miércoles, 8 de febrero de 2023

Los Juegos de Río y un inédito refugio a la esperanza

Una marca singular en los uniformes de sus miembros: «Equipo Olímpico de Refugiados», será vista por primera vez en unos Juegos Olímpicos; historias de horror y de superación personal...

Enrique Manuel Milanés León en Exclusivo 12/06/2016
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Cuando en mar abierto se paró el motor del bote neumático, el miedo —ese viejo conocido de los pueblos en conflicto— parecía gobernar la situación, pero no a ella: con apenas 17 años, Yusra Maridini se lanzó al agua, junto con su hermana Sarah, no solo para salvar su vida, sino también para llevar hasta las costas griegas a la veintena de refugiados que habían salido desde suelo turco.

Bajo la noche, presas del frío, las hermanas sirias, con ayuda de dos hombres que secundaron su valentía, empujaron la embarcación durante horas hasta que al llegar a la isla de Lesbos todos comprendieron deslumbrados, en medio del alivio, que además de heroína, Yusra era una sirena.

El tiempo pasó. Las hermanas cruzaron a pie la ruta de los Balcanes occidentales y un día, sentada al borde una piscina en Berlín, la muchacha conservaba intacta en su memoria aquella escena de desgarramiento: «Si el bote se iba a hundir, al menos tenía que hacer algo para sentirme orgullosa de mi hermana y de mí misma», declaraba no en un rato de ocio, sino en una pausa de su entrenamiento.  

Porque Yusra Maridini es una de los diez deportistas que en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro integrarán el primer Equipo Olímpico de Refugiados. «Voy a hacer que se sientan orgullosos. Quiero representar a todos los refugiados para demostrar que después del dolor, después de la tormenta, llega la calma. Quiero inspirarlos para que hagan algo positivo en sus vidas», ha comentado luego de que, tras cumplir los tiempos fijados por el Comité Olímpico Internacional (COI), fuera seleccionada para nadar en Río en pos de una orilla apacible.

La joven siria aspiraba a incluirse en los Juegos de Tokío 2020, pero el proyecto del COI, que preseleccionó a 43 jóvenes deportistas de talento con un historial de vida difícil, acortó el compás de espera de su ilusión, de modo que ella estará a inicios de agosto en Brasil, junto con los otros refugiados seleccionados: el nadador sirio residente en Bélgica, Ramis Anis; el fondista etíope con domicilio en Luxemburgo, Yonas Kindle; los judocas congoleños Yolande Bukasa y Popole Misenga, que viven en el propio Brasil; y los corredores de Sudán del Sur, domiciliados en Kenia: Yiech Pur Biel, James Nyang Chiengjiek, Anjelina Nada Lohalith, Rose Nathike Lokonyen y Paulo Amotun Lokoro.

Todos ellos, impedidos de representar a sus países, «jugarán» en estos Juegos al amparo del himno y la bandera olímpicos. El presidente del COI, Thomas Bach, afirmó en octubre del año pasado, en la Asamblea General de la ONU, que «esta oportunidad será un símbolo de esperanza para todos los refugiados y contribuirá a que el mundo sea más consciente de la magnitud de esta crisis».

Lleva razón el líder del Comité Olímpico Internacional. Aunque a veces parece que los poderosos se juegan a los dados la vida de miles, esta crisis no es mero capricho de multitudes que buscan «nuevos horizontes». Casi siempre, los migrantes aspiran a sobrevivir, solo a sobrevivir, y el deporte es, por sobre los músculos, un capítulo importante de las ansias de vida con las que las personas se hacen a la mar.

Se ha visto: el odio pisa el deporte como se pisa una flor. La historia de Yusra está lejos de ser aislada. Hace poco, la humanidad se enterneció con la historia de Murtaza Ahmadi, el niño de cinco años que en su Afganistán natal jugaba al fútbol con una camiseta «de Messi»… hecha de una bolsa de plástico.

No había que ser el jugador del Barça para conmoverse; también él lo hizo: una vez enterado, el «Lío» argentino envió a Murtaza dos camisetas auténticas, autografiadas por él, y al cabo las redes sociales se llenaron con la imagen del pequeño, victorioso en su sueño, con una sonrisa «de portería a portería», feliz dentro de una camiseta que el mercado, que sabe poco del alma infantil, hubiera tarifado en unos cuantos miles de papeles verdes inútiles para un pequeño.

El júbilo duró muy poco. En seguida, la familia de Murtaza comenzó a recibir llamadas telefónicas amenazadoras, algunas del grupo terrorista talibán. Tuvieron que recoger sus cosas a la carrera e irse hacia Pakistán, pero tampoco allí se sienten seguros. Ahora le piden a la Agencia de la ONU para los Refugiados que los envíen a cualquier país seguro.

Las vidas reseñadas en esta crónica están conectadas por canales distintos que confluyen con frecuencia insospechada: sufrimiento y deporte. Por eso no es demasiado aventurado imaginar que cuando en agosto próximo la bella  Yusra Maridini siga buscando en un Río el sueño de medallas que empezó en un mar oscuro, a lo lejos, en un rincón distinto del planeta —¿aun Pakistán, u otro país?— un niño pequeño, llamado Murtaza, la seguirá atento en la pantalla, enfundado en la camiseta con que quiere marcarle goles a la esperanza.


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Enrique Manuel Milanés León

Con un cuarto de siglo en el «negocio», zapateando la provincia, llegando a la capital, mirando el mundo desde una hendija… he aprendido que cada vez sé menos porque cada vez (me) pregunto más. En medio de desgarraduras y dilemas, el periodismo nos plantea una suerte de ufología: la verdad está ahí afuera y hay que salir a buscarla.


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