martes, 6 de diciembre de 2022

La voluntad de un país

La convergencia de los líderes del alzamiento en Montecristi tenía el objetivo de ajustar la trama conspirativa para incrementar la lucha en tierras cubanas...

José Gilberto Valdés Aguilar en Exclusivo 25/03/2021
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Gómez y Martí
Ambos luchadores desembarcan en la costa oriental de Cuba para incorporarse a la llamada Guerra Necesaria

Este 25 de marzo se cumplen los 126 años del Manifiesto de Montecristi, programa político-militar de la guerra necesaria, elaborado y rubricado por el dominicano Máximo Gómez, uno de los robles de la Guerra de los Diez Años, y José Martí, representante de los “pinos nuevos” que pretenden volver a empuñar el machete independentista del yugo español.

El proyecto libertario rechazaba cualquier intervención militar extranjera para concluir la guerra, que en aquel contexto solo podría ser la de Estados Unidos: “Los cubanos empezamos la guerra, y los cubanos y los españoles la terminaremos. No nos maltraten, y no se les maltratará. Respeten, y se les respetará. Al acero responda el acero”.

Coincidentemente, hace pocos días una audiencia en la Cámara de Representantes de Estados Unidos debatió “si el Distrito de Columbia (DC) debería convertirse en el Estado número 51 de la Unión, el analista político neoconservador Bill Kristol ofreció una opinión bastante inusual: que DC se convierta en un Estado y, de paso, que Puerto Rico y Cuba también lo sean”.

La afirmación de este analista, quien tan solo tendría unos seis años de edad cuando triunfó la revolución popular cubana, provocó mensajes de aprobación, superados por un aluvión de rechazo entre los usuarios de Twitter, incluso por personalidades políticas y medios de prensa.

Desconocedor, sin dudas, de la realidad de cubanas y cubanos de buena fe que en favor de la sostenibilidad de un proyecto social libre, soberano, con todos y para el bien de todos han superado múltiples obstáculos, desde acciones bélicas y sabotaje hasta panfletarios y mediáticos, junto a un genocida bloqueo económico comercial y financiero.

Tal parece que en la audiencia legislativa federal hubiera ocupado una butaca el fantasma del presidente Thomas Jefferson (1801-1809) quien consideraba que Cuba sería la más interesante adquisición que podían hacer los vecinos del Norte. Sucesivos mandatarios mantuvieron mantienen ese diseño de política exterior injerencista con la Mayor de las Antillas.

Cuando José Martí y Máximo Gómez anunciaban en Montecristi (República Dominicana) la reanimación de la lucha independentista, lo hacían bajo el concepto de que “la guerra no era el insano triunfo de un partido cubano sobre otro o la humillación de un grupo equivocado de cubanos, sino la demostración de la voluntad de un país harto probado en la guerra anterior para lanzarse en un conflicto solo terminable por la victoria o el sepulcro”.

El doctor en Ciencias Políticas y máster en Relaciones Internacionales, Abel González Santamaría, destaca en su artículo “Las pretensiones de Estados Unidos hacia Cuba” que seis años antes de ese acontecimiento histórico Martí había alertado sobre las intenciones del gobierno estadounidense en carta a Gonzalo de Quesada: “[…] Y una vez en Cuba los Estados Unidos ¿quién los saca de ella? ¿Ni por qué ha de quedar Cuba en América, como según este precedente quedaría, a manera, no del pueblo que es, propio y capaz, sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas? Bases más seguras quiero, para mi pueblo. Ese plan en sus resultados, sería un modo directo de anexión”.

La convergencia de los líderes del alzamiento en Montecristi tenía el objetivo de ajustar la trama conspirativa para incrementar la lucha en tierras cubanas. Se propone que Gómez y otros viejos luchadores se sumen a las operaciones combativas, en tanto Martí regresaría a Nueva York, para asegurar pertrechos, hombres y el apoyo propagandístico. El Delegado acata disciplinadamente la decisión, pero no pudieron convencerlo en una segunda oportunidad del análisis del escenario incipiente de la Revolución.

Ambos luchadores desembarcan en la costa oriental de Cuba para incorporarse a la llamada Guerra Necesaria, el 11 de abril de 1895. Para el momento en que ponen pie en tierra, toda la isla vibra desde el 24 de febrero por la nueva clarinada en la contienda contra el colonialismo español.

En pleno campo insurrecto, en medio del esclarecimiento de los planes organizativos de la guerra de liberación, Martí retoma el tema del anexionismo en carta a Manuel Mercado: “La guerra de Cuba, realidad superior a los vagos y dispersos deseos de los cubanos y españoles anexionistas, a que sólo daría relativo poder su alianza con el gobierno de España, ha venido a su hora en América, para evitar, aún contra el empleo franco de todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos”.

En 1898 se produjo la intervención de los Estados Unidos en la guerra cubano-española, tomando como pretexto el estallido del buque Maine, en el puerto de La Habana. Una oportunista patriotería yanqui, respaldada por la superioridad militar y logística, motivó el secuestro de los esfuerzos de los criollos por emanciparse de la dominación colonialista.

Sin embargo, no consiguieron poner fin a la doctrina martiana por la soberanía de la Patria, forjada en un complejo y difícil camino de la nacionalidad cubana, y fue inspiración en la continuidad de la lucha, con generaciones de cubanos que no dejaron caer el machete redentor.


José Gilberto Valdés Aguilar


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