martes, 28 de mayo de 2024

La galería de arte y el horror vacui

No solo hay que analizar en las ciudades los edificios o la ocurrencia de este o aquel acontecimiento de trascendencia, sino lo que se expone, lo que se pinta, lo que se critica desde los espacios de consumo cultural...

Mauricio Escuela Orozco en Exclusivo 02/04/2023
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Galerías de arte
Nada debería entorpecer la mente del pintor o del escultor, sino su propio talento. Nadie tiene el poder ni la potestad para desde un centro de poder acallar a un creador solo porque no esté en la centralidad de los circuitos (Foto:onlinetours.es).

El trabajo de las galerías de artes debería ser más que la simple exposición de obras. Conozco sitios en los cuales apenas hay una interacción con los públicos, sino que se apuesta por el más sencillo montaje en las paredes del recinto.

Cada institución de las artes visuales posee la oportunidad de ir más allá en la siempre dura tarea de la creatividad y el ensueño. Uno de los lugares que más me gusta visitar cuando salgo a otros pueblos es de hecho su galería.

Ello marca el grado de civilización y de acceso a la cultura de los habitantes, de hecho, se puede determinar tal cosa a partir del tipo de obras expuestas y de la curaduría realizada. El arte es un elemento que caracteriza a las urbes que poseen nexos con la gran cultura y por ende pudiera tomarse como un indicativo de las formas de pensar y de actuar.

No solo hay que analizar en las ciudades los edificios o la ocurrencia de este o aquel acontecimiento de trascendencia, sino lo que se expone, lo que se pinta, lo que se critica desde los espacios de consumo cultural.

Las galerías poseen una dimensión selectiva que coloca en solfa este o aquel discurso y ello incide en que los gustos de una época tomen determinadas direcciones. Pero si no les damos a esas instituciones del Estado todo el recurso o no las atendemos como se debe desde el punto de vista subjetivo, no se tendrá una dinámica correcta y de peso.

En varias ciudades del interior del país ya se perdieron esas galerías de lujo de antaño. De hecho, de una situación favorable y de abundancia de sitios para exponer, hemos pasado a una carencia de oportunidades sobre todo en los pequeños pueblos cubanos. Hay que trasladarse hasta la Bienal de La Habana o hacer uso de los circuitos en las capitales de provincia, donde además el artista de los municipios llega siempre en una desventaja táctica. Y es que la cultura reside en la promoción y no solo en la hechura del concepto o en la belleza de la cosa en sí. El que pinta o esculpe o talla o graba requiere de la crítica, de la exposición, del momento reflexivo y honesto en el cual se confronta el creador ante su verdad.

En particular tengo un amigo que es artista plástico que ha pasado de todo para lograr el mínimo espacio y que la crítica tenga en cuenta su obra. Hay que potenciar los intercambios y la horizontalidad en los procesos creativos, sin dejar que el mercado corroa los elementos más puros y nobles. Y es que la pintura en los últimos años ha padecido de la penetración de unos intereses ajenos que la llevan y la traen como elemento de la compraventa. La perversidad de este suceso ha venido acompañada de la ausencia de espacios para la legitimación de un discurso propio, con lo cual el artista ha debido en muchas ocasiones plegarse y acatar a los comerciantes.

En esto no quiero decir que no haya espacios legítimos, sino que el peligro de que escaseen los circuitos de consumo está en que luego aparecen otros lugares en los cuales se resignifican las obras y las maneras de hacer y ello impacta en una neo mediocridad que para nada está sujeta al impulso superador ni la vanguardia.

La creación no pude estarse en los rincones de un país ni silenciada, sino que depende de las líneas de trabajo de las instituciones que promocionan y que generan campañas comunicacionales en pos del arte. Por ello las galerías deben recuperarse, hay que ir a la esencia de nuestro sistema de trabajo en cuanto a la cultura y empoderar a un sector de críticos que como en tiempos de Rufo Caballero no tengan otro compromiso que el de elevar el gusto en los creadores y en los consumidores. Y con esto tampoco quiero decir que el buen arte vaya a depender de los espacios, sino que en términos absolutos sale ganando y atraviesa menos dolores y transformaciones ilegítimas.

Nada debería entorpecer la mente del pintor o del escultor, sino su propio talento. Nadie tiene el poder ni la potestad para desde un centro de poder acallar a un creador solo porque no esté en la centralidad de los circuitos. La democratización de estos procesos hay que reeditarla en tiempos en los cuales se ha depauperado la estructura de las galerías y ya muchas ni siquiera prestan servicios. Además, hay que tener en cuenta que muchas de esas instituciones poseen una rica historia patrimonial que es parte de la salvaguardia de su valor.

Por ejemplo, aquellas que fueran fundadas bajo el impulso de los años mejores son un testimonio de un momento crucial y recordable. Las galerías poseen un universo en sí mismas, van más allá de la simple muestra y remarcan con su presencia el urbanismo de las ciudades y el grado de entendimiento y de sensibilidad de los habitantes del sitio.

Cuando se escriba la historia del arte de estos tiempos tendrá que hacerse alusión a la necesidad de espacios plurales que beneficiaran a los que aman el arte y lo cultivan. Quizás el asunto no vaya tanto de recursos materiales como de sensibilidad y de hallar la manera exacta en la cual pueda todo retomar sus dimensiones de antaño. En los pequeños pueblos del interior, estos requerimientos aguardan por una solución. En los corazones de los niños que serán los artistas de mañana hay la esperanza de que lleguemos a una fórmula que restañe lo perdido.

En pleno estilo rococó europeo, hace siglos atrás, se puso de moda el horror vacui que era la profusión de ornamentos en una decoración. No dejar espacios vacíos ni en silencio, sino darle a todo una vitalidad. Allí tendríamos que ir a buscar la inspiración para nuestras galerías, a esa polifonía del pasado que nos habla de la necesidad de crear y de poner en un alto grado el impulso del artista.

Más que eso, las galerías son esa oportunidad para que la isla se replete de un discurso inmenso y polimorfo que no le tema a lo complejo, sino que lo asuma como una categoría de lo bello y de la búsqueda de una verdad más allá del devenir cotidiano o de la carencia material. El arte puede salvarnos de muchas desazones y brindarnos el nexo requerido para dar un salto subjetivo hacia otra objetividad nacional. No desaprovechemos esos espacios y hagamos del horror vacui un horror también a la mediocridad y el silencio.

 


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Mauricio Escuela Orozco

Periodista de profesión, escritor por instinto, defensor de la cultura por vocación


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