jueves, 22 de febrero de 2024

Las piernas que abrieron la historia

Enrique Figuerola, nuestro primer medallista olímpico después del 1 de enero de 1959, conversó sin que mediaran 100 metros...

Joel García León en Exclusivo 11/06/2013
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1966 Final de 100 metros Enrique Figuerola Cuba, Edwin Roberts TRT
Figuerola #38 se impone al trinitario Edwin Roberts #238.

El 15 de octubre de 1964 es una de esas fechas imperdonables de olvidar en la historia del movimiento deportivo cubano. Y lo más trascendente de ese día ocurrió en apenas 10.2 segundos y bien lejos de nuestra pequeña Isla del Caribe. Algunos aún recuerdan la noticia como la más esperada de esa semana, mientras otros prefieren hablar del camino que abrieron las piernas de uno de los corredores más rápidos del mundo entonces, nuestro Enrique Figuerola.

La final de los 100 metros planos en los Juegos Olímpicos de Tokio fue el centro de atención. Entre los favoritos para la corona más codiciada de cualquier deportista estaba Figuerola —para muchos El Fígaro—  cual ébano de pequeña estatura con una espina clavada desde hacía cuatro años, cuando perdió el bronce olímpico en Roma, Italia, en el tramo conclusivo de otra electrizante carrera.

El disparo sonó y los tres punteros reaccionaron como centellas. El canadiense Harry Jerome, el estadounidense Robert Hayes y El Fígaro no querían dejar nada a la casualidad. Hayes aumentó la frecuencia y el cubano hizo otro tanto, pero en 100 metros un pestañazo deja a cualquiera fuera del podio. Y todos lo sabían de memoria. El oro correspondió finalmente al norteamericano con récord mundial incluido (10 segundos exactos).

¡Plata, plata!, ¡primera medalla de la Revolución cubana en Juegos Olímpicos!, ¡Figuerola, Cuba, plata, Revolución!, pudieron haber sido buenos titulares de periódicos al día siguiente. Su sueño era el oro porque sabía que podía. Había rendido un ciclo deportivo envidiable para cualquier atleta. Cuatro décadas después, lo convidamos a contarnos su historia, la que tanta falta hace para comprender el presente.

Pudiéramos comenzar a hablar de esa primera etapa, de niño, cuando el béisbol le robaba tiempo al atletismo.

Empecé a practicar deporte en el barrio donde nací. Todos los muchachos de aquella época jugábamos béisbol y las actividades físicas las hacíamos en algunos placeres que había cerca. Íbamos al Malecón a jugar frente a muchos equipos de los solares yermos que eran de los alrededores.

Estuve jugando béisbol organizado a nivel de escolares, en la escuela pública No.5 de Santiago de Cuba. Y en ese mismo tiempo, debido a la rapidez que desplegaba en las bases, los profesores de Educación Física me llamaron para que representara a la escuela en atletismo. Eso fue alrededor de los años 1952-1953, cuando se celebraban en Santiago de Cuba los Festivales Deportivos en el estadio Antonio Maceo, que se hacían por edades.

Fueron mis primeros pasos en el atletismo, al representar a la escuela primaria en la categoría D, en la cual participaban además las secundarias, las escuelas de Arte y Oficios, Comercio, Normal. Logré competir junto a ellos en una categoría superior, a pesar de tener menos edad y en la carrera de 75 metros gané medalla de bronce.

¿Simultaneaba entonces en ambas disciplinas?

Aquel tercer lugar fue una alarma para los profesores en cuanto a mi desarrollo para el atletismo. Pero seguí jugando béisbol y muy pocas veces hacía atletismo. En1955, cuando termino la escuela superior e ingreso en la de Artes y Oficios simultaneaba ambos deportes. Cuando llegaban las competencias venía a verme el profesor Pepe Cabolep, famoso y gran amigo, quien fue mi verdadero iniciador en el atletismo. Él estaba convencido de que en el atletismo iba a hacer mucho más que en el béisbol. En 1956, después de haber clasificado en la provincia de Santiago de Cuba, corrí por primera vez en La Habana en el nacional. Y realmente sin dedicarme a entrenar por completo corrí los 100 metros en 10 segundos y 8 décimas, por debajo del récord. Aquello fue una sensación en la nación, pues el ganador de los Juegos Olímpicos de 1956 en 100 metros ganó con 10,6 y todavía yo era escolar. 

