viernes, 12 de abril de 2024

Chávez, otra rama en el tronco de los libertadores

Celebrados los 62 años del natalicio del comandante venezolano, su vida y sus hechos confirman que él, como dijera de Bolívar el cubano José Martí, todavía tiene mucho que hacer en América...

Enrique Manuel Milanés León en Exclusivo 01/08/2016
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En estos días en que, de nuevo, se aprovecharon los 62 años de su nacimiento para hablar del hombre montaña que dejó, en América, pequeños los picos del Aconcagua, se precisa repetirlo: la grandeza de Hugo Chávez radicó, sobre todo, en que jamás se trepó sobre el pueblo que le alzaba. Él entendió, como pocos, que nada confiere tanta altura como llegar al nivel de la gente, y aun tras su muerte continúa, como «un hombre que anda por ahí» —según sus propias palabras—, la ascensión por los cerros humanos de su amada Venezuela.

De la cuna en Sabaneta al reposo aparente del Cuartel de la Montaña, Chávez no dejó de ser un hombre casero, en lo familiar, y un compartidor en masa, en lo político, lo que explica que su arraigo siga intacto y que este 28 de julio, entre alguna que otra lágrima, la música del llano inundara su capilla cual si se esperara que en cualquier momento el homenajeado tomara un cuatro para ponerse a cantar.  

Marcado por la pura estirpe de los libertadores, cuidó hasta el final su raíz: siempre estuvo orgulloso del arcoíris étnico que lo trajo al mundo, de la casa de palmas y piso de tierra que las lluvias inundaban en su infancia, de la humildad iluminada por las luces naturales de su abuela Rosa Inés. «Fuimos unos niños muy pobres, pero muy felices», repetía siempre.

Un niño feliz, en efecto, en medio de un patio mágico, repleto de naranjas, toronjas, mandarinas, aguacates, rosas y maizales. Muy temprano, allí cultivaron símbolos, pues los Chávez, maestros para más honra, criaban palomas blancas.

Fue también un muchacho poseído por el ansia de la pelota. Su ídolo era Isaías «Látigo» Chávez —familiar suyo solo en la hidalguía—, quien más de una vez propinó ponches que dejaron deslumbrado a su fanático.

También lo embargó la vocación militar, que desplazó su inclinación por la física, la matemática, la música, la gestión comercial del bisoño vendedor de dulces… En el patio de «Mamá Rosa» inventaba, con tablas y trozos de zinc, fortines que retaban a la conquista. ¿Los proyectiles?: almendras y, a veces, piedras. La puntería no debió ser mala, al punto de que la abuela impuso el cese al fuego cuando uno de los guerreros sufrió una herida en su cabeza. 

En la Academia se hizo militar, en su tierra se erigió en patriota y, tras dejar claro desde el principio que su vida no era su primera prioridad, llegó un día a Miraflores como mandatario.

Muy poco después de haber sido nombrado presidente viajó a varios países, en 1998, y visitó por única vez la Casa Blanca, donde un atónito Bill Clinton escuchó la ráfaga verbal del hombre irreverente que no tenía reparos en exponer, en el oscuro nido del imperio, su idea de un país erguido desde la izquierda. Dicen que el yanqui, que bebía una gaseosa, puso una cara que era todo un poema.

Peor «suerte» tuvo con él George W. Bush cuando, en plena Asamblea de la ONU, el comandante latinoamericano comentó,  ante un auditorio asombrado y hasta divertido, que sentía allí un fuerte «olor a azufre», dejado en una intervención por el estadounidense, que había hablado previamente.

Chávez no acomodaba su discurso: en la cumbre ambiental en Copenhage, en 2009, afirmó que «si el clima fuera un banco, ya lo habrían salvado», sentencia tristemente vigente todavía.

Así le habló siempre a los suyos, de frente. Más que meterse a la gente en un bolsillo, se metía en los bolsillos de la gente y vivía con ella sus actos cotidianos. Hugo Chávez mandó con puño de flor, guiado únicamente por el mandato del pueblo. No podía inhibirse de cantar, declamar, pintar, jaranear… porque eso es lo que hace el venezolano típico.

Para achicarlo, los enemigos le reconocen solo su «carisma»; sin embargo no solo ese era su atributo: él, que llevaba en el pecho un sol inapagable, se ocupó como nadie de destapar el brillo de cada compatriota. Chávez quiso formar un pueblo carismático que consiguiera, con el chorro de luz que solo logra la masa, consolidar una revolución auténtica en pleno siglo XXI.

Los cubanos se sienten familiares suyos, sangre de su misma camisa. Su muy proclamado cariño por Fidel —un padre más que un guía—, la pasión beisbolera, los convenios para salvar juntos miles de vidas, su apasionada defensa del lugar de Martí como primer continuador bolivariano, le dieron la ciudadanía cubana en los afectos.

«¿Saben qué le pedí a Dios en la cárcel?: ¡Dios mío, quiero conocer a Fidel!», declaró en una entrevista. El deseo se le cumplió, con añadidos: conoció al líder cubano, pero, junto con él, se adentró en un pueblo entero que, no más abrazarlo, le hizo sitio en la galería de héroes de una Isla.


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Enrique Manuel Milanés León

Con un cuarto de siglo en el «negocio», zapateando la provincia, llegando a la capital, mirando el mundo desde una hendija… he aprendido que cada vez sé menos porque cada vez (me) pregunto más. En medio de desgarraduras y dilemas, el periodismo nos plantea una suerte de ufología: la verdad está ahí afuera y hay que salir a buscarla.


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