de promover, resistir o canalizar un cambio social y político.
Un artivista es caso específico de activista. Una persona que utiliza el arte y la creatividad como herramienta principal para su activismo. Su arte, lo simbólico y lo emocional, son el recurso principal para comunicar, movilizar y confrontar. Su accionar comprende grafitis y murales con mensajes políticos, performances, teatro callejero, canciones de protesta, videoclips, instalaciones artísticas, etc. Su campo de acción pueden ser los espacios culturales y también los públicos, la calle.
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En nuestro contexto, algunos “famosos” pueden considerarse como actores políticos, al apoyar ciertas campañas, promover ciertas narrativas, sobre la base de su prestigio y poder de influencia. Como instrumentos de las élites capitalistas y promotores de una racionalidad competitiva distinta a la solidaria, central para el Socialismo. Al socavar valores, fragmentar o diluir símbolos y referentes históricos, aniquilar el orgullo patrio y desorientar a su adoradores en nuestro país.
Se constituyen en ese “personaje trascendente” que mencionaron Lacan y Granoff, necesario para que un comportamiento imaginario resulte simbólico y se constituya en referente para el comportamiento colectivo. Ellos le aportan un “elemento trascendente” a las marcas que los individuos consumen, como signos de “éxito”. Media entre el individuo y su selfie (con filtros), entre el imaginarse ricos y el parecerse a ese personaje-fetiche, entre la angustia por no conseguir satisfacer las necesidades biológicas y la culpa por no significarse “exitosos” para los demás. Con ellos se desplazan a los jóvenes “fuera del ciclo en el cual se satisface una necesidad biológica”, para enredarlos en el círculo vicioso del consumismo.
Su más importante servicio al Capital, por el que se sobrevaloran su fuerza de trabajo, es el de reproducir alienaciones. Su “culpa” es hacer apología del dinero, ese fetiche icónico que encarna con su imagen /marca. Traficar y expender, con su merca-música y con su comportamiento, la “pepa” de los pueblos: el escapismo hedonista de ese “mundo sin corazón” que es Capitalismo. Coadyuga, con su comportamiento ostentoso, a que sea hegemónica la “cultura del tener” y no la del ser. A que se adhiera en las mentes de sus miles de seguidores, el insaciable deseo de ser ricos y de acumular objetos, como signos de superioridad.
Con ellos, las imperialistas industrias culturales, trabajan con (y asienta) su propio paradigma racional y conductual, cultural. Suplantan los afectos por los efectos y subvierten la cultura popular con una subcultural enlatada- y fragmentadora. La ponderación de lo utilitario y comercial sobre lo virtuoso, del interés sobre el desinterés, de lo accidental sobre lo esencial. No solo son vitrinas ambulantes, reproductores de adicciones consumistas, también fungen como promotores de un cambio cultural que comprende valores, referentes e imaginarios.
Y si el famoso es reguetonero, nacido en el Sur y no blanco, sumas valores agregados a su fama y ganancias subjetivas a las élites que los utilizan, pero los desprecian. Al reproducir marcas de clases, los estigmas que señalan a los suyos como vulgares y violentos. Más aptos para mover el trasero que las neuronas, rebaño no elegibles para participar en la política.
Sobre ejemplos concretos de estos guerreros musicales, ya hemos comentados en nuestro Blog. Y profundizaremos en próximas entradas.

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