viernes, 2 de diciembre de 2022

José Martí a través del tiempo

Describir la importancia y actualidad del pensamiento y obra de Martí, se puede convertir en un trabajo infinito…

Francisca López Civeira en Exclusivo 19/05/2021
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Inauguración estatua ecuestre José Martí
El tiempo de Martí era, en especial, de cambios acelerados y así lo reconoció

José Martí es de los grandes símbolos que tienen presencia en cualquier tiempo. Describir la importancia y actualidad de su pensamiento y obra se puede convertir en un trabajo infinito; pero podemos seleccionar en este gran cubano su sentido del deber, como guía permanente de su pensar y hacer. El deber, sí, para cumplirlo, como decía, “sencilla y naturalmente”. Ese deber lo veía en sentido personal, como fin de su vida, y en sentido colectivo, de la patria, de Cuba en su momento histórico, lo que también guiaba su proyecto revolucionario.

Martí decía al cubano Juan Bonilla en carta de 8 de agosto de 1890 que “toda la vida es deber”, justo cuando regresaba de una estancia en las montañas Catskill por indicación médica -porque “los pulmones se me quejan y el corazón salta más de lo que debe”- pero que calzaba “las botas invisibles de un tranco”, porque mientras viviera estaría cumpliendo su deber. Ese fue el sentido de todo lo que hizo en sus 42 años de vida.

El cumplimiento del deber tenía también un condicionamiento histórico pues, como afirmó muy tempranamente durante su estancia en Guatemala, “el primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo”, lo cual resulta muy importante pues en sus análisis acerca de la educación, del desarrollo de la ciencia y la tecnología, de los temas sociales, políticos, éticos y, sobre todo, en la concepción de su proyecto revolucionario, tomó siempre en cuenta su tiempo histórico, es decir, lo que era necesario en cada momento, lo que debía proyectarse al futuro a partir de las circunstancias de la época. En esta dirección, Martí tenía una concepción muy clara del sentido de ese tiempo histórico y los retos que implicaba.

El tiempo de Martí era, en especial, de cambios acelerados y así lo reconoció. En 1882, en el prólogo al “Poema del Niágara” del venezolano Pérez Bonalde, hizo un enjundioso análisis de su época como de “reenquiciamiento y remolde”, por lo que todo cambiaba a velocidad nunca antes vista, lo que incidía en el modo de vivir, en la sensibilidad de la época, pero también veía un factor positivo pues, a su juicio, “el genio va pasando de individual a colectivo” por lo que “el hombre pierde en beneficio de los hombres”, ya que “los genios individuales se señalan menos” al faltarles la pequeñez de los contornos, de ahí que dijera que las cumbres se estaban deshaciendo en llanuras, “lo que no placerá a los privilegiados de alma baja, pero sí a los de corazón gallardo y generoso”. De manera que en sus años de temprana juventud ya encontramos el sentido del tiempo histórico junto a una actitud de absoluta ausencia de cualquier sentimiento de vanidad.

En la preparación de su proyecto revolucionario, cuando se dedicaba a organizar la guerra que denominó “necesaria”, debía tomar en cuenta su contexto, lo posible y lo necesario, como parte del cumplimiento del deber pues resulta indispensable ese apego a lo real, a lo que el tiempo demanda para la adecuación de lo que se aspira. La guerra era el medio para llegar a la revolución, a la transformación de la sociedad colonial que, sabía, era tarea compleja que no se resolvía al día siguiente de la expulsión de la metrópoli. El dirigente debía, por tanto, estar preparado para ese reto desde la necesidad de prever, que entendía era un rasgo imprescindible para los que asumían esa responsabilidad.

Es decir, la capacidad de previsión y actuar en correspondencia con ello. Para Martí, cuando estaba en plena labor preparatoria, esa función de dirigente resultaba fundamental, aunque como cubano lo esencial era cumplir el deber con la patria pues, “el verdadero hombre no mira de qué lado se vive mejor, sino de qué lado está el deber; y ése es el verdadero hombre, el único hombre práctico”, como afirmó en el discurso de conmemoración del 10 de octubre en 1890. En su concepción, “el deber de un hombre está allí donde es más útil” y así lo escribió en su carta de despedida a su madre cuando se preparaba para incorporarse a la guerra en Cuba, por lo que asumió siempre esa actitud.

El deber fundamental es servir a la patria, la que “es ara y no pedestal”, pues “se la sirve, pero no se la toma para servirse de ella”, de modo que en eso radica el primer deber de todo ser humano, en todos los tiempos. Ese deber personal, de servicio a la patria de manera honrada, sencilla, es un valor permanente que, en el caso de Martí tenía un objetivo específico en su momento: hacer la revolución de independencia en Cuba; pero eso lo veía también como parte de un deber mayor: el que tenía Cuba en América.

La independencia de Cuba podía ser, en aquel contexto, un valladar a la expansión del naciente imperialismo estadounidense por nuestras tierras de América. Cuba no podía fallar a “nuestra América” en el cumplimiento de ese deber. Cuando se aprestaba a partir junto al general en jefe, Máximo Gómez, hacia Cuba, escribía al dominicano Federico Henríque y Carvajal:

Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo. Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles,-y yo, a rastras, con mi corazón roto.

Levante bien la voz: que si caigo, será también por la independencia de su patria.

Esa carta es muy clara del deber que debía cumplirse en aquel momento, en lo cual Martí estaba en la primera línea de combate, lo que se reitera de manera aún más precisa en su carta inconclusa del 18 de mayo -el día previo a su caída en combate- a su amigo mexicano Manuel Mercado: “Por acá yo hago mi deber. La guerra de Cuba, realidad superior a los vagos y dispersos deseos de los cubanos y españoles anexionistas, (…) ha venido a su hora en América, para evitar, aun contra el empleo franco de todas esas fuerzas, la anexión de Cuba a los Estados Unidos”. Ese era el gran deber que estaba cumpliendo pues, como explica en el inicio de la misiva:

(…) ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber-puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo-de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para lograr sobre ellas el fin.

Martí había convocado la guerra, por tanto, su responsabilidad estaba allí; pero en función del cumplimiento de los objetivos que se había trazado, en bien de la patria cubana y de la patria latinoamericana. Estaba convencido de que se podía alcanzar aquel propósito si cada uno realizaba la parte que le correspondía. Ya lo había afirmado desde una circular que había dirigido a los clubes, en julio de 1893: “haga cada uno su parte de deber, y nadie puede vencernos”. Martí habló así para todos los tiempos.


Francisca López Civeira

Historiadora


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