martes, 29 de noviembre de 2022

La atmósfera martiana es imprescindible

La presencia, el pensamiento y la acción revolucionaria de José Martí y Pérez ha marcado la Historia de Cuba en las coyunturas más difíciles del largo proceso de liberación nacional y es una parte esencial de la Cultura cubana...

Lohania Josefina Aruca Alonso en Exclusivo 11/01/2020
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Homenaje de los pioneros a José Martí 14

La personalidad de extraordinaria fortaleza espiritual, moral y civismo martianos, acompañadas de una visión política de liberación nacional total, y de un sacrificio personal sin límites ha impactado, desde su advenimiento a la Historia, en los sentimientos de cubanía y en las luchas de todos nuestros compatriotas de antaño y de hoy por materializar su vigencia en la realidad cubana.

Nuestro Héroe nacional, nos ha acompañado siempre —hay quienes evocan esta sensación como un misterio— en las situaciones más difíciles del desarrollo de la época republicana.

Sin embargo, es en la etapa de la Revolución cubana cuando su pensamiento ha llegado a ser más ampliamente conocido, difundido y debatido por los constructores de la nación independiente y soberana, el pueblo plenamente alfabeto y consciente, política y cívicamente.

El ideario martiano es un horizonte de la cultura cubana que aspiramos a alcanzar en sus múltiples facetas de humanidad superior para obtener la consolidación efectiva de nuestra nacionalidad, para multiplicar la masa de la cubanidad orticiana.

Mis recuerdos acerca de este fenómeno cultural cubanísimo se remontan hasta el año en que se celebró el Centenario del Natalicio de José Martí y Pérez, 1953. Vivíamos entonces una situación histórica de extrema violencia, en todos los ámbitos de la joven República, a cincuenta y un años de su fundación como Estado Nación.

La Constitución de 1940 se había violado flagrantemente, a causa del golpe de Estado militar sucedido el 10 de marzo de 1952, encabezado por el general Fulgencio Batista y Zaldívar, el Dictador, contra el gobierno constitucional auténtico presidido por Carlos Prío Socarras. Aquello fue una demostración, una prueba más, de la incapacidad de la democracia burguesa para gobernar decentemente el país.

Gran parte del pueblo asistía asombrado a una situación caótica, cuyo sentido verdadero no le beneficiaba en nada. Volvía a imponerse por la fuerza el interés de una minoría egoísta, explotadora, vendepatria, sometida al dominio de las corporaciones yankis, y que utilizaba como medios oficiales de su gobierno la persecución política, la tortura y el asesinato para reprimir a los inconformes,

La ideología anticomunista prevalecía en el mundo capitalista, por tanto, en Cuba era un matiz fundamental del gobierno del dictador Batista. Este fue el contexto histórico en que llegamos al Centenario del Natalicio de Martí. Únicamente la palabra iracunda de un joven abogado salió a la palestra pública defendiendo la Constitución de la República de Cuba, no lo conocíamos bien, era Fidel Castro Ruz.

En las escuelas públicas, especialmente en la enseñanza secundaria en la cual yo me incluía desde septiembre de 1952, si mal no recuerdo cumpliría 12 años en diciembre de ese mismo año, existía un sentimiento de extrema devoción por aquel Centenario martiano.  Especial influencia tenían en ello las maestras, en su mayor parte, las doctoras en Pedagogía asociadas a la Fragua Martiana.

Ellas hablaban de José Martí con extremo fervor, ponderaban las virtudes cívicas de su accionar. Las alumnas recitabamos de memoria sus poesías patrióticas desde la escuela primaria, particularmente recuerdo la titulada “10 de Octubre”. La declamación de aquellas obras inflamadas de amor por Cuba fue un elemento inolvidable de propagación del pensamiento y sentimiento martianos.

Yo sentía hondamente ese amor, siendo todavía una adolescente muy joven. Y rechazaba a quienes hollaban la tierra donde había nacido y hacían sufrir a mi pueblo de mil maneras, tales ideas calarón en mí poéticamente.  

Recuerdo haber leído una y otra vez en la biblioteca de la Escuela Secundaria B Anexa a la Escuela Normal de La Habana, las poesías de Martí, probablemente también algunos de sus discursos y ensayos políticos, pero mis recuerdos van de modo natural hacia la poesía. ¡Qué hermoso ejercicio para la iniciación moral y estética de una adolescente!

Así las cosas, mi profesora de Español, de quien no recuerdo el nombre, nos pidió que escribiéramos una composición sobre José Martí, para competir en el aula. La recompensa fue un hermoso juego de tacitas de café de porcelana, que en nuestro humilde hogar fue recibido como un tesoro por mucho tiempo.

Pero, ocurrió después, que mi composición fue llevada por mi profesora a un certamen literario patrocinado por el Liceum de La Habana. En el mismo también fui premiada, nada menos que con un viaje por un día a la Isla de Pinos (ahora Isla de la Juventud), que tenía el propósito de visitar la casa donde se alojó el joven Martí a su salida del Presidio español, enfermo y llagado, en su tránsito hacia España, la casa del empresario catalán José Sardá.

El viaje, ida y vuelta, fue en avión, acompañada por una maestra que no recuerdo. Era otra novedad inesperada, e impensada, para mí, dado los escasos recursos de mi familia. De esta manera Martí trajo la maravilla a mi primera juventud. Nunca olvidaré el avión, tampoco las imágenes bellísimas del paisaje pinero y los cantos de las numerosas cotorras que volaban a los lados de las carreteras en que circulé desde Nueva Gerona hasta la vivienda de Sardá y viceversa.   

Igualmente, fijé la imagen, vista desde la carretera, en plano superior, del Presidio Modelo, que me mostró mi guía acompañante: un edificio poderoso, donde relumbraba el sol de modo impresionante, esto me causó gran angustia. Poco tiempo después, allí estarían condenados, presos, Fidel y algunos de sus acompañantes al asalto del Cuartel Moncada de Santiago de Cuba.

¿Sería todo lo que viví en ese día de viaje una premonición de mi futura vida vinculada por completo a la Revolución triunfante? Tal vez lo fue.

Otras veces regresé a este pequeño museo, que aún cuidaban familiares de Sardá, durante el tiempo que viví en la Isla (1973 a 1975) por razones de trabajo y personales. Mi emocionante recuerdo del viaje realizado en 1953, siempre me acompañó en ese lugar. Tuve una experiencia grandiosa en mi adolescencia, que reforzó mi admiración por José Martí.

Con posterioridad, mientras hacía estudios universitarios de Historia, aquella “experiencia” fue calzada mediante el estudio de varias de las biografías de Martí, principalmente la Vida de Martí (1ª ed., 1934), escrita por el santiaguero Rafael Esténger, y el impactante ensayo del joven Martí (18 años) sobre “El presidio político en Cuba”, Madrid, 1871, que debía ser una lectura obligatoria en la Enseñanza media cuando se explique la época colonial y la Guerra del 95.  

En mi opinión, el primer acercamiento a José Martí y Pérez, a su vida y obra, corresponde ineludiblemente al período de formación de la personalidad del estudiante, en la adolescencia temprana, quien debe estar guiado y apoyado por el profundo conocimiento de este Héroe, de parte de maestros y maestras sinceramente martianos.

La atmósfera martiana es imprescindible en las escuelas de hoy día. En ellas no puede faltar el amor a la Patria, al ser humano, a la Naturaleza, ni la más impoluta ética en la conducta cívica de quienes ejercen el magisterio. Este es un horizonte que hay que tocar, si queremos en verdad hacer realidad vital entre nosotros el concepto guevariano del Hombre (y la Mujer) Nuevo.


Lohania Josefina Aruca Alonso

Investigadora histórica, colaboradora periodística nacional de prensa plana y digital


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