martes, 6 de diciembre de 2022

Bayamo mucho más que el plan B

De igual manera que el Moncada, el cuartel Carlos Manuel de Céspedes no pudo ser tomado debido a eventualidades de último momento...

Igor Guilarte Fong en Exclusivo 25/07/2019
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Cuartel Carlos Manuel de Céspedes
El cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, fue escenario del grito de libertad dado por una pléyade de héroes, en la alborada del 26 de julio de 1953. (Fotos: Mailenys Oliva Ferrales)

El 25 de julio de 1953, cuentan los cronistas, Bayamo está tranquila, “sin relieves”. En la calle General García –arteria comercial– la gente sube y baja como de costumbre. Nada indica que ese ritmo habitual se verá sacudido en las próximas horas por un movimiento insurreccional, el cual se ha venido fraguando en las entrañas de la cuna de Céspedes y Perucho Figueredo desde hace semanas.

Minutos después de las cinco de la mañana del 26 de julio, un intenso tiroteo despierta la parte norte de la urbe. A la misma hora que en Santiago se asalta el Moncada, en el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, se escribe otra página de gloria. Inmediatamente se desata la alarma general. Los jeeps del ejército y la policía patrullan las calles. Vuelan las versiones: “Se han fajado entre ellos”, cree la gente en un inicio hasta comprender que realmente han sido elementos revolucionarios los que intentaron tomar el enclave militar. Asimismo, se van dando noticias de detenciones y muertes. El pueblo responde al salvar las vidas de varios sobrevivientes.

Como parte de la organización del alzamiento se escogió la urbe, dada su estratégica posición geográfica, para impedir el rápido avance de refuerzos militares hacia Santiago. Respecto a esa elección dijo Fidel en su alegato La Historia me Absolverá: “A Bayamo se atacó precisamente para situar nuestras avanzadas junto al río Cauto. No se olvide nunca que esta provincia […] es sin dudas la más patriótica y guerrera de Cuba; fue ella la que mantuvo encendida la lucha por la independencia durante treinta años y le dio el mayor tributo de sangre, sacrificio y heroísmo”.

El propio Fidel, máximo líder del levantamiento, pasa por la Ciudad Monumento en la noche del día 25, para ultimar detalles y sincronizar relojes con Raúl Martínez Ararás, jefe de la acción simultánea a la del Moncada. A este le da instrucciones precisas de cómo debe cumplirse el ataque, le orienta nombrar subjefes de grupos y respetar la vida de los que se rindan en el bando opuesto.

El plan de asalto al Céspedes se basaba igualmente en el factor sorpresa. Incluía tomar la estación de policía y el centro telegráfico. Luego volarían los puentes de Cauto Cristo y Bayamo, misión confiada a los mineros de Charco Redondo. Los asaltantes serían unos 20 hombres, pobremente armados de fusilitos 22, escopetas –calibre 12 y 16– para matar palomas, y algunas pistolas. Así no podrían entablar un combate frontal en condiciones, por lo que esbozaron ingresar a la fortaleza mediante una estratagema tan sencilla como arriesgada.

Para llevar a cabo esto se contaba con el bayamés Elio Rosete, conocido de los guardias. Según lo previsto, este debía conducir hasta la garita de entrada del cuartel, al propio el jefe de la operación, Raúl Martínez Ararás, quien iría vestido de sargento. Allí pediría que lo dejaran pasar la noche pues no era de Bayamo sino que había ido a los carnavales de Santiago. En medio de la perorata Martínez Ararás debía encañonar y desarmar al soldado de la posta, dejando libre la puerta para el avance de sus compañeros.

Sin embargo, este guion de película no se concreta porque en horas de la tarde Rosete pide permiso para ir a su casa, y se comete la imprudencia de concedérselo. Si bien el contacto bayamés se había mantenido seriamente comprometido con los revolucionarios durante la etapa organizativa, a la hora cero se desaparece. Por temor a caer en una encerrona, el grupo de Bayamo decide entonces aplicar un plan B.

A esta complicación se suma otro gran susto minutos antes de partir, con la inoportuna aparición del dueño del hospedaje del Gran Casino, donde se han acuartelado. No queda más remedio que arrestarlo y dejarlo amarrado en uno de los cuartos, para evitar poner más en riesgo la misión. Una vez vestidos con los uniformes caqui se reparten las armas, muestran fotos del cuartel y explican los pormenores de la acción. El plan marcha a toda máquina. En cuatro carros salen rumbo al objetivo. Aunque, en el orden táctico todavía existen algunas lagunas históricas en cuanto a las coordinaciones realizadas por Raúl Martínez con cada responsable de grupo, y los objetivos de cada uno de estos tras ser tomado el bastión. Solo se sabe que un comando encabezado por Orlando Castro estaría encargado de ocupar el puesto de comunicaciones radiotelegráficas.

Al variar el orden de cosas original, los jóvenes buscan penetrar de forma subrepticia y violenta por la parte trasera de la instalación. Dos cercas rústicas de alambres de púas le limitan el paso. Sin muchas dificultades vencen la primera pero cuando en medio de la oscuridad y la tensión del momento intentan cruzar la segunda, no aparece el alicates, hay desconcierto, y uno de ellos acaba tropezando con latas vacías regadas por ese patio. El ruido alerta a un soldado de guardia que al percatarse del desplazamiento da el alto, y como respuesta recibe un disparo. Se desata un violento tiroteo que pone en total desventaja a los revolucionarios.

De 10 a 15 minutos dura el combate. Frustrado el asalto se decreta la retirada y con ella, comienza una verdadera odisea para los valientes rebeldes. Diez de ellos resultan vilmente asesinados, otros acaban sufriendo prisión en el Presidio Modelo, y los menos escapan de la represión. Unos 25 metros separaron a los asaltantes de los inmuebles del cuartel. Además, de 45 hombres que componían la dotación, esa noche solo se encontraban 12 de servicio. Claro que los asaltantes no conocieron tales números hasta mucho tiempo después. De lo contrario, quién sabe si hoy estaríamos contando una historia diferente.


Igor Guilarte Fong

"Un periodista que piensa, luego escribe"


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