viernes, 2 de diciembre de 2022

El fútbol y sus coloretes, las nuevas tonterías del mercado

Los intentos de vender un espectáculo más allá del deportivo desluce la propia esencia del balompié...

Haroldo Miguel Luis Castro en Exclusivo 16/06/2020
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Montaje con el Santiago Bernabéu
Alegando la pérdida de audiencia, las grandes televisoras han promovido el uso de hologramas y ambientación artificial en las transmisiones. (El Español)

Luego de unos años irremediablemente enganchado a las nimiedades y conductas propias del antiguo y noble arte de patear un balón con los pies, tengo la terrible sospecha de jamás llegar entender lo que hace del fútbol el hábitat propicio para los más pintorescos e impensados personajes. Al menos en este archipiélago con olor a béisbol, al menos desde la periferia de una capital creída país, el balompié alimenta el ego de no pocos “descolocados”.

Seres cuasimarginados por preferir la anarquía implícita en la disputa de un esférico a la normativa rigidez de esperar algún soplo de buena suerte para conectar o atrapar un pedazo de cuero. El que haya tenido la dicha de trasgredir las barreras de lo autóctono sabrá de chispazos de tierra vueltos canchas, donde convergen personajes atraídos por el infantil anhelo de prevalecer sobre los demás aprovechando picardías y virtudes innatas.

Por estos días, tan propensos a la memoria a falta de pocas cosas mejores para hacer, me ha dado por recordar los tiempos en los que vivía convencido de la llamada del Real Madrid apenas el icónico Iker Casillas titubeara. Quizás porque con sus trallazos a las improvisadas porterías de madera me fue quitando la idea de esperar el reclamo de Florentino Pérez, nada más escarbé entre las memorias, encontré al Ruso.

Nunca entendí el motivo de ese sobrenombre para un flaco gigante de piernas largas y tez oscura, aún más—con el perdón de los europeos—cuando era una delicia verlo jugar. Con sus treinta y tantos veranos y muchos ciclones llegaba, se deshacía de sus botas de campo, bebía cierto líquido misterioso que le provocaba muecas de espanto y entraba descalzo a defender el orgullo del último equipo caído en la ruleta del gol de oro.

Además de su destreza para ridiculizar rivales y burlar los mares de patadas y agarrones, el Ruso también se conocía por la oratoria. Una vez sentía la fatiga, demandaba las propiedades balsámicas de aquel pestilente brebaje y se disponía a dialogar con el deambulante de turno.

Por él estuve al corriente de los romances del momento en el barrio, de las peripecias del bodeguero de entonces para quedarse con el arroz y hasta de los fantasmas que se avistaban en la ceiba del parque. Escucharlo entretenía casi lo mismo que disfrutar con sus dribles y contagiosas carcajadas.

Siempre me gustó que entre historias reconociera su preferencia a pasar las tardes corriendo tras una pelota por los sonidos. Decía que la magia del fútbol estaba en el tac-tac producido en la circulación del esférico, en el eco gutural de un buen disparo al arco y hasta en el ambiente histriónico formado por alaridos y quejas. Aquella sui generis y filosófica forma de apreciar un ejercicio en apariencia banal e insignificante caló en quienes servimos de aliado o enemigo al respetado delantero. 

Por eso nos supo un tanto amarga la vuelta de LaLiga en España. La burda manera de disimular la realidad que a día de hoy impide la asistencia de público a los estadios se antojó una ofensa a las horas de sudor, moretones, sangre y huesos rotos compartidos con el inolvidable pregonero.

Gradas repletas de hologramas que a ratos se transforman en publicidad para Rexona, Nike o Puma y un panorama acústico sacado del último FIFA vuelven monótono y grosero lo acontecido en la grama. ¿Quién dijo que el fútbol necesitaba maquillaje? El espectáculo siempre ha estado ahí: en los impotentes ladridos del entrenador, en las provocaciones entre contrarios, en las palabras subidas de tono hacia el árbitro, en el grito del guardameta al atajar, en el estruendo de los palos tambaleantes, en el movimiento de la red… en el gol.

Los intentos de sobredimensionar un negocio rentable de por sí, solo logra ridiculizar un fenómeno entendido y vivido por muchos con la solemnidad de una religión. Si a estas alturas le resulta imposible aguantar 90 minutos sin la parafernalia que se nos ha habituado a digerir, me atrevo a asegurar su total incomprensión. El fútbol pertenece al aficionado, pero al de verdad. Al que complementa, no al que opaca. Puede que también sea hora de revalorizar las esencias y darle la razón a los que profetizan la muerte del deporte a manos del mercado.

De momento, sin pretender demasiado, espero que pese a sus desafueros etílicos el Ruso continúe creyendo en el goce y en la elegancia de la ingenuidad.  De seguro este romántico anónimo tendría bastante por enseñar a los creídos dueños del entretenimiento y supuestos gurús de cuello blanco.


Haroldo Miguel Luis Castro

Periodista y podcaster


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