lunes, 5 de diciembre de 2022

Roa a lo Pablo ¡se soltó el loco!

Hablando sobre el Canciller de la Dignidad. Acercamiento –sin encartonamientos– a algunas facetas de su personalidad histórica...

Igor Guilarte Fong en Exclusivo 06/07/2019
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Raúl Roa y Pablo
Pablo y Roa quedan ligados en una amistad tan insondable como de hermanos. (Centro Pablo)

El Roa más conocido es el Canciller de la Dignidad, como se le llama habitualmente desde 1960 a raíz de las épicas batallas verbales que entabló –y ganó– como diplomático, en la OEA y las Naciones Unidas, para defender a Cuba frente al imperialismo y sus muñecos. Roa vapuleó, literalmente, a la diplomacia yanqui durante poco más de 15 años. Pero ahí no queda su personalidad histórica, porque Roa no nació funcionario ataviado con traje de cuello y corbata, ni viejo ni calvo.

Antes fue un joven –como es de entender– sencillo, franco, brioso; nieto de mambí; estudiante avispado y militante que pasó a la acción y forjó su carácter y sus ideas en el día a día de la lucha callejera frente a la tiranía machadista, una de las épocas más complejas de la historia nacional.

Sus compañeros de la Generación del 30 le decían El Flaco, porque en las jornadas de la escalinata universitaria –al decir de Loló de la Torriente– para sus condiscípulos era “más hueso que carne… Era el más greñudo de todos los greñudos, el más malhablado de todos los insolentes y el más ingenioso de todos los hidalgos”. Esta descripción resulta muy parecida a la que él mismo diera una vez a un periodista, autorretratándose como: “larguilucho, flaco, intranquilo, boquigrande, orejudo, ojillos soñadores con relumbres de ardilla, a veces melancólico, jocundo casi siempre, lenguaraz a toda hora, y más peludo que un hippie, aunque ya anti-hippie por naturaleza”. Ciertamente, podría no ser un galán de película, pero su centelleante inteligencia y su formidable manera de hablar, enamoraban, estremecían multitudes. Estas y otras cualidades hicieron de El Flaco un hombre impresionante, magnético.

Pero nada supera a la presentación de Roa que hace el legendario luchador y periodista Pablo de la Torriente Brau, quien lo caló muy bien desde que se conocieron en el bufete de don Fernando Ortiz, donde el autor de Batey trabajaba como mecanógrafo junto a Rubén Martínez Villena. A partir de ese encuentro, a mediados de 1930, Pablo y Roa quedan ligados no solo por las tánganas estudiantiles, las penurias del presidio y las nostalgias del exilio, sino porque anudaron una amistad tan insondable como de hermanos.

Ambos tenían caracteres parecidos, compartían ideas, filosofía de vida y el amor por Cuba. Tenían los mismos gustos por el cine y juntos iban a ver las películas de sus ídolos Charles Chaplin, Buster Keaton, Jean Gabin; y sentían similar atracción por Greta Garbo y otras actrices fatales y bellas de la gran pantalla de la época. Eran furibundos lectores, y en especial intercambiaban extensas y eruditas meditaciones sobre las novelas de Salgari, conociendo al dedillo los personajes de Sandokan y El Corsario Negro. Codo a codo lavaron platos y trabajaron como camareros en New York.

Entonces, en lugar de parafrasear palabras y recrear anécdotas a partir de mis humildes lecturas, es mejor acudir a quien lo conoció bien de cerca, y extraer de la obra de Pablo de la Torriente Brau algunas vivencias compartidas por ambos, presentadas con delicioso humorismo, pero que pintan al genuino camarada Roa.

UNA PELÍCULA EN LA CÁRCEL

Cuenta el magnífico periodista que, en los días terribles que pasaron encarcelados en las galeras del Castillo del Príncipe –en 1931– el amigo destacó por su resolución. “Los muchachos empezaron a romper un banco para armarse de palos y repeler cualquier agresión. Raúl Roa, que acababa de ver en Nueva York las rudas escenas de la película Big House, cuando el penal entero se rebela, propuso que saliéramos armados de palos para promover un disturbio en el patio de la cárcel, y si era posible, rescatar a los compañeros. Un recuento mental nos hizo desistir”.

En otra ocasión, hablando de cine, a uno de los presos se le ocurrió empezar a repartir personajes a los demás, como si fueran a protagonizar un melodrama. “A Raúl Roa –dice Pablo– tuve yo mismo el honor de designarle papel: el de «Violinista hambriento». Y hay que reconocer que, si a Raúl se le ocurre ir con sus huesos y su melena a una esquina, a pararse con un violín en la mano, a la hora de la salida de los cines, se le llena el sombrero de limosnas caritativas. De esto sí que no hay duda”.

Asimismo, en otro relato de los días vividos tras las rejas, el creador de Presidio Modelo reflejó el decoro y la capacidad de resistencia de su compañero: “Y sobre todo Raúl Roa, enfermo desde la mañana antes de declarar la huelga de hambre, convertido en una línea horizontal rodeada de pellejo y llena de un pelo tumultuoso en la cabeza, que demostró tener el espíritu más firme que pudiera imaginarse. Raúl Roa es un hombre”.

MANICOMIO EN LA COLINA

De la asamblea universitaria realizada en 1934 para juzgar a los catedráticos que habían apoyado la prórroga de poderes de Machado, recuerda Pablo que al ingresar al recinto, Roa “es recibido también por una enorme ovación. La masa grita: «¡se soltó el Loco!», nombre con que es conocido generalmente el estudiante izquierdista”.

El discurso fue profundo, frenético, con gestos bruscos y palabras a saltos, como a galope: “Al terminar Raúl Roa su sólida estructuración del problema, recibió una gigantesca ovación, cuando terminó exigiendo por el honor de la Universidad la expulsión de unos profesores que la deshonraban y cuyo perdón significaría una aprobación por la masa estudiantil actual de la expulsión de sus compañeros del año 1927”.

REVOLUCIONARIO DE MARATÓN

El hombre que muchos conocieron en su madurez como escritor, polemista profesor, político e invencible diplomático, tuvo también su etapa de joven intrépido, de repartidor de trompones en las contiendas estudiantiles, de tener “cuerpo de avión de juguete”; pero sobre todas las cosas de asumir un papel protagónico en la Revolución que se fue a bolina. Desde entonces sobresalió por su verbo torrencial, por sus bromas, por sus palabrotas contundentes, por cantarle al yanqui las cuarenta; en fin, por sus extraordinarias cualidades revolucionarias.

A diferencia de muchos de sus hermanos espirituales y otros miembros de la Generación del 30, Roa tuvo más larga existencia y conoció la nueva Cuba. Afiliado a la hornada liderada por Fidel y a la Revolución triunfante, retomó su adarga (al mejor estilo quijotesco) para transmitir sus experiencias. Mantuvo siempre su intrepidez, sus arrestos juveniles y fue fiel a los ideales de Mella, Pablo, Trejo y Guiteras.

Al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte, recordemos al Roa hiperquinético, sencillo, criollo, antidogmático, austero, lenguaraz, de chispa encendida, que conminó a ser cultos, dedicados, a soñar con el futuro. Tengámoslo presente como ese revolucionario eterno, de vasta y ejemplar trayectoria que resembró para la posteridad la semilla de la rebeldía, de la continuidad histórica. Es la encarnación del luchador incansable que traspasa tiempo y espacio para seguir en la carrera por las causas justas.

Con su escudo de principios morales, él marcha con Cuba en los tiempos actuales donde se arrecia la embestida imperialista. Desde su tribuna él enseña a resistirla. Porque Raúl Roa fue (es) –volvamos a Pablo– “revolucionario de maratón y no de los cien metros”; de esos que miran en la distancia y hacia adelante, que resisten las peores presiones, que no se cansan, que imponen su fuerza de voluntad y avanzan siempre por su carril, sin rendirse.


Igor Guilarte Fong

"Un periodista que piensa, luego escribe"

Se han publicado 1 comentarios


senelio ceballos
 11/7/19 5:45

Que EPD..genial orador y de  cultura altisima!!!..Nuestrouno de los  legitimos  representante de nuestra generacion

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