jueves, 18 de abril de 2024

El mejor amanecer

Mi alborada, esplendorosa. La otra carta de la baraja y una clase de ética..

Argelio Roberto Santiesteban Pupo en Exclusivo 01/01/2019
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Triunfo de la revolución
Fue un amanecer prometedor.

Todos lo anticipábamos, pero la noticia llegó por una vía… ¿cómo decirlo?... bueno, por una vía irregular.

Mucho más para mi casa, que era una cueva de conspiradores.

El régimen tenía sus días contados. Importantes ciudades —Palma, Jiguaní, Sancti Spíritus, Placetas…— habían sido tomadas por los barbudos. Se hallaban bajo sitio plazas como Holguín o Santiago. Estaban prácticamente paralizados los sistemas ferroviario y de carreteras. Los ansiosos fumadores de mi pueblo —Banes— esperaban el aterrizaje de las avionetas que, tomando tierra en una pista improvisada, traían los cigarros desde cientos de kilómetros.

Pero nunca sospechamos que la buena nueva llegase de modo tan poco esperado.

Una adorable vecina, bien entrada en añitos, quien era una especie de lechuza junto a la radio, gritó con todo lo que le daban sus flácidos pulmones: “¡Se fue ese hachepé!”.

Y me viene a la mente cuando El Viejo y yo —ambos enguayaberados— nos botamos pa’ la calle.

El nunca bien llorado Orlando Castellanos me enseñó a rechazar las frases hechas —clichés como: “el aromático grano”, “la dulce gramínea”,  “el preciado líquido”, “la larga y penosa enfermedad”—. Pero debo recurrir al manido recurso para decir que aquello fue “una espontánea manifestación popular”.

Caravanas de autos, con los cláxones a todo meter, transportaban por las calles principales del pueblo a la gente alborozada, quienes agitaban banderitas rojinegras del M-26-7.*

LA OTRA CARTA DE LA BARAJA

El Viejo y yo, en el andar por nuestra lindísima ciudad, enfrentamos una realidad muy diferente. Sí, desgarradora: la de un ejército desmoralizado.

Los “casquitos”, barredura social, extraída de las prisiones, se habían posesionado de la escuela Los Amigos, enorme enclave educacional cuáquero donde buena parte de mi familia estudió. Entre sacos de arena como atrincheramiento y nidos de ametralladoras 30 y 50, los sorprendió la para ellos infausta noticia: su cabecilla había emprendido vuelo hacia la tierra que tiranizaba Chapitas, La Hiena**

Tiraban sus cascos metálicos contra las paredes, maldiciendo a quien los había “embarca’o”. Los acuciaban problemas básicos. Recibieron, al salir de la ergástula, un par de uniformes. Nada más. Y ahora estaban locos por dos cosas: un vestuario de civil y el ticket que los llevara hasta su lugar de procedencia.

En esa situación se vendió, a particulares, buena parte del armamento del Ejército. Fusiles Garands 3006, subametralladoras Thompson 45, carabinas M-1 calibre 30. (Confieso que compré un revólver Colt 45 —el que la prensa, en la crónica roja, catalogaba como “pavoroso”— en cinco pesos, con dos cargas.

Insisto: en mi adolescencia fue un hecho imborrable, para nosotros, siempre presididos por la ética, ese espectáculo, antónimo de inverecunda desmoralización.

UNA CLASE DE ÉTICA

Proseguimos.

El Viejo y quien suscribe, en nuestro andar, aquel día de privilegio, ya transitábamos por La Güira, barrio natal de Fulgencio, sitio de haitianos muertos de hambre a los cuales traicionó.

Ya convertido en “hombre fuerte”, allí edificó un parque, con el nombre de Carmela Zaldívar, la dama que infelizmente lo trajo al mundo.

Aquella mañana primorosa a la cual nos hemos trasladado, un grupo de audaces forzudos, provistos de mandarrias, derribaba el busto de Carmela.

Entonces mi padre, combatiente clandestino, con su vozarrón, entre dientes, me susurró:

—Míralos. Son los entusiastas de la última hora. ¡Nunca estuvieron cuando se les necesitó, al lado nuestro!”.

¡Qué temprana lección!

 

*Movimiento 26 de Julio

**Rafael Leónidas Trujillo


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Argelio Roberto Santiesteban Pupo

Escritor, periodista y profesor. Recibió el Premio Nacional de la Crítica en 1983 con su libro El habla popular cubana de hoy (una tonga de cubichismos que le oí a mi pueblo).


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