martes, 6 de diciembre de 2022

“La guerra empieza ahora”

Así exclamó Máximo Gómez cuando en 1895 se encontraron su tropa y la de Antonio Maceo para proseguir la invasión a Occidente...

Pedro Antonio García Fernández en Exclusivo 29/11/2015
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Al amanecer del 29 de noviembre, Antonio Maceo y su tropa llegaron a la Trocha de Júcaro a Morón sin que los españoles hubiesen notado su presencia. La vanguardia cubana se abrió paso en las alambradas y el centro protegió el paso de la impedimenta.

Cuando los custodios peninsulares se percataron del cruce de la columna, ya estaba lejos del alcance del fuego, y a los disparos inútiles los mambises respondían con gritos de ¡Viva Cuba libre!

Pocas horas después la columna invasora arribaba a Lázaro López, lugar ubicado en la hoy provincia de Ciego de Ávila, a unos 16 kilómetros al noroeste de su ciudad capital. El Generalísimo no había escogido el sitio al azar.

Allí, durante la Guerra del 68 se erigió un caserío y un fuerte aledaño, el cual fue asaltado, tomado e incendiado tres veces. En la primera ocasión, el 9 de septiembre de 1869, durante el combate cayó el general mambí Ángel del Castillo.

Posteriormente, el 18 de junio de 1870, se produjo en ese lugar una acción dirigida por el brigadier Bernabé Varona, cuyas tropas dieron fuego al caserío después de hacer prisioneros a 72 españoles y desalojar a las familias de estos del lugar.

Y en los días finales de enero de 1875 fue atacado por fuerzas al mando de Máximo Gómez, las cuales obtuvieron un valioso botín en armas, municiones y otros efectos.

Años después, la noche del 29 de noviembre de 1895, en el otrora sitio de combates confraternizaron los integrantes del contingente invasor de Maceo, que había partido de Mangos de Baraguá, con la tropa de Gómez que ya combatía en Las Villas.

No es de extrañar que al coincidir en aquella velada, orientales, camagüeyanos y villareños, abundaran las controversias y los duelos de décimas, en los que se distinguió el entonces joven oficial y luego historiador mambí Manuel Piedra Martel.

Junto a las ruinas del fuerte, al día siguiente (30 de noviembre de 1895), el Generalísimo ordenó formar en cuadro a toda la tropa, las fuerzas que había logrado movilizar en tierras villareñas y el contingente que había venido con Maceo. Con el presidente de la República mambisa, Salvador Cisneros Betancourt, y el Titán pasó revista al ya constituido ejército invasor. De las filas brotó un espontáneo “¡Viva Cuba libre!”, al que Cisneros replicó, emocionado: “¡Viva el ejército libertador!”.

Un toque de atención, proferido por el corneta de órdenes, impuso silencio. Gómez comenzó a hablar.

“Soldados, la guerra empieza ahora. La guerra dura y despiadada…”

Tras una pausa, prosiguió: “En esa filas que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros. No os esperan recompensas, sino sufrimientos y trabajos. El enemigo es fuerte y tenaz. El día que no haya combates, será un día perdido o mal empleado”.

“…Soldados, no os espante la destrucción del país, no os espante la muerte en el campo de batalla. Espantaos, sí, ante la idea horrible del porvenir de Cuba si por nuestra debilidad España llegara a vencer en esta contienda”.

“…España ha mandado para combatirnos al más entendido de sus generales. ¿Y bien?, eso demuestra nuestra pujanza, porque empieza por donde acabó la otra vez”.

“Yo le aseguro a Martínez Campos un fracaso cabal, que ya empezó para él en la sabana de Peralejo, pronóstico que habrá de cumplirse al llegar los invasores a las puertas de La Habana, con la bandera victoriosa, entre el humo rojizo del incendio y el estrépito de la fusilería”.

“Soldados, llegaremos hasta los últimos confines de Occidente, hasta donde haya tierra española, allí se dará el Ayacucho cubano”.

En su libreta de apuntes, el entonces joven oficial José Silverio Llorens consignaría: “Indudablemente que España estaba perdida (sic) en sus últimos dominios americanos”.


Pedro Antonio García Fernández

Periodista apasionado por la investigación histórica, abierto al debate de los comentaristas.


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