viernes, 9 de diciembre de 2022

Libres o mártires había sido la promesa

El 2 de diciembre de 1956 arribó el yate Granma a Cuba, Fidel cumplía así su palabra de iniciar en 1956 la lucha armada...

Narciso Amador Fernández Ramírez en Exclusivo 02/12/2017
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El 11 de abril de 1895, José Martí y Máximo Gómez desembarcaron por Playitas de Cajobabo. Había sido casi un milagro que el bote no hubiese naufragado en la tormentosa noche: “Salto. Dicha grande”, escribiría el Apóstol. Diez días antes, el 1.o de abril, lo había hecho por Duaba el general Antonio Maceo, en la goleta Honor. Comenzaba para el Titán de Bronce, y sus acompañantes, una verdadera odisea.

También la llegada del yate Granma a Cuba estuvo llena de dramatismo. De casi un naufragio la catalogó el Che, por la manera con que los 82 hombres dirigidos por Fidel Castro arribaron a tierra firme. A lo que hubo que sumar una penosa marcha de casi cuatro horas por una ciénaga infernal, la “peor ciénaga”, como escribiera Raúl en su Diario.

Pero dejemos a sus principales protagonistas contar la historia: a Fidel, Raúl, el Che y Almeida. Una historia en la que solo la voluntad de vencer, el apego a los principios y el cumplimiento de la palabra empeñada de ser libres o mártires en 1956, pudo salir airosa de tamaños contratiempos y vicisitudes.

Fidel Castro, en el discurso pronunciado en el acto para conmemorar el aniversario 45 del desembarco de los expedicionarios del Granma y el nacimiento de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, en el año 2001, rememoró así lo sucedido:

“La inquietud era grande. (…); un hombre que caía al mar agitado y oscuro en la madrugada del 2 de diciembre, que no podía ser abandonado, aun robando al escaso tiempo minutos de vida o muerte, eran circunstancias que multiplicaban la impaciencia por arribar antes del amanecer al punto exacto programado de las ansiadas costas de nuestra patria.

”Con el infinito aliento del rescate, divisamos tierra con las primeras luces del amanecer y un grupo de boyas luminosas donde la costa oriental (…). Nuevos e inesperados obstáculos: dos veces intentó el capitán que conducía el Granma, seguir la ruta adecuada por el laberinto que indicaban las boyas, y dos veces regresó al punto de partida. Intentaba hacerlo por tercera vez. Imposible continuar la desesperante búsqueda. De combustible quedaban unos pocos litros. Era ya pleno día. El enemigo exploraba sin cesar por mar y por aire. La nave corría gran riesgo de ser destruida a pocos kilómetros de la orilla con toda la fuerza a bordo.

”Veíamos la costa cercana y visiblemente baja. Se ordena al capitán enfilar directamente hacia ella a toda máquina. El Granma toca fango y se detiene a 60 metros de la orilla. Desembarco de hombres y armas. Duro avance por el agua sobre fango movedizo que amenazaba tragarse a los hombres sobrecargados de peso. La orilla era aparentemente sólida, pero metros después un terreno fangoso similar al anterior en extensa laguna costera se interponía entre el punto de arribo y la tierra sólida. Casi dos horas duró la travesía de aquel infernal pantano”.

Raúl Castro, quien vino en la expedición con el grado de capitán y al frente de uno de los tres pelotones, así lo escribió en su Diario de Campaña: “Como a las 5:30 o 6:00 a.m., se tomó en línea recta y encallamos en un lugar lodoso para meternos en la peor ciénaga que jamás hay visto u oído hablar de la misma. Me quedé hasta el último tratando de sacar la mayor cantidad de cosas, pero después en aquel maldito manglar tuvimos que abandonar casi todas las cosas. Más de cuatro horas sin parar, atravesando aquel infierno (…) Me iba encontrando, a lo largo del camino, compañeros casi desmayados”.

Ernesto Guevara, en Pasajes de la Guerra Revolucionaria: “A las dos de la madrugada, con una noche negra, de temporal, la situación era inquietante. Roque, exteniente de la marina de guerra, subió una vez más al pequeño puente superior, para atisbar la luz del Cabo (Cabo Cruz), y perdió el pie, cayendo al gua. Al rato, ya veíamos la luz, pero el asmático caminar de nuestra lancha hizo interminables las últimas horas del viaje. Ya de día arribamos a Cuba por el lugar conocido por Belic (Los Cayuelos), en la playa Las Coloradas.

”Un barco de cabotaje nos vio, comunicando telegráficamente el hallazgo al ejército de Batista. Apenas bajamos con toda premura y llevando lo imprescindible, nos introducimos en la ciénaga, cuando fuimos atacados por la aviación enemiga (…) Tardamos varias horas en salir de la ciénaga (…) Quedamos en tierra firme, a la deriva, dando traspiés, constituyendo un ejército de sombras, de fantasmas que caminaban como siguiendo el impulso de algún oscuro mecanismo síquico.  Habían sido siete días de hambre y de mareos continuos durante la travesía (…)”.

Juan Almeida, otro de los capitanes del Granma, lo recuerda de la siguiente manera: “Primero el agua les da por la cintura, al pecho, a la barbilla (…). Nuevamente bajo el cuello, al pecho. Con la soga que tienen en la mano llegan al mangle y la amarran. Ahora bajan uno a uno. Los hombres más gruesos al tirarse se entierran en el fango, los más livianos tienen que ayudarlos a salir”.

Y hace mención a una casualidad: el 2 de diciembre del 1956 cayó domingo, como también lo fuera el 25 de noviembre, día de la partida de Tuxpan; el 26 de julio de 1953 y el 15 de mayo de 1955, fecha esta última en que fueron amnistiados: “Nuestras vidas en los grandes hechos está signada por este día de la semana”.

Un campesino humilde: Ángel Pérez Rosabal, les da a la extenuada y bisoña tropa la confirmación final de que han arribado a tierra firme. Tres días después son sorprendidos y dispersados en un lugar descampado e inhóspito, con el paradójico nombre de Alegría de Pío.

La palabra empeñada por Fidel de Ser Libres o Mártires en 1956 había sido cumplida. Atrás quedaban las horas azarosas previas a la salida de México y la semana tormentosa de la travesía. Nada había sido capaz de detener la voluntad de los 82 expedicionarios, encabezados por un líder tenaz y perseverante, quien confiaba en que si salía llegaba; si llegaba, entraba; y si entraba, triunfaba.

Ese 2 de diciembre de 1956 nacía el Ejército Rebelde, antecedente glorioso de las actuales Fuerzas Armadas Revolucionarias. Solo 24 meses después del desembarco, el pequeño ejército había adquirido una colosal experiencia y derrotado al enemigo.


Narciso Amador Fernández Ramírez

Periodista que prefiere escribir de historia como si estuviera reportando el acontecer de hoy


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