martes, 6 de diciembre de 2022

Así en la tierra como en el cielo

El inicio de un nuevo período de sesiones de la ONU no podía ser más alentador...

Néstor Pedro Nuñez Dorta en Exclusivo 26/09/2015
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La Asamblea General, la instancia representativa por excelencia dentro del sistema de Naciones Unidas, ha sido más de una vez escenario de relevantes proyecciones a la hora de pasar revista a los avatares de la humanidad.

 Y vale afirmar en esta hora, sin mayores exageraciones ni excesos retóricos, que las sesiones abiertas en el aniversario setenta de la creación de la ONU, destinadas esencialmente a confeccionar un plan de desarrollo mundial sostenible hasta el año 2030, se suman sin dudas a esos instantes notables en el devenir del máximo organismo internacional.

La tan llevada y traída globalización viene demostrando que, en efecto, la pasmosa conectividad humana de hoy, bien llevada y meditada, no tiene que ser un anatema ni mucho menos una tragedia.

Lo demuestra que, en la sesión de apertura, el Papa Francisco, un líder que ya se ha ganado un lugar relevante en la escena global, coincidiese en sus honestas reflexiones –pensadas desde su fe- con los criterios de otros muchos líderes y figuras que, también presentes o no en Nueva York, y probadamente defensores de las mejores causas, no necesariamente se sitúan dentro de la órbita católica e incluso no profesan ningún tipo de religiosidad.

Un paso vital para el Vaticano y para todos porque, a tono con sus propuestas, el Sumo Pontífice aboga -como cabeza de su Iglesia- por la unidad, la dignidad y la acción de todos, más allá de sus convicciones y credos, en una lucha que –según el propio Papa- requiere de la recuperación y validez de la cordura, la equidad, la justicia y la misericordia eficaz hacia el prójimo, identificado este último como hombres y mujeres, ancianos y niños, grupos y estratos sociales, países y regiones.

De ahí que no resulte extraño ni controvertido el esperado discurso de Francisco al inicio de los trabajos de la nueva ronda de la Asamblea General de la ONU, a la que asisten entre otros el presidente cubano, Raúl Castro, anfitrión días atrás del Sumo Pontífice durante una memorable visita a la Mayor de las Antillas.

Así, y a tono con los cambios que asume dentro y fuera de los claustros romanos, el sucesor de Pedro  no escatimó espacio para elogiar las obras buenas ejecutadas por la ONU a lo largo de su historia, pero a la vez recordó que “la reforma y la adaptación a los tiempos es siempre necesaria, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación y una incidencia real y equitativa en las decisiones. Tal necesidad de una mayor equidad, vale especialmente para los cuerpos con efectiva capacidad ejecutiva, como es el caso del Consejo de Seguridad, los organismos financieros y los grupos o mecanismos especialmente creados para afrontar las crisis económicas.”

En pocas palabras, reparto equilibrado del poder y del control, porque nadie, ni ningún grupo humano –precisó- pueden pasar por encima de los demás y de las leyes y normas.

Justicia-enfatizó- es dar a cada uno lo suyo, y en el afán de lograr esa meta, no caben las prácticas discriminatorias y lesivas de los actuales organismos financieros mundiales, verdaderos usureros  al servicio de la exclusión, o de aquellos intereses e individuos que se niegan a “servir respetuosamente a la creación” –léase naturaleza y medio ambiente- fomentan guerras, protegen el narcotráfico y el trasiego ilícito de armas, y degradan a sus semejantes mediante la discriminación, el abuso, la esclavitud, la miseria, y la carencia de una vida decente y segura.

Un Papa que considera, como muchos, que es urgente abolir los arsenales nucleares y denunciar el manipulado criterio de que el “peligro de destrucción mutua” es la base para una pretendida seguridad mundial.

 Que demanda además la sustitución de lo que ha llamado la nefasta cultura del descarte, es decir, del menosprecio y la anulación de otros, por un comportamiento que asegure a las nuevas generaciones un planeta limpio en materia medioambiental y ética, sensato en sus pasos inmediatos y futuros, consciente de que todos somos seres humanos iguales, amigo del diálogo y no de la violencia, y apegado al interés vital de la solidaridad eficaz.

Buen comienzo, vale concluir, para un ejercicio internacional que debe trazar las aspiraciones de desarrollo sostenible para por lo menos decenio y medio en un tenso contexto donde algunos prefieren que los pecados, dobleces y miserias sigan siendo tan comunes como el aire.


Néstor Pedro Nuñez Dorta

Periodista


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