jueves, 23 de mayo de 2024

Desencuentros

Chávez escapó a todas esas cosas terrenales (muerte, vida, tristeza,) que nos convierten en simples mortales. Y ahora anda motivando más encuentros que nunca...

Leticia Martínez Hernández en Exclusivo 29/04/2013
5 comentarios
chavezlluvia
Hugo Chávez: "Uno se va, pero no se va. Cuando a uno le toque irse uno se queda circundando".

Nunca vi a Chávez vivo. La única vez que estuve a centímetros de él fue el pasado siete de marzo. Hacía 48 horas que había partido de este mundo para dejar a millones de personas estremecidas, inconformes. Por azares de esta profesión que adoro, y también sufro, de repente me vi “colada” en la punta de una fila kilométrica que llevaba hasta el ataúd. Estaba nerviosa. Nunca me siento cómoda con la muerte. No quería verlo, quizás porque temía que la imagen que se quedara prendida a mis pupilas fuera la del hombre inerte.

Llegamos corriendo. El Presidente cubano acaba de entrar a la Academia Militar, y nosotros los periodistas estábamos un poco atrasados. Las personas que en aquel momento iban acercándose a la caja fúnebre se notaban cansadas, traían la ropa ajada, sus ojeras delataban muchas horas en vela, tenían la piel quemada por el sol… ¡Sabrá Dios cuántas horas llevaban en pie, haciendo avanzar una cola que caminaba pasito a pasito!

Sentí pena por adelantarme a ellos, pero cuando supieron que éramos cubanos cedieron sus lugares. Estaban tan agradecidos por la manera en que se había cuidado la vida de su Comandante en nuestra Isla que de repente comenzaron a dar gracias y uno terminaba diciéndoles “no hay de qué” como si realmente hubiéramos hecho algo, como si hubiéramos formado parte del equipo médico que tantos pactos hizo con la vida para salvarlo de la muerte.

Recuerdo que había planificado mil veces qué haría cuando estuviera frente a Chávez. Había visto a los militares pararse en firme, tensos. Había visto a muchos venezolanos poner una mano sobre el corazón. Había visto a los niños subirse en puntillas de pie. Había visto a las mujeres llorar, a los jóvenes gritar que la lucha continuaba, a los ancianos apoyarse en sus bastones para inclinarse sobre el féretro, a los limitados físicos pararse temblorosamente de sus sillas de rueda. ¿Qué haría yo? Confieso que duró microsegundos mi estancia ante el Comandante. No quería verlo así. Me paré a duras penas porque mis piernas comenzaron a tiritar, lo miré con timidez, me asombró el color de su piel, la serenidad de su cara, la perfección de su gorra. Parecía que estaba durmiendo, y entonces quise escabullirme para no despertarlo.

No era ese el Chávez que yo quería ver. Por eso rápidamente obligué a mi cerebro a borrar aquella imagen. Y como un ejercicio obligado atajé cada uno de los recuerdos de él que la televisión mostró. Lo vi entonces tan lleno de vida. Como las tantas veces que visitó Cuba y se veía feliz, aún sabiendo que lo que le esperaba no sería fácil, nunca son fáciles los desafíos con el cáncer, con la muerte. Recuerdo que por aquel tiempo estaba de licencia de maternidad, y me mataban las ansias por estar cubriendo sus llegadas. Al final, buscando calmarme, pensaba que tendría tiempo, mucho tiempo, para escribir sobre Chávez. No imaginaba cuál sería el desenlace.

Hace unos días volví a pisar Caracas. Esta vez tenía que dar cobertura a la toma de posesión de Maduro. Y aún con la certeza de que Chávez no estaba, resultaba imposible acostumbrarse a una Venezuela sin él. Subí hasta el Cuartel de la Montaña. Otra vez sentí mis piernas tambaleantes frente al sarcófago de mármol. Pareciera que la muerte se quiere ensañar, sin muchos resultados,  en mis encuentros con el Comandante.

Por alguna extraña razón pensé que no podría acercarme a su sarcófago (qué duro resulta escribir esa palabra, sobre todo de un hombre que desbordaba vida). Iba como periodista, a trabajar, no había pensado que, además, podría rendirle mi honor en silencio. Esta vez llegamos varias horas antes. Hubo tiempo para todo. Recuerdo que alguien se acercó y me dijo “¿no vas a pasar?”. Entonces caí en cuenta que por segunda vez podría estar de pie frente a Chávez. Sentí un salto en el estómago, y avancé.

Caminé despacio, con sigilo, no quería perderme el más mínimo detalle de aquel sitio hermoso y sencillo a la vez. Corría un aire rico. Afuera el sol picaba, pero cerca de Chávez la temperatura era fresca. El agua caía desorbitada, alegrando el lugar. Recuerdo haber puesto mi mano sobre la losa fría (quien sabe si sentiría mi caricia). Y de repente, como las cosas más increíbles, como las que solo se dan en sueños, Chávez comenzó a cantar unas de sus llaneras preferidas. Luego supe que la grabación con su voz estaba sonando desde mucho antes, pero me percaté de eso solo cuando estuve junto a él.

Por más de cuatro horas permanecimos en el Cuartel de la Montaña. Allí supe de las muchas personas que subieron hasta la parroquia 23 de enero el día de las elecciones para poner sobre la tumba de Chávez el dedo meñique manchado con tinta para decirle que, como le juraron, habían votado por Maduro. Supe de los niños que iban a cantarle, de las mujeres que le llevaban sus vírgenes, del militar que toca la losa y dice “mi Comandante está tranquilo”; de los venezolanos que gritan Viva Chávez cada vez que el ruido proveniente de un cañón recuerda la hora que paró su vida;  del día en que aquel lugar pareció tan lúgubre, tan alejado de la felicidad eterna del líder, que surgió la idea de poner música a toda hora, la música que amó, cantó, bailó…

Cuando pasaban las nueve de la noche bajamos a la ciudad. Raúl había honrado a su amigo (se dice que ha sido la visita más larga, duró poco más de cuatros horas), y nosotros teníamos que escribir. No sabría decir qué distancia nos separaba del sitio cuando volteé el rostro y encontré de nuevo el Cuartel de la Montaña, el lugar desde donde Chávez había lanzado aquel “por ahora” anunciador de buenas cosas. Sus luces resaltan sobre la ciudad tan alumbrada siempre. Me impresionó. Parecía más que cierto aquello de “cuando yo haya partido, pero de verdad partido, y consigan mi cadáver en al fondo de una noria, entonces tú sentirás una sombra, una llama, circundándote. Uno se va, pero no se va. Cuando a uno le toque irse uno se queda circundando”.

¿Podría entonces seguir hablando de mis desencuentros con él? Definitivamente no, porque este no es un hombre de muerte. Chávez escapó a todas esas cosas terrenales (muerte, vida, tristeza,) que nos convierten en simples mortales. Y ahora anda motivando más encuentros que nunca.Infografía ¿cómo llegar al Cuartel de la Montaña?


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Leticia Martínez Hernández

Madre y periodista, ambas profesiones a tiempo completo...

Se han publicado 5 comentarios


Angélica Paredes
 5/8/13 11:09

CRONICA HERMOSA, PERFECTAMENTE CONTADA POR LETI. VIVA SIEMPRE CHAVEZ.

Ivette
 30/4/13 10:38

¿Desencuentros?, qué va.... Nos has regalado una maravillosa oportunidad de volverlo a tener cercano y jaranero, con sus gestos y palabras esperadas, con la voz llenita de "pues" que se tanto se extraña. Hermoso..., un beso.

leticia
 29/4/13 14:00

gracias a Cubahora por darme el espacio

Lucy
 29/4/13 10:36

La muerte no es verdad cuand se ha cumplido bien la obra de la vida.

Mercy
 29/4/13 10:35

Excelente trabajo. Gracias a su autora por esta visión tan personal sobre Chávez.

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