sábado, 25 de mayo de 2024

Un cubano en la Segunda Guerra Mundial

Tocamos a la puerta de la casa de Marcelo Rosado para acceder a algunos de los más gloriosos momentos de nuestra historia. Y para conocer las venturas y desventuras de una existencia azarosa

Joel Mayor Lorán en Exclusivo 25/10/2010
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Marcelo Rosado vivió varias de las más grandes aventuras de su tiempo. Fue un cubano que participó en la Segunda Guerra Mundial, que estuvo entre los miembros del Movimiento 26 de Julio, albergó a Camilo Cienfuegos en su casa y a otros revolucionarios.

También intervino en la lucha contra bandidos, y junto al Batallón 339 de Cienfuegos se regocijó con la victoria en las arenas de Playa Girón. De modo que tocamos a la puerta de su casa para acceder a los más gloriosos momentos de nuestra historia.

Y conocimos las venturas y desventuras de una existencia supuestamente azarosa.

DE SANGRE MAMBÍ

Ramón, el padre, era de origen puertorriqueño. Junto con el abuelo emigró a Cuba en 1889, lleno de esperanzas. Sin embargo, aquí no hallaron tranquilidad, y no pudo permanecer al margen de la Guerra del 95, en la cual llegó a ser sargento bajo las órdenes del General Saturnino Lora.

Precisamente la hija de un mambí —América Téllez— sería su esposa más tarde. En 1917, al mediodía del 16 de enero, nació en Palmarito de Tacámara Eliécer Marcelo Rosado Téllez, segundo de los seis hijos y el primero de los varones.

"En 1926, con Machado en la presidencia, nuestra situación se puso bastante dura. Los 'negocios' de la familia iban mal. Palmarito tenía una pobreza que daba lástima. Entonces, mi tío, un puertorriqueño radicado en Nueva York, me llevó con él para que le ayudara y aliviar a la familia enviándole algún dinero de vez en cuando.

"Apenas con nueve añitos mal cumplidos me fui con él, sin saber español y mucho menos inglés. Comencé a vivir en el Bronx de Nueva York. Mi tío era un pícaro y un explotador nato. Estaba vigente la ley seca y se inventó una fabriquita de ron casero para vender.

"Yo repartía los encargos y ganaba solo 40 centavos a la semana. Me di cuenta que mi tío me engañaba y explotaba. Por eso, a los 13 años, decidí abrirme camino solo. Alcancé empleo en el astillero de Brooklyn, uno de los trabajos más duros de mi vida.

"Aquel oficio de raspar barcos era agotador. Se hacía al sol, y tenía que quedar sin una pizca de pintura ni de óxido. Laboraba 10 o 12 horas diarias. Creo que nunca me ha gustado Estados Unidos por tanto trabajo que pasé.

"Me costó dinero, y encima de eso en las primeras cinco o seis quincenas no me pagaron completo, sino la mitad... aunque lo convenido era de por sí ya menos de lo que le pagaban a los demás. Solo por ser un niño.

"Regresé a Cuba en 1933. Aquí trabajé como espuelador, relojero, tusador de gallos, lavé ollas en el Hotel Follo, fui dependiente de barra y de mesa en el Hotel Modelo y transportador de cerveza para el señor Cruz Alonso Almaraz. Todo para ayudar a los viejos, que era mi obsesión en aquellos momentos".

POR LA FUERZA

Conseguir dinero suficiente nunca resultó un asunto sencillo, así que en 1939 vuelve a Estados Unidos, esta vez como marino mercante, gracias a los contactos de un amigo puertorriqueño.

"Le vendí ropas y perfumes a Elizabeth Taylor, una de las caras más bonitas que jamás he visto, parecía de porcelana aquella mujer... y la conocí en su esplendor.

"Pero la vida de un marinero demandaba disciplina. No podías salir del barco sin un pase. Tampoco pasarte de la hora asignada o te ponían una sanción. Como joven al fin, en una ocasión me retrasé. Salí a dar unas vueltas, hacer algunas visitas... y se me fue el tiempo.

"Ya en la calle me detienen tres hombres, que se identifican como del FBI. Me piden mis documentos y comprueban que yo estaba ilegal en la calle. Corría el año 1940. Eran días difíciles: había comenzado la Segunda Guerra Mundial.

"Estados Unidos buscaba hombres para intervenir, y a los latinos para ir a la guerra no tenía precisamente que gustarles. En fracciones de segundo supe que había sido reclutado.

"Me llevaron a un hotel repleto de negros y latinos, que sin que nadie me lo dijera, sabía que eran carne de cañón, como también yo. De ahí a Ford Disc Camp, en New Jersey, en maniobras que se extendían hasta el desmayo de los soldados. Waratown, en Canadá; Bucana, en Puerto Rico y Camp Blandi, en la Florida, me albergaron durante cuatro años, para continuar el entrenamiento.

"El 4 de junio de 1944 nos informan que debíamos estar preparados, pues quizás en las próximas horas partiríamos... para posiblemente no volver. Y lo dijeron con la mayor naturalidad del mundo, como quien te empuja a sacar la cara y no la enseña, tal como si fuéramos voluntarios de guerra y no un batallón de negros y latinos enrolados por la fuerza.

"Entonces, nos trasladan a Francia, con vistas a abrir el Segundo Frente. Una decisión pasada de hora: en Normandía no se disparó un solo tiro, al menos mi batallón... porque no hizo falta. Años después me di cuenta que aquella tardanza fue una impuntualidad muy bien pensada".

LA VICTORIA

"A mediados de julio llegamos a Islas Arendal, que pertenecían a Noruega. Tuvimos que protegernos de los constantes bombardeos de la aviación alemana. Por esos lares, todavía no acababa la guerra. Cierta vez, nos refugiamos en una iglesia y el impacto de los proyectiles la derrumbó. Permanecimos sepultados diecinueve días.

"No había forma de salir. No morimos de hambre gracias a la comida concentrada en pastillas. Ya nos daban por muertos, o desaparecidos. Partiendo piedras con palas de infantería y con las manos reventadas de ampollas, pudimos alcanzar la luz.

"A los dos o tres días, nos indicaron un nuevo rumbo: Alemania. Enterarme de aquel destino y comenzar a preocuparme fue lo mismo. Las noticias decían que allí se libraban los días finales de la guerra, que los soviéticos ya estaban acabando con los alemanes y mil cosas más y, sinceramente, mi única obsesión era salir vivo y no exponerme por algo que yo no entendía.

"En aquel momento no pensaba como después: en el peligro que representaba el fascismo para el mundo y en la necesidad de combatirlo como un mal de la humanidad. Claro, la culpa no era mía; a mí no me explicaron eso. Me sacan de mi vida normal, me cambian de traje, montan en un barco y sin contar conmigo me mandan para una guerra. Por eso no pensaba en otra cosa más allá de mi mismo.

"Por suerte, nos situaron en Pisbert, donde ya no se combatía. Nos habían dejado como reserva. Allí preparamos albergues para damnificados hasta el final de la contienda. Entonces vi uno de los espectáculos más conmovedores de mi vida: el abrazo de soviéticos, alemanes y norteamericanos tras la victoria.

"Es cierto que no tuve que disparar un tiro, ni las heridas que recibí fueron en combate, pero me pasé más de cuatro años reclutado por la fuerza y recibiendo agravios y ofensas de quienes me mandaban en los campamentos de preparación y en la guerra.

"Ver a toda aquella gente junta, sin darse cuenta siquiera que eran todos de distintos lugares del mundo, abrazándose, besándose unos a otros y llorando de alegría, me demostró que los hombres, por encima de cualquier masacre, siempre sacan a relucir lo humano y noble que tienen.

"Aquella aventura por la fuerza me dejó sin la mitad de un dedo, heridas en las rodillas, una dentadura postiza... pero, sobre todo, marcado por la idea de que cualquier guerra es mala".

UN GIRO ENORME

"Con el dinero recibido como veterano de guerra, prosperé en los negocios e incluso llegué a comprar mi propio bar. También puse junto a cuatro amigos una sucursal de la Chrysler en la Habana, lo cual me hacía visitar Cuba frecuentemente".

Y conoció a Fidel.

"Sucedió en uno de mis viajes. Fue en la oficina del Partido Ortodoxo, por medio de Conchita Fernández. En una fracción de segundo, su mirada fija me llegó hasta el alma; pensé que tendría un poder sobrenatural y un día iba a arrastrar a unos cuantos a algo grande. No me equivoqué: con el tiempo también me arrastraría a mí.

"Yo viajaba por gran parte del territorio de Estados Unidos, por Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela y otros países. Vi cosas tremendas, que cuando las sumaba con los desastres de la guerra me daba cuenta que el mundo necesitaba de un cambio.

"Cuando el Golpe de Estado de 1952, muchos de los que estábamos en Estados Unidos protestamos. Fuimos hasta las Oficinas del Partido Ortodoxo en New Jersey para ver qué había pasado y orientarnos.

"De regreso a casa con otros compañeros, mi padre nos escuchaba y respetaba la indignación que nos embargaba, pero sin decir nada. Al marcharse mis amigos, me habla: 'Oiga, Marcelo, ¿usted está seguro de lo que está haciendo con meterse en política de esa forma en que yo lo veo?'. Yo le respondo que sí, que ya no podía aguantar lo que pasaba en Cuba con Batista y sus seguidores, y era preciso hacer algo con tal de sacar al país de esa situación.

"Aún recuerdo sus palabras: 'Lo que va a hacer piénselo bien. Usted lo tiene todo: negocio, familia y dinero. No le hace falta la Revolución para vivir bien. Si quiere hacerla, hágala y que sea hasta el final, porque lo único que yo no quiero en mi familia son traidores."

AMIGO DE CAMILO

"Milité en la Liga Comunista. Fui fundador de Acción Cívica Revolucionaria, organización con la cual estuve en huelga de hambre durante catorce días, frente al edificio de la ONU, como condena a la encarcelación de los moncadistas.

"Financié el seminario La Voz de Cuba, órgano empleado para escribir y divulgar en apoyo a la Revolución, y puse apartamentos a disposición de los cubanos que llegaban para hacer Revolución.

"También vendí bonos, aporté dinero y, gracias a mi fachada de negociante, viajaba a donde fuese necesario para traer cuanto hiciera falta. Me incorporé al Ramal 216 del Movimiento 26 de Julio y realicé otras acciones. Incluso, subí a la Sierra, con medicinas y otras cosas".

Tanta actividad propició su encuentro con Camilo.

"Es uno de los tipos más especiales que he conocido. Una muestra de la gran amistad entre nosotros es que el día que triunfa la Revolución fue él quien me llamó para darme la noticia. La vieja le agarró un cariño muy grande. Muchas veces se quedó en mi casa mientras estuvo en Estados Unidos.

"Cierta vez, estaba allí... y no sé qué día era: si el de las madres o el de cumpleaños de doña Emilia, su mamá, y pidió permiso para llamarla a su casa en La Habana, y cuando terminó se abrazó a mi madre con los ojos aguados en lágrimas. Así era de sentimental ese muchacho que entonces solo tenía veintidós años.

"Dos amigos me lo presentaron. Ambos se vestían muy bien y me hablaban siempre de su sastre. Un día llegan en el carro y al bajarse dejan a un muchacho en el asiento de atrás. Les digo que lo inviten a la mesa con nosotros. Luego nos presentamos: él me da la mano y me dice: 'Mucho gusto. Camilo Cienfuegos, para servirle'. ¡Qué me iba a imaginar yo al hombre que tenía delante! El gusto era mío".

Y cuenta Rosado que Camilo tuvo mucho que ver, incluso, con la historia de su primer matrimonio.

EL REGRESO

"Fue el 30 de abril de 1960. Con la idea de incorporarme al nuevo proceso, me alisté en las Milicias Nacionales Revolucionarias y puse a disposición del Estado la Agencia Chrysler que tenía en la Habana. Asumí como Jefe de la Guardia en el Quinto Distrito de la Víbora".

Su amigo Gustavo Díaz lo llevó a Artemisa, donde Marcelo encontró el amor definitivamente. Una maestra llamada Emérita, hermana de Gustavo, le acompañaría para toda la vida. Tuvieron una hija y en 1968 se casaron.

Pero el retorno de este hombre de las mil aventuras tampoco habría de ser sereno. Quienes se negaban a aceptar los cambios más allá de las costas de este archipiélago, organizaron bandas para asesinar. Les enviaron armamento. Pensaban mandar a Cuba de vuelta al pasado.

Entonces, se unió al Batallón 144 y participó en la lucha contra bandidos en el Escambray, a fines de 1960. Anduvo detrás de la banda de Sinecio y la de Plinio Prieto. Persiguió a Tondike, Cheíto León y otros.

Al finalizar la "limpia", era 16 de abril de 1961. Ya lo de Girón estaba andando y partió hacia el central Australia y luego a Bahía de Cochinos. En aquellas playas celebró el alegrón de la victoria.

Marcelo colaboró con los Órganos de Inteligencia del Ejército y hasta ideó planes audaces contra esbirros y chivatos de la tiranía refugiados en Estados Unidos. Pero ya en la patria, su suerte sería la de una nación nueva, cada vez más justa... aunque todavía en guardia.

Trabajó en el Departamento de Inmigración y en los Ministerios del Azúcar, Educación y Transporte. Realizó innovaciones que ahorraron miles de dólares y se consagró a cada oficio como antes a la lucha.

A los 87 abriles confesó sentirse feliz. "Esta vida se me va acabando —dijo poco antes de despedirse de ella—, pero tenga la seguridad que si tuviera otra también la dedicaría a la Revolución".


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Joel Mayor Lorán


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