domingo, 27 de noviembre de 2022

La Gran Guerra Patria (V)

Si el ejército nazi había logrado, gracias a la sorpresa, llegar hasta las mismas puertas de Moscú, sitiar las ciudades de Leningrado y Stalingrado y ocupar un vasto territorio en muy pocos meses, esto tuvo un final...

Manuel Segovia en Agencia Latinoamericana de Información 17/04/2015
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Si el ejército nazi había logrado, gracias a la sorpresa, llegar hasta las mismas puertas de Moscú, sitiar las ciudades de Leningrado y Stalingrado y ocupar un vasto territorio en muy pocos meses, esto tuvo un final.

A la impetuosa ofensiva de un ejército numeroso, bien equipado, adoctrinado, con moderno armamento y entrenado durante casi dos años en los campos de batalla de Polonia, los Balcanes, Hungría y Checoslovaquia se le opuso un puño de acero que contaba, como principal arma, con el patriotismo, el amor a la libertad y el odio a la bota extranjera.

Cientos de miles de hijos e hijas del pueblo soviético se unieron en la lucha contra las hordas fascistas. Campesinos, estudiantes y obreros ingresaban al Ejército Rojo y dejaban atrás a su familia y su vida cotidiana en la retaguardia.

Esas motivaciones y espíritu de sacrificio me recuerdan a Sandino y a los que a él se unieron en la lucha contra los bandoleros y usurpadores yanquis en la primera mitad del pasado siglo y a los revolucionarios de la última etapa de la lucha revolucionaria. A nosotros nos es familiar esta historia, aunque sea en otras dimensiones y en otra latitud. Pero sigamos con la Gran Guerra Patria.

El ejército nazifascista entró a la Unión Soviética tras una cadena de victorias militares y conquistas de territorios europeos en una suerte de guerra relámpago, con apenas algunas bajas, sembrando el terror e instalando un régimen de control absoluto en cuanto territorio ocupaba. Un halo de mística y realidad rodeaba a esa fuerza y hasta ellos mismos llegaron a creer que eran imbatibles, o invencibles, como prefieran. Lo creían de veras.

Así que cuando no pudieron entrar en Moscú comenzaron a ver las cosas de otro modo. Imagináte que ya tenían preparado el desfile por la Plaza Roja, los discursos, las medallas para soldados y oficiales y la escuadra que levantaría la horca para colgar a Yuri Levitán, de quien hablamos en la entrega anterior. Hitler se enfureció y ordenó arreciar el cerco alrededor de las emblemáticas ciudades.

Allí se sobrevivía a como diera lugar. En Leningrado era mucho peor. La ciudad que resistió 872 días de asedio se abastecía solamente en invierno, cuando largas caravanas de camiones con provisiones atravesaban de noche, totalmente a oscuras, el congelado lago Ladoga y si no se los tragaba alguna grieta en el hielo, llegaban con una pálida esperanza de vida para los leningradenses.

Aunque es difícil de creer, las personas caían muertas de hambre y de frío mientras caminaban por la ciudad. Todas las mañanas grupos de voluntarios recogían los cadáveres de las calles. Se comieron desde los perros y gatos hasta las ratas. El pan estaba racionado a 25 gramos diarios y hasta el último mueble era arrojado a la estufa para calentar las habitaciones. Ya nadie hacía caso a los obuses y las bombas. El hambre era más terrible. Perecieron familias enteras, en total más de un millón 200 mil habitantes. Y casi tres millones resultaron heridos o enfermos.

Sin embargo, la ciudad trataba de mantener la vida normal. Algo alucinante y como de irreal maravilla. Se daban conciertos en los teatros alumbrados con latas y mechas de keroseno y la gente acudía envuelta en abrigos a falta de calefacción. Cada mañana se escuchaba la radio con sus programas habituales de música y noticias. Nacían pequeños leningradenses en las maternidades; los escritores que no habían muerto escribían sus novelas de épica y heroísmo. Los museos habían logrado resguardar las principales obras de arte, aunque ellos mismos quedaron reducidos a ruinas humeantes.

En Stalingrado apenas quedó una edificación en pie. Se vivía en los sótanos arruinados de las viviendas y los puntos de referencia de un lugar solo estaban en el recuerdo de los que conocían la ciudad de antes. Solo el patriotismo fue capaz de detener a los nazis el tiempo necesario, mientras el Estado soviético organizaba las fuerzas necesarias y equipaba con armamento moderno a las nuevas divisiones que deberían dar el viraje a la contienda bélica.

Así fue. En maniobras envolventes cayeron ejércitos completos alemanes. No tuvieron otra opción que rendirse los cientos de miles de soldados y oficiales que una vez soñaron adueñarse de la tierra soviética.

Y luego vino el golpe, el gran golpe en forma de ofensiva con cientos de tanques, armas pesadas, decenas de escuadrillas de aviones, tropas frescas y bien equipadas que comenzando en Kursk no se detuvieron ya hasta restablecer la frontera patria a su lugar de origen. Nunca más el ejército alemán tomó la iniciativa.

Ya no fueron más invencible ni Hitler ni sus generales ni soldados. Fue el principio del final. Ya nadie les temía y comprendieron que eran extranjeros indeseados en una tierra que literalmente les explotaba bajo los pies.

Por su parte, el Ejército Rojo comprendió que su misión no terminaba en los límites de la sagrada Patria, sino que tenía la obligación moral de barrer al fascismo de la faz de la tierra. Allá iban.


Manuel Segovia


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