lunes, 5 de diciembre de 2022

Vivas a la desmemoria

Jugar a borrar el pasado no es una inocentada política...

Néstor Pedro Nuñez Dorta en Exclusivo 04/04/2016
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El convite es claro y repetido. Si vamos a hablar de una “nueva época” en las relaciones entre poderosos y empobrecidos, es indispensable borrar el pasado, olvidar lo ocurrido hasta ahora mismo, y tragarse sin aspavientos y con total credulidad los mensajes e interpretaciones de la otra parte, aquella aspirante a dueña del poder global.

 En pocas palabras, adiós a la historia y vivamos solo a partir del presente y de cara a un futuro sin viejos asideros.

Y tal vez en ese contexto fue que, al anunciar el inicio de conversaciones formales entre su gobierno y Ejército de Liberación Nacional, ELN, el presidente colombiano Juan Manuel Santos, aseveró con fuerza y contundencia que estaría a las puertas el fin de las guerrillas en su país y en América Latina, algo que dicho sin otros elementos, parecería subrayar que como región nos estaríamos liberando del mismísimo demonio.

Pero si no queremos pecar de ignorantes o de meros ingenuos en medio de todos estos acontecimientos, sin dudas trascendentes en el devenir del Sur del Hemisferio, ahí esta precisamente el préstamo de luz que nos proporciona esa historia que se quiere diluir y sepultar.

¿Porque acaso el surgimiento de la lucha armada generalizada en América Latina y el Caribe fue obra de maniáticos y adictos a la violencia por la violencia? ¿Qué condicionantes objetivas y subjetivas hicieron que los movimientos populares de disconformidad optasen en una época por tomar el camino de las balas frente a sus opresores? ¿Estuvieron acaso las oligarquías nativas y sus poderosos amos externos dispuestos a aceptar mansamente, o al menos racionalmente, el más simple cambio en el status expoliador impuesto a la región?

De manera que si en un tiempo hubo un poderoso movimiento guerrillero  ello obedeció a la vigencia del malsano trinomio constituido por la explotación más feroz de los pueblos de la zona, la anulación de toda vía política para reclamar sus derechos, y la represión feroz contra toda manifestación de disidencia. Sencillamente no había salidas, y ante la acumulación de males, era lógico que la olla explotara de forma airada.

En consecuencia, si hubo impulsores concretos de la proliferación de movimientos armados en la región, la primera causal radica en el cuadro de brutalidad y anulación de las mayorías establecido a sangre y fuego por los regímenes de turno aupados desde Washington, a lo que, desde luego, se unirían alentadores ejemplos victoriosos como el de la Revolución Cubana a partir de enero de 1959.

Esa es la realidad sin omisiones, rejuegos, recortes o disfraces, y cada quien tiene que asumir su responsabilidad tal cual es, porque median mucha sangre y muchas vidas como para colgar cortinajes, tapizar y tapiar  amargos jirones,  virar el rostro, y callar ante intentos deformadores de páginas aún frescas en muchas memorias.

Es más, valdría afirmar que formalmente la guerrilla podría dejar de existir en América Latina con una paz general en Colombia, pero lo trascendente para la garantía de un clima regional verdaderamente estable, seguro, edificante y pacífico, es que desaparezcan por completo los ríspidos y asimétricos contextos que un día llevaron a los desesperanzados a tomar un arma para defender su integridad y conquistar tiempos más justos para todos sus conciudadanos.

En consecuencia, la conversión de los movimientos armados en agrupaciones políticas es apenas un primer paso que bien podría quedar inconcluso si los generadores verdaderos de la inequidad y la anulación de nuestros pueblos tergiversan o incumplen sus tan publicitados compromisos de hoy.


Néstor Pedro Nuñez Dorta

Periodista


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