“Ya en 1958-1959 me dedico a hacer sólo atletismo, debido a que Rafael Fortún, la figura cimera de la velocidad en Cuba, estaba en decadencia y hablaron conmigo para que retomara la bandera y mantener la gloria que él había dado a la patria”.

¿Qué consejos le daba Fortún en aquella época?

Fortún para nosotros representaba un gigante, porque sus premios habían dado prestigio a nuestro país. Pude competir dos veces con él y aunque le gané, él me daba muchos consejos y su experiencia la transmitía sin reservas. Estuvo en varias competencias internacionales conmigo y no tuvo secreto para que alcanzara un óptimo desarrollo como velocista. Es un inolvidable compañero y muy querido por todos los atletas, fundamentalmente por mí.

Con 22 años obtiene el cuarto puesto olímpico. ¿Casualidad o preparación?

Realmente fue una cosa muy grande ese cuarto lugar en Roma 1960, pero no tenía aún conciencia de lo que era el atletismo. Además, era el primer cubano que llegaba a una final olímpica de los 100 metros en toda la historia, y estuve a punto de obtener una medalla. Corría por las condiciones naturales que tenía. Tuve muy poco tiempo de preparación para unos Juegos Olímpicos, en los que hay que correr muchas veces para llegar a la final, y tampoco tenía suficiente experiencia. La preparación física que tenía no se correspondía con el nivel de la competencia. Eso también asombró al mundo. Y ahí están las películas grabadas, donde se aprecia que hasta casi los 75 u 80 metros iba empatado con el alemán Armin Hary, ganador y recordista mundial.

¿Por qué ha calificado a Armin Hary como el velocista más técnico que vio en su carrera deportiva?

Los jueces lo daban como un corredor que se robaba la arrancada, pero no era así, tenía una capacidad de reacción formidable. Pude hablar con él y verlo en muchas oportunidades. Se decía que tenía “oídos de perros” porque daba la impresión que salía antes del disparo. Hasta nuestros días no he visto un sprinter más técnico que él.

¿El 15 de octubre de 1964 es su segundo día de cumpleaños?

Así pudiera considerarse, pero esa plata olímpica tiene historias ocultas. En 1963 y 1964 Bob Hayes y yo estuvimos entre los dos mejores del mundo en la disciplina, pero nunca habíamos corrido juntos. Lo había hecho con otros norteamericanos y europeos, pero no con él, a quien vi por vez primera en Tokio. La expectativa por la carrera se creó de inmediato.

Surge además la coincidencia que en una sesión de entrenamiento los entrenadores americanos se me acercaron cuando finalicé para preguntarme si podía entrenar algunas arrancadas con Hayes. Lo pensé un poco y accedí porque tampoco conocía su capacidad de reacción y nos podíamos estudiar mutuamente. De esa situación salí perjudicado, porque durante las arrancadas en los 60 metros le sacaba hasta tres metros de ventaja. Sus técnicos se percataron de eso y le cambiaron el sistema de arrancada.  “Prácticamente considero que ahí él ganó la medalla de oro. No obstante, por su estatura (1.96 m), la velocidad que desplazaba, así como por la amplitud de sus pasos después de los 60 metros tenía yo que hacer una súper carrera para ganarle. Él no arrancó primero que yo, sino mejor que como él lo hacía y le posibilitó hacer menos esfuerzo para ganar”.

Pero las glorias no acabaron en 1964, sino que continuaron en los Juegos Olímpicos de 1968 con plata en el relevo 4x100. ¿Qué pasó en las rondas individuales de esa justa? ¿Cómo era la amistad entre Hermes Ramírez, Pablo Montes, Juan Morales y Figuerola?

