En un pequeño pero fascinante rincón del Bulevar holguinero —en la calle Libertad, entre Luz y Caballero— se encuentra un espacio que desprende melodías del pasado y narra historias con pasión: la Casa de la Victrola.
Entre luces cálidas y varillas de incienso encendidas, el amor por la historia se desborda en los ojos de Jorge, un reconocido restaurador patrimonial. Él no solo muestra su colección; embarca al visitante en un viaje en el tiempo y logra que imagine al creador de cada instrumento, una experiencia que se complementa con las sugerentes imágenes que visten las paredes.

Este proyecto cultural, fundado por Jorge Luis Betancourt Sánchez y su esposa Tania Zaldívar Feria, ha transformado un antiguo sueño en una realidad palpable. Hoy, ofrece al público una experiencia única a través de una colección permanente de grabadores y reproductores mecánicos que ellos mismos han devuelto a la vida.

El valor de preservar el tiempo
La necesidad de devolver la eficiencia y la originalidad al patrimonio hace de la restauración una profesión de vital importancia, dedicada a preservar la herencia cultural para el futuro. El patrimonio se convierte así en un testigo vivo de la historia de la humanidad. Su gestión incluye el análisis, la documentación, el tratamiento y el cuidado de la pieza (conservación preventiva); un trabajo riguroso que se apoya constantemente en la investigación y la educación.

Las labores de restauración han estado presentes desde los albores de la humanidad. Durante la Edad Media y el Renacimiento seguían ligadas a los artesanos menores, y no fue hasta el siglo XIX cuando comenzaron a surgir especialistas dedicados exclusivamente a conservar, mantener y, en algunos casos, reconstruir objetos del pasado. Con el tiempo, los campos de la ciencia y el arte se volvieron interdependientes gracias a científicos como Michael Faraday, quien comenzó a estudiar los efectos nocivos del medio ambiente en las obras de arte. Sin embargo, el primer intento organizado para conservar el patrimonio cultural fue la Sociedad para la Protección de Edificios Antiguos en el Reino Unido, fundada por William Morris en 1877.
Jorge Luis, violinista y apasionado de la historia, ha dedicado gran parte de su vida a rescatar victrolas y fonógrafos en pésimo estado, convirtiendo su amor por la música y la arqueología en un esfuerzo constante por preservar el patrimonio sonoro.

Cuenta que su primer proyecto fue reparar un tocadiscos inservible; utilizó una bocina de cartón y un alfiler para escuchar la música mientras movía el disco con el dedo. Aquellas primeras experiencias encendieron en él la chispa que lo llevaría a explorar el complejo mundo de la restauración.
"La restauración se basa en el conocimiento profundo de los modelos, marcas y períodos de fabricación para poder identificar las piezas originales y las híbridas. Respetar la versión original de cada pieza, evitando alteraciones que comprometan su autenticidad, es mi prioridad. Soy muy estricto en ese sentido; de hecho, tenemos piezas que están incompletas por algún accesorio que no hemos podido conseguir", confiesa Jorge.
Unidos por la pasión musical, Jorge camina por la vida junto a su esposa Tania, quien desde sus primeros trabajos juntos demostró un talento e iniciativa excepcionales para la restauración.

Su colaboración se ha vuelto esencial. Mientras él se encarga de la parte técnica, Tania aporta su sensibilidad artística en las labores de decapado, pintura y mantenimiento para la conservación. Además, conoce a la perfección el recorrido cronológico de los primeros grabadores y reproductores de sonido mecánicos y acústicos fabricados en el siglo XIX y las primeras décadas del XX.

"Para lograr el color de la madera de la época, lo primero que hacemos es descubrir el tono original de la pieza usando decapantes, con fórmulas que preparamos para no dañarla en el proceso. Después, elaboramos el pigmento exacto para darle color a la madera nueva que vamos a incorporar", explica Tania.
De «Huella Eterna» a una colección única en Cuba

A lo largo de los años, Jorge se especializó en diferentes líneas de restauración, pero su debilidad siempre fueron los antiguos reproductores. Antes de que existiera la Casa de la Victrola, la pareja inició un recorrido por varias provincias de Cuba, llevando consigo la historia del sonido y de quienes lo hicieron posible.
En cada presentación mostraban las primeras piezas que habían logrado rescatar y compartían cómo, con esfuerzo y amor, transformaban viejas máquinas dañadas en verdaderos tesoros. A este recorrido lo llamaron «Huella Eterna», en alusión a la prevalencia de estos instrumentos en el tiempo y en los corazones enamorados de la música.
La colección siguió creciendo y las victrolas fascinaron tanto al público que los incentivó a adquirir más piezas, restaurarlas y exponerlas en orden cronológico mediante un guión museográfico. Así nació este museo en el centro de la ciudad, que atesora una muestra para el disfrute permanente del público.

La Casa de la Victrola se distingue por ser el único museo en Cuba con una característica singular: todas sus piezas están completamