jueves, 1 de diciembre de 2022

La eterna candidez de Vilma

Cada abril el recuerdo de Vilma Espín florece entre las mujeres cubanas, empeñadas en la conquista de un futuro más equitativo...

Dorisbel Guillén Cruz en Exclusivo 09/04/2016
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El recuerdo la devuelve con hálitos diversos. Sencilla, espiritual y combativa. Capaz de increpar a un ejército y de calmar el alma de los guerrilleros con su sonrisa extrema. Pero una palabra es la que prevalece entre las mujeres cubanas cuando hablan de Vilma Espín Guillois: ¡Candidez!, es el calificativo al que recurren quienes conocieron su sonrisa franca, sus ojos infinitos y los graves ademanes que difícilmente camuflaban los campos de Cuba.

Vilma y su belleza infinita, la de los sueños callados bajo el antifaz de luchadora clandestina, mambisa del siglo XX que supo ganarse un título de heroína entre los hombres que lideraba Raúl. Dicen los libros que el propio Comandante Raúl propuso su añorada incorporación al Segundo Frente Oriental en los últimos meses de 1958: “…si la agarran la van a descuartizar”, indicó horrorizado en una breve nota al Movimiento 26 de julio que operaba en el oriente cubano. Verdaderamente, el cerco de los esbirros se cerraba sobre Vilma. Ya no importaba cuánto la protegiera el pueblo de Santiago, aquel que más de una vez salvó la vida de la coordinadora provincial del movimiento.

AQUELLOS DÍAS EN QUE TOCABA HACER…

“Me tocó hacer en aquellos días” dijo Vilma. Corrían los últimos meses del año 1952. Aumentaban en Cuba las represiones y registros por parte de la tiranía batistiana. Entonces, lo que correspondió hacer a la joven parecía cosa sencilla: tirar panfletos a escondidas con la ayuda de los bedeles, las primeras manifestaciones en la calle.

En la misma medida en que la dictadura generaba odios irreversibles fue creciendo su energía revolucionaria. Ya en el 53 escribió la heroína: “…empezamos a buscar la manera de conspirar mejor, de hacer algo más”. La ingeniera Química de la Universidad de Santiago de Cuba se sumó con vehemencia al grupo de “revoltosos” con quienes compartía el firme propósito de acabar la corrupción y el robo, según ella misma planteara, “ir a una situación progresista, es decir, (…) Reforma Agraria y de todas estas cosas”.

Al decir de Asela de los Santos, estudiosa de esta luchadora, desde sus años como universitaria “Vilma aglutinaba alrededor de ella tanto a alumnos como también a profesores”. Su casa fue el refugio para los jóvenes que tomaron los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Se convirtió en la colaboradora fiel de Frank País y, como integrante de Dirección Nacional Revolucionaria, desplegó una intensa labor que la condujo luego al cargo de Coordinadora Provincial del Movimiento 26 de Julio.

Desde la clandestinidad, Vilma Espín y su fuerza resultó un apoyo trascendental para quienes luchaban en la Sierra, a quienes ella añoraba unirse. Lo logró a medidos del 1958 y ya entre las tropas insurgentes destacaron sus acciones de coordinación y lucha. Aquellas ansias de justicia que la impulsaban a la Sierra —fundamentó el intelectual Alfredo Guevara— “…era una generación antiimperialista y progresista casi por definición, se sentía obligada a cumplir lo que quedó pendiente de la batalla martiana por la independencia de Cuba frustrada por la intervención americana”.

¡GRÁCIL, REVOLUCIONARIA E INMENSA!

Vilma creyó en Fidel y tomó su palabra al pie de la letra en aquello de que “Las mujeres pueden ser útiles en todos los sentidos”, y como ella misma era la prueba de que incluso las manos femeniles blandían un arma con toda la firmeza de sus maternidades y con todas las exquisiteces de su género…; como Vilma estaba hecha de acero y aroma primaveral, así consideró a las otras mujeres del país recién nacido. Emprendió junto a ellas un proceso de empoderamiento y reivindicación que tuvo su mayor fortaleza con la Federación de Mujeres Cubanas, fundada en agosto de 1960.

Participó en trabajos voluntarios, desfiles y movilizaciones. Fue, como publicó recientemente el diario Granma: “…una soldado intachable, heredera de la estirpe de Mariana Grajales y Ana Betancourt”. Desde entonces y para toda la vida, aun para toda la muerte, Vilma Espín deviene el brazo político de las mujeres cubanas. Además de batallar por el ejercicio de derechos y deberes elementales como la educación superior, el círculo infantil y la educación preescolar de los hijos, abrió para ellas las puertas de la revolución cubana y juntas fueron creciendo en el tránsito hacia la libertad.

Es por eso que en las cercanías de su cumpleaños, las federadas recuerdan el candor de Vilma, como un destello de luz que evoca nutrientes jóvenes en sus filas. En medio de las anécdotas y las nostalgias por la novia bonita de Raúl, se alistan para lo que les toca hacer, en estos días, en estos tiempos, en que, por ejemplo, gran parte de delegación al VII Congreso del Partido Comunista de Cuba, tiene el gesto grácil e inmenso de la mujer cubana.


Dorisbel Guillén Cruz

Periodista


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