jueves, 1 de diciembre de 2022

Volviendo al estadio Maracaná

La final de la Copa América de Fútbol nos llevó de nuevo hasta los Juegos Panamericanos de Río 2007, y nos recordó los que vienen de Lima 2019...

Rafael Norberto Pérez Valdés en Exclusivo 10/07/2019
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Estadio Maracaná
Estadio Maracaná en Río de Janeiro

Los recuerdos se me acaban de disparar. Hubo varios resortes liberados… Ver el domingo por la televisión otra vez al imponente e histórico estadio brasileño Maracaná… La final ahí de la Copa América de Fútbol (en la que los de casa le ganaron a los peruanos)… Haber estado ahí dos veces durante los Juegos Panamericanos de Río 2007… La cercanía palpable de los de Lima 2019 (desde el 26 de julio)…

Una confesión antes de seguir escribiendo. No recuerdo cuándo fue la primera vez que supe del Maracaná. Y así lo pensé sentado en las gradas, mientras esperábamos el inicio de la apertura. Supongo que haya sido con unos diez años de edad, por allá por 1969, o un poquito después, al empezar a leer crónicas deportivas. Ni soñar que yo llegaría a ser cronista deportivo. Ni mucho menos que la vida me iba a dar la oportunidad de encontrarme sentado ahí…

Ahora los invito a que volvamos allá sin demora. La primera de las dos veces en que lo visité ocurrió en la tarde-noche del viernes 13 de julio. Un día inolvidable en que un grupo de cubanos entramos por primera vez al Maracaná. Unos para desfilar en la inauguración de los XV Juegos Panamericanos Río 2007. Otros, como en mi caso, a reportar como periodistas la espectacular ceremonia de apertura.

VAMOS A RECORDAR

La delegación cubana fue la número 14 en desfilar, con su abanderada al frente, la fenomenal judoca Driulis González, quien días después conquistó con admirable facilidad la medalla de oro casi sin regalarles una sonrisa a los fotógrafos, porque dijo era algo que esperaba y su rival en la final era muy joven. Ese 13 de julio la vimos feliz según apreciamos muchos en las dos pantallas gigantes. Y entonces observamos que una enseña nacional grande fue paseada por el pasillo interior de la planta baja del Maracaná.

UN FANTASMA

Por ahí flotaba el recuerdo del "Maracanazo". Ya sabíamos que ese estadio fue construido en 1950, para acoger el Campeonato Mundial, con la selección verdeamarilla de superfavorita, y que derivó en el desenlace quizás más espectacular de todos los tiempos.

Aquella final se jugó el 16 de julio, ante unos 220 000 espectadores. En ese momento era el estadio más grande del planeta. Luego la capacidad se redujo a 95 000, tras medidas para reducirla, por exigencias de la FIFA. El desenlace fue de 1-2 (0-0) a favor de los uruguayos. No tenían en la instalación ni el himno de ese país. Los de casa llevaban debajo de las camisetas la inscripción "Brasil campeón". La mayoría de los presentes en el estadio, de forma ovalada, y casi 200 000 metros cuadrados, quedaron en silencio: se consideró una tragedia. Y hasta se reportaron numerosos suicidios.

Originalmente se lo denominó Estadio Municipal, pero en 1964 se le dio su nombre actual, Mario Filho, en honor al periodista fundador del diario local Journal dos Sports.

OTRO REGRESO

Volví a entrar al Maracaná una semana después, el 20 de julio. En realidad iba para el colindante parque acuático Julio Delamare (uno de los cuatro complejos que lo integran), a la discusión del bronce en el polo acuático entre cubanas y brasileñas. No pude resistir la tentación de entrar de nuevo unos minutos. Y me escapé un rato. La idea fue más buena de lo que entendí en ese momento (ya explicaré por qué).

Había un partido de fútbol femenino entre canadienses y brasileñas. Vi a la ídolo local, la "rainha" Marta, entonces de 21 años de edad, anotar casi en un pestañazo dos de sus 12 goles (líder), ambos muy parecidos: un pase largo a ella, y ganando el balón con velocidad. El primero fue con una imponente norteña a cada lado, cerrándola como si fuera una croqueta en medio de dos panes.

El fotógrafo brasileño Henrique Esteves me había indicado antes el camino a la piscina. Lo que ocurrió en ella fue también inolvidable. Las cubanas, a puro corazón, lograron salir del agua con una sorpresiva victoria de seis goles por cinco. Ambas selecciones se habían enfrentado antes tres veces en la misma pileta, siempre con las sonrisas en los rostros de las anfitrionas.

Quise dejar para el final otra confesión. Estuve en la apertura designado por el difunto colega Enrique Montesinos, quien entonces era mi jefe en el periódico Granma. Luego se embulló y me dijo cubriera también la clausura. Iba a ser mi segundo encuentro programado al impactante estadio (recordemos hubo uno no proyectado). Pero al final la delegación cubana no participó en ella. Y eso me reafirmó la acertado que estuve aquel día en que me escapé un rato para el Maracaná. Nunca se sabe: Quizás no pueda volver a visitarlo…


Rafael Norberto Pérez Valdés


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