domingo, 27 de noviembre de 2022

La noria del engaño

Las fuerzas oligárquicas han hecho del fraude un factor genético...

Néstor Pedro Nuñez Dorta en Exclusivo 19/06/2016
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A pesar del riesgo de ser calificados como “drásticos”, “dogmáticos” o cuando menos “nostálgicos”, todavía existen muchos que estiman que la derecha global está totalmente incapacitada para producir cambios positivos a favor de la humanidad.

Desde luego, no es la única tendencia con severas limitaciones en materia de voluntad transformadora. Se suman también aquellos que bajo proclamadas opciones de izquierda redundan en el inmovilismo, el voluntarismo, la incapacidad y la ineficacia, de manera de descorazonar seguidores, destruir esperanzas y abrir espacios a los oportunistas de signo contrario.

Pero volviendo a nuestro sujeto esencial, lo cierto es que por pura genética, las oligarquías llevan en su epicentro el germen de la exclusión, la reducción del hombre a mero instrumento, el  apasionamiento por las abismales asimetrías económicas y sociales, y el credo de que el  mezquino interés individual o sectorial debe prevalecer a como de lugar y reconocerse y acatarse como la doctrina clave en los vínculos con los demás.

Y la historia es ducha en ejemplos de todo tipo. Sociedades estratificadas y discriminadoras han existido y existen precisamente gracias a la prevalencia de esquemas estrechos y egoístas contra los cuales aún queda mucho que luchar.

En consecuencia, y aun cuando haya que superar serios obstáculos y enfrentar, incluso, enormes peligros para acceder al fin a épocas realmente “humanas”, lo cierto es que quienes abogan por escalonar a la humanidad no resultan para nada los que pueden hablar de opciones optimistas y honestas.

Lo vemos en nuestros días, ahora mismo, en los más disímiles espacios geográficos, desde un explosivo Oriente Medio, hasta el embauque fascista y otanista en Ucrania, casi en pleno corazón de Europa, sin olvidar las experiencias desestabilizadoras en América Latina que ya han hecho mella concreta en el avance progresista que por más de un decenio venía prevaleciendo en esta parte del orbe.

Cierto que la derecha es aún poderosa y asume y administra influyentes recursos como para confundir, engatusar, engañar y tragarse voluntades.

No por gusto un neoliberal neto como Mauricio Macri llegó a la presidencia argentina bajo el proclamado manto de un cambio que sumó incautos aun sin nunca explicar a fondo el contenido de semejante arenga.

O es también el caso de la derecha venezolana, que se hizo del control del poder ejecutivo sobredimensionando errores oficiales y transformando en pretendidas culpas netas del gobierno bolivariano los desasosiegos cotidianos que ella misma genera e impulsa como arma para restar apoyo a las autoridades progresistas.

Un poder real que incluso ha promovido que una gavilla de legisladores y funcionarios corruptos llegasen en Brasil a deponer transitoriamente a la presidenta Dilma Roussef, sometida a juicio político, y a colocar al frente del ejecutivo a un probado y reconocido tránsfuga, el señor Michel Temer,  ahora mismo acusado públicamente de aportar dinero mal habido a campañas electorales de su agrupación política.

Con todo, y al menos en estos últimos tres casos regionales, es evidente que no ha debido transcurrir mucho tiempo para que los “triunfadores” mostrasen su verdadera catadura, con despidos masivos y desmedidos aumentos del costo de la vida en Argentina; planes de aniquilación de programas sociales y de entidades populares en Venezuela, e intentos de revertir conquistas sociales claves en Brasil amén de reestructurar la economía sobre bases neoliberales.

Y, desde luego, ni pensar que porque las caretas caigan la derecha dejará mansamente los peldaños que ya escaló.  La lucha seguirá siendo la fuerza real del cambio positivo, y quienes la dirijan y asuman tendrán no solo que impulsarla y encauzarla debidamente, sino además velar por que las ejecutorias revolucionarias en cada lugar no tuerzan los rumbos y abonen  el camino para que los retrógrados aumenten sus espacios de nociva acción.

 


Néstor Pedro Nuñez Dorta

Periodista


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