Para ser franco, en los Juegos Olímpicos de 1968 venía un poco en descenso, aunque ese año marqué 10.1 segundos. La competencia fue muy dura y no tenía la misma fortaleza de la velocidad, pero estuve luchando hasta la semifinal, en la que no me favoreció la carrilera 8, muy pegada al graderío, que me daba ánimos, pero esa bulla, no me dejó tener la capacidad de reacción acostumbrada. En ese heat clasificaban cuatro y fui quinto, por una milésima de segundo con el norteamericano. Eso imposibilitó estar por tercera vez consecutiva en una final olímpica en eventos individuales.

“Pero pude ser finalista en el relevo y allí obtuvimos medalla de plata en una batalla campal con los norteamericanos. En cuanto a Hermes, Pablo y Juan es una hermandad surgida en los entrenamientos. Esa cuarteta aún la recuerda el pueblo con cariño, a pesar de otras superiores que hubo después”.

¿Cómo se las arregló para no tener nunca una arrancada en falso?

Poder de concentración. He pensado mucho al respecto y les doy consejos a los jóvenes sobre la concentración en todo momento, fundamentalmente en los entrenamientos. Nuestros atletas noveles pierden la concentración cuando están 2 ó 3 horas entrenando.  La carrera de la velocidad es de mucha precisión y concentración. Hay que tener control de ti mismo, de los nervios. Esa fue la estrategia que siempre usé: concentración desde la preparación.

¿Pudo haber bajado en algún momento de los 10 segundos?

Sí, cómo no. Incluso hubo competencias que los cronómetros marcaron 9.9. La situación real es que no teníamos todavía el desarrollo técnico, debido al propio subdesarrollo del país. Hubo momentos en mi carrera en que tuve que entrenarme solo, con ayuda de Lázaro Betancourt, Miguelina Cobián, compañeros de equipo que nos corregíamos defectos mutuamente. Y eso nos limitó muchas veces. Tuvimos también el infortunio de no contar con una pista sintética, sino de arcilla, que son pistas inestables en su composición y eso limitaba sostener un desarrollo máximo de velocidad. En esta época, aquellos velocistas hubiéramos mejorado enormemente nuestros tiempos.

¿Por qué no nos habla del entrenador Vladimir Pucio?

Pucio fue el entrenador que verdaderamente pulió los aspectos técnicos y me dio los secretos de esta carrera, que son muchos. Auguró que iba a ser medallista olímpico desde la primera vez que me vio, incluso cuando él se iba para Polonia manteníamos la comunicación permanente hasta que nos veíamos en las competencias. Lo recuerdo mucho por su humanismo.

Ser elegido el mejor deportista de la década del 60 del siglo XX en Cuba qué significó. ¿Cómo conjugar fama y gloria?   

Eso fue un compromiso debido a mis resultados. Recibí una gran ayuda del pueblo, que no dejó de estimularme donde quiera que iba. Siento deuda aún con el pueblo por esos sentimientos. La oportunidad que me dio la Revolución de poder representar a la patria, confraternizar con otras juventudes del mundo, y ver tu bandera ondear junto a otras banderas es un gran orgullo. Por eso nuestros atletas multiplican sus resultados y esfuerzos para que el pueblo siempre se sienta satisfecho.

En fecha tan temprana como 1962 algunos plantearon que debía retirarse. ¿Injusticia deportiva o peor momento competitivo?

Por el mismo calor de pueblo que uno representaba, después del cuarto lugar olímpico se entendía que debía ganar medallas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de ese año. No fue precisamente el pueblo quien planteó esas expresiones, sino algunos dirigentes porque pensaron que estaba liquidado, debido a una nefasta planificación del entrenamiento que tuve ese año. Por disciplina accedí a cumplir aquel sistema, pero al final la vida me dio la razón. En ese tiempo corría 10.2 con los ojos cerrados y debido a la carga del entrenamiento no pude lograrlo en Jamaica y quedé sin medallas.

¿Alguna espina pendiente, algo por hacer le quedó?

Lo único pendiente es no haberle podido regalar al pueblo de Cuba la medalla de oro en uno de los tres Juegos Olímpicos. Era un compromiso interior y una satisfacción que había soñado. La posibilidad más cerca la tuve en Tokio. No pudo ser, pero ese regalo bien lo merecía el pueblo y la Revolución.

Primero, la separación como atleta, y después como dirigente del deporte. ¿Satisfecho con el apoyo de la familia?

Toda la familia me apoyó. Mi papá me iba a ver correr donde quiera que lo hiciera en Cuba, y me estimulaba siempre. A la vieja no le gustaba que perdiera. Una sola vez recuerdo que fue al estadio y se sentó en lo último de la grada. Cuando empezó la carrera se tapó los ojos pensando que podía perder. Los abrió cuando gané.

¿Hasta cuándo podrá bajar el récord del mundo en los 100 metros?

En la actualidad hay una distorsión en cuanto a los resultados del deporte. En la década del 60 se discutió mucho acerca de que el humano no podía bajar de los 10 segundos. Esa interrogante se respondió con los resultados de 9.9, pues entonces el humano vio las posibilidades inmensas que tenía.

“Dentro de esa situación hay todavía incertidumbre a partir de la utilización cada vez más habitual de sustancias doping. Eso se ha frenado mucho por parte de la Federación Internacional y el Comité Olímpico, pero no es fácil tener un juicio final sobre hasta cuándo podrá llegar el ser humano sin esas sustancias. El trabajo científico-técnico está desarrollándose en el mundo y algunos auguraron resultados para determinados atletas, pero nunca tan estruendosos como los conseguidos por Usain Bolt, actual recordista mundial. En los próximos años, mantener resultados sobre los 9,80 es factible, lo demás es muy difícil sin doparse”.

¿Qué no le puede faltar para vivir?

Todo lo posible lo tengo. El amor de la damisela (señala para su esposa), el cariño de la familia, las amistades, el barrio, de todos. No tengo ninguna preocupación en cuanto al futuro y a la tranquilidad de vivir en esta tierra. Formo parte de la comisión nacional de atletas retirados, una idea genial para atender a las glorias del deporte que en etapas anteriores se vieron muy solas, no solo los atletas, sino sus familiares.

¿Se vislumbra algún Figuerola nuevo?

En estos momentos estamos en una situación muy grave. Tenemos elaborado un plan que será muy fructífero, en el cual estoy con todos los grandes velocistas para dar un recorrido por provincias y buscar talentos.

¿Alguna anécdota de las que llegan al corazón?

En Santiago de Cuba se hizo mi retiro después de los Juegos Olímpicos de 1968, en el estadio Guillermón Moncada, donde pusieron una pista. Muchos muchachos del barrio fueron a pedirme que siguiera corriendo y tuve que explicarles que mis facultades habían mermado y era necesario darle pasos a la juventud. Entonces me pidieron que donara el short y los spikes (pinchos) con que había corrido esos años y alcanzado tantos triunfos. Y en esa petición sí pude complacerlos. Los doné a Santiago de Cuba.

Defina con una frase los nombres siguientes.

¿Hermes Ramírez?

Gran compañero.

¿Pablo Montes?

Inolvidable amigo.

¿Juan Morales?

Parte de mi formación se la debo a él.

¿Miguelina Cobián?

Excelente velocista.

¿Silvio Leonard?

El relevo que pudo haber hecho más si no hubiera sido por las lesiones.

¿Lázaro Betancourt?

Mi mejor amigo.

¿Fidel Castro?

La mayor inspiración del movimiento deportivo. El causante de esta revolución que ha tenido el deporte en Cuba.

Enrique Figuerola es una leyenda por resumir en su persona:  modestia, talento, inteligencia y amor a su pueblo. Verlo en el bloque de arrancada señalaba siempre una ambición, ganar y ganar. Su experiencia, ejemplo y conocimientos imprimen a cada sesión de entrenamiento el mismo magnetismo de aquel 15 de octubre de 1964, cuando tocó la gloria inmortal de los Dioses del Olimpo y todos los cubanos parecieron correr a su lado, aunque sólo sus piernas vivieron el regocijo de abrir la historia.


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Joel García León


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