miércoles, 7 de diciembre de 2022

Crónicas de los Juegos del Centenario (3)

La medicina y el coraje de Cuba. Lara marcó con sangre la barra...

Jesús Gonzalo González Bayolo en Exclusivo 18/08/2016
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Qué oro doble en el día de Bolívar

ATLANTA. Festejo adelantado del 26, llenó de alegría a los cubanos el 24 de julio, con dos medallas de oro que van más allá del mérito deportivo, coincidiendo en los ciclos del almanaque con el onomástico de Simón Bolívar. Son las hazañas de Driulys y de Lara.

Lo de Driulys González no tiene nombre, o tiene muchos nombres. ¿No la recuerda usted con la minerva puesta luego de su lesión de la cervical en el entrenamiento?

Recuerdo la entrevista televisada, cuando solo un milagro la traería a Atlanta, y al preguntarle por la Olimpiada, entonces demasiado lejana para ella, rompió a llorar.

Solo 22 días antes de poder demostrar su fiereza sobre el tatami olímpico recibió el alta médica. Su actuación aquí fue tremenda. El combate que la situaba en plata lo ganó por ippón en un pestañear. El pleito por el oro estuvo siempre de su lado. ¡Cuidado!, las rivales eran buenas, solo que Driulys fue superior.

Y cuando ganó, otra vez rompió a llorar. Ahora no por la tristeza, sino por la alegría, por la emoción, por comprobar que era verdad que podía ser campeona olímpica, aún después de la lesión.

Fue el momento del abrazo con su doctor, Rodrigo Álvarez Cambras, quien andaba feliz como si él hubiera ganado. Claro, él también ganó, por lo menos el cordón de la medalla es suyo.

Sobre el tatami del Georgia World Congress Center triunfaron Driulys, la técnica deportiva, la medicina y el coraje de Cuba.

LARA MARCÓ CON SANGRE LA BARRA

La proeza de Pablo Lara en otra sala del Centro Mundial de Congresos de Georgia ocurrió apenas un par de horas después. ¿Y por qué proeza si Lara salía como archifavorito? Porque luego de levantar su primer intento de arranque con 157,5 kilos, cuando calentaba para su segunda prueba con 162,5, estalló una ampolla en su mano derecha, que la puso en carne viva.

Otro atleta difícilmente hubiera podido seguir compitiendo y menos manipulando cifras de tan alto nivel. Como ganó su medalla de oro el judoca Héctor Rodríguez en Montreal 76, o como compitió en la propia Olimpiada el gimnasta Roberto León Richard —también cubanos—, el corajudo Pablo Lara siguió en la batalla, marcando con sangre la barra cada vez que se aferraba a ella para elevarla, y no es una imagen poética, sino la pura realidad.

Así ligó 162,5 de arranque y 205 de envión, para alzarse con el preciado oro, con siete y medio kilos de ventaja en la división de los 76 —casi nada— sobre el búlgaro Yoto Yotov, el medallista de plata. Quedamos con ganas de aplaudir los récords mundiales que debió haber quebrado en envión y biatlón, pero casi a punto falló sus terceras pruebas de arranque (167,5) y envión (210).

Minutos más tarde, en la conferencia de prensa reglamentaria que ofrecen los campeones olímpicos, vi las dos medallas. Tomé con emoción la medalla de oro de Pablo Lara y estreché su mano luego que él apartó el callo que dejaba ver la ovalada herida. Ahí estaba la medalla del coraje.

NO TENGO TIEMPO DE FUMAR

Entre las cosas buenas de esta Olimpiada, hay que decir que son unos Juegos sin humo. En ninguna instalación, sea techada o al aire libre, se permite convertir los cigarrillos en cenizas.

Más aún, en los centros de prensa, lo mismo el principal que los demás, existe la misma prohibición, y por si no bastara, tampoco puede hacerse en los demás recintos cerrados, incluyendo su propio dormitorio, ya sea en la Villa Olímpica o en un hotel.

Vi a fumadores empedernidos en situaciones desesperadas los primeros días, pero aunque resulte paradójico, poco a poco más calmados, por habituados. Los que suelen devorar par de cajetillas al día, aquí les rinde una para dos días… y cuidado.

Pero bueno, a fin de cuentas, un cigarrillo se va en un suspiro en lo que se aguarda por los ómnibus —si está a cielo abierto—, y bastante que se suspira en tales casos. Ahora, yo sí que no tengo tiempo de fumar.

Para muchos resulta inconcebible que en un centro de prensa no se fume —hasta hace muy poco inimaginable— porque el cenicero suele asociarse a la máquina de escribir, es decir, a la excitante labor intelectual que es el proceso de creación.

¡Ah!, pero sucede que ya no se usa la máquina de escribir y que en los centros de prensa las mesas solo tienen tomas de corriente, teléfonos y cables; porque estamos en plena era del periodismo electrónico, en la que el reportero abre su computadora portátil, la conecta (las baterías hay que reservarlas para otros momentos) e instalándola al teléfono hace llegar su información a cualquier parte del mundo.

Mayúsculo peligro andar con artefactos fumables encendidos en semejante situación, cuando sin eso, cualquiera se enreda con los cables…

A no dudarlo, los fumadores de todo el mundo ahorraron cigarrillos, dinero y deterioro de pulmones durante la Olimpiada, en la que yo no he tenido tiempo de fumar. No señor. Tales reglas no me dan tiempo de insertar en el programa un tabaco.

*Enviado especial a Atlanta 1996.


Jesús Gonzalo González Bayolo


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