jueves, 18 de abril de 2024

Coolidge, Obama y la nación rebelde

Rectificaciones a ciertos dislates y fabulaciones publicadas recientemente por las transnacionales mediáticas sobre el tema...

Pedro Antonio García Fernández en Exclusivo 22/03/2016
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La visita a Cuba del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama ha traído, como era lógico suponer, muchas conjeturas y fabulaciones. Algo similar sucedió cuando la estancia de Mijail Gorbachov, a finales de los ’80, o cuando el acompañamiento pastoral del Papa Juan Pablo II, una década después.

Ya nadie en el mundo se atreve a pronosticar cambios drásticos o la sustitución del sistema sociopolítico en la Isla rebelde como antaño. Queda para el recuerdo aquella canción de que “El día (del derrocamiento de la Revolución) está llegando” como exponente de la ingenuidad y desconocimiento políticos.

También es lógico que con la visita de Obama se recuerde en los medios de prensa aquella otra de Calvin Coolidge en 1928, cuando La Habana fue sede de la Conferencia Panamericana, un intento de Washington por organizar su traspatio latinoamericano en función de sus intereses hegemónicos. 

Parece increíble que dos reputados académicos, Thomas Rushad, de la Fundación Calvin Coolidge, y Amity Shlaes, autora de la biografía del mandatario publicada por la Editorial Penguin, afirmen que al igual que Obama, Coolidge veía su visita “como un nuevo comienzo con Cuba después de décadas de desconfianza”.

Cualquier revisión superficial de la prensa norteña y cubana de la época, que pueden hallar en la Biblioteca del Congreso en Washington, les convencería de lo contrario. A Coolidge no le preocupaba Cuba, ni le daba prioridad, sino el resto de  América Latina.

Las entonces recientes intervenciones de Estados Unidos en Santo Domingo y Nicaragua habían provocado animadversión en el continente. En Cuba tampoco el imperio norteño era muy popular porque una gran mayoría reclamaba la derogación de la Enmienda Platt.

Coolidge se ganó al apoyo del tirano Machado apuntalándolo como “hombre fuerte en Cuba” y ofreciéndole todo el apoyo a sus intentos de prorrogarse en el poder. La tiranía machadista, a su vez, se erigió en el incondicional defensor de Estados Unidos en la Conferencia Panamericana.   

Cuando varios países latinoamericanos propusieron como moción que en el continente americano “ningún Estado tiene derecho de intervenir en los asuntos internos de otro”, la representación yanqui reaccionó airada mientras que la delegación machadista asumió una posición de lacayismo inaudito.

Orestes Ferrara, jefe de la delegación machadista, llegó a decir: “no nos podemos unir al coro general de no intervención porque la palabra intervención en mi país ha sido palabra de gloria, palabra de libertad, ha sido la independencia”. 

Con el ya tradicional desconocimiento de los políticos estadounidenses de lo que realmente sucede en Cuba (y esto no es una indirecta a Ted Cruz y Marcos Rubio, incluso a Donald Trump), las alusiones a la Isla en la intervención de Coolidge en la Conferencia Panamericana pecaron de una total ignorancia.

Al inaugurar el cónclave el mandatario norteño expresó: "Hace 30 años, Cuba era una colonia extranjera desgarrada por la revolución y devastada por fuerzas hostiles (...). Hoy, Cuba es su propio soberano. Su gente es independiente, libre y próspera, pacífica y disfruta de las ventajas de autogobierno".

Evidentemente no estaba al tanto de las continuas violaciones de los derechos humanos de Machado desde su asunción al poder. . Docenas de emigrantes españoles habían sido masacrados en el Camagüey y asesinatos políticos como el del periodista Armando André y el sindicalista Enrique Varona se hicieron comunes. 

En vísperas de la visita de Coolidge, cuando las fachadas y vidrieras de La Habana quedaron cubiertas de pancartas condenando a Estados Unidos por su intervención en Nicaragua, la policía machadista asesinó en represalia a los comunistas Claudio Bruzón y Noske Yalob.

Echados sus cuerpos al mar, se desconoce si aún vivían. El brazo de uno de ellos, con el reloj pulsera que le había regalado su cónyuge, apareció en el vientre de un tiburón capturado.

Como dijo la prensa de la época y ahora lo repite El Nuevo Herald, el viaje de Coolidge a la Isla fue "un fracaso para la diplomacia y un triunfo para la juerga", ya que "entre los reporteros y personal, que venían de lidiar con la Ley Seca, corrió generosamente el alcohol, que halló espacio también en el equipaje de regreso".

Coolidge nada consiguió, pues el apoyo incondicional del régimen machadista ya lo tenía. Los cambios en la política yanqui con Cuba se produjeron cinco años y dos administraciones más tarde. Por lo que resulta igualmente increíble que los académicos Rushad y Shlaes se hayan enterado ahora por el diario surfloridano. 

En cuanto a Obama, si hemos de creer a Jorge Duany, profesor de la Universidad Internacional de Florida, ahora en su visita “hará énfasis en su apoyo a la sociedad civil pero dejará claro que ya no es función de Washington promover el cambio de régimen”.

Dentro de la misma resonancia, Ben Rhodes, asesor del actual mandatario norteño, dijo que su visita consolidará en Cuba la línea de colaboración con Washington, basada en el principio de no intervención. “Son los cubanos los que tienen que cambiar Cuba”, añadió

Entretanto el ensayista Fernando Martínez Heredia ve la visita dentro de la estrategia norteamericana actual, la cual consiste en volverse determinante en un eventual retroceso de la sociedad cubana al capitalismo, separar a Cuba del campo popular y de sus aliados en este continente y disminuir su soberanía nacional.

Por lo pronto Obama está en Cuba. Aunque no comparto el optimismo de Duany, coincido con Rhodes en que son los cubanos de Cuba quienes tenemos que decidir y decidiremos el destino de este país. ¿Respetarán el actual mandatario yanqui y su sucesor (o sucesora) la voluntad de este pueblo sin injerencias?

El tiempo lo dirá.


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Pedro Antonio García Fernández

Periodista apasionado por la investigación histórica, abierto al debate de los comentaristas.


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