viernes, 9 de diciembre de 2022

Crónicas de los Juegos del Centenario (4)

Fuera de las canchas conocí a otros cubanos de Atlanta, en los que encontré respeto y admiración, además del elogio por los atletas y la alegría por los éxitos de esta Cuba que tanto añoran...

Jesús Gonzalo González Bayolo en Exclusivo 19/08/2016
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Ana Fidelia: del amor y otros demonios

ATLANTA.- Su fama trasciende todas las fronteras. Solo así se explica el aplauso del público cuando la presentaron. Tamaña deferencia, porque este público solo suele aplaudir a los de casa. Y luego la aplaudieron más. Quizás muchos habían leído su historia, que a grandes rasgos había publicado el USA TODAY ese día, el 29 de julio.

Y si así la acogió el público estadounidense, qué decir de los latinoamericanos presentes aquí. Colegas de México, Puerto Rico, Perú, Venezuela… de todo el continente festejaban la victoria de Ana Fidelia como propia, porque saben cuánto valor hay detrás de su medalla.

Dije la victoria y no por equivocación, sino por convicción. Esa plata de Ana Fidelia Quirot es tremenda victoria. Como me dijo su entrenador Leandro Civil, es de oro, es de diamantes. Jubiloso, declaró Civil:

“El mundo no sabe cuánto esfuerzo respalda esa medalla. Nadie puede imaginarse el poder humano de esta mujer que reinició los entrenamientos el 27 de diciembre de 1994. ¿Quién podía sospechar que en el estado físico en que se encontraba podría ser campeona mundial en 1995 y subcampeona olímpica en 1996?”

Luego de aplaudir y disfrutar su éxito desde la tribuna de prensa, bajé con otros colegas de casa para tomar las primeras impresiones de la corajuda palmera que bien sé, hizo vibrar los corazones en la Isla. No fuimos los únicos en concebir la idea: allí estaban colegas de México, de la BBC de Londres y de numerosos medios ganándoles minutos a la posterior conferencia de prensa oficial.

Allí Ana Fidelia Quirot dijo hablando para por lo menos una veintena de medios de difusión masiva del mundo que su carrera era una forma de demostrar lo que puede hacer su pueblo pese al bloqueo, que estaba muy contenta con la medalla, aunque hubiera preferido la de oro, y que se la dedicaba al Presidente cubano Fidel Castro y a todo su pueblo.

Crónica de un retiro anunciado, fue el título de una entrevista que sostuve con Ana Fidelia y que publiqué el primero de enero de 1995. Entonces no sabía que yo iba a estar en Atlanta, ni ella que iba a llegar en tan excelente forma a la Olimpiada. Retomé el tema y Ana Fidelia declaró:

“Yo pensaba terminar mi carrera deportiva en Atlanta, pero veo que todavía estoy en condiciones de correr con éxito y darle más triunfos a mi Patria. No creo que pueda llegar hasta Sydney, pero seguiré uno o dos años más en las pistas.”

Le pregunté su opinión a Leandro Civil, y si ella se mantendría en los 800. Respondió: “Ana está en excelente forma y este éxito la estimula a seguir corriendo. Se mantendrá en los 800 e incursionando en el relevo 4 x 400.”

Si una vez fue la crónica de un retiro anunciado ahora retiro semejante anuncio, pero retomo a García Márquez para decir que hablar de la hazaña de Ana Fidelia Quirot, de la mujer que se le escapó a la muerte para bañarse en la gloria olímpica es como hablar del amor y otros demonios.

Los cubanos de Atlanta

ATLANTA.--Cubanos hay en todo el mundo y como atraídos por un imán, convergen en cualquier punto. Me los he encontrado hasta en Dubi, en la lejana Arabia, así que a nadie le extrañe que exista una comunidad cubana en Atlanta.

Y mucho menos que fueran a buscar a los que llegamos desde Cuba en pos del honor olímpico. Cubanos al fin y al cabo, la mayoría de los que viven en Atlanta quisieron espontáneamente apoyar a nuestra delegación, y lo hicieron sobre todo en el Fulton, o sea, el estadio de  béisbol.

Allí era común ver gorras con el diseño de la bandera cubana, que fueron hechas en Atlanta. Eran los cubanos de Atlanta los que aplaudían a sus compatriotas peloteros, gritaban como el que más y agitaban la enseña nacional.

Japón tenía muy buena grada en el pleito decisivo con Cuba, mientras nuestro equipo contaba para la animación con parte de la embajada atlética… y los cubanos de Atlanta, jóvenes en su mayoría, aunque los vi de todas las edades.

Y no solo cubanos. Recuerdo que cuando me senté detrás del banco de nuestros peloteros vi una banderita de la estrella de plata en el sombrero de un hombre que pasaba de los 60, y que era norteamericano. Pero fue allí a gritar -¡y cómo gritaba!- por los cubanos. Sospeché que estaba casado con una cubana de Atlanta.

Así, Cuba tuvo la solidaridad deportiva de los compatriotas que viven en la sede olímpica. Un sentimiento patrio y sangre beisbolera corría por las venas de no pocas  graderías en el Fulton Country Stadium.

Fuera de las  canchas conocí a otros cubanos de Atlanta, en los que encontré respeto y admiración, además del elogio por los atletas y la alegría por los éxitos de esta Cuba que tanto añoran. Con algunos no hable de política, pero en los diálogos se respiraba Patria. Otros, por paradójico que parezca, daban un viva no solo a Cuba, sino también a Fidel.


Jesús Gonzalo González Bayolo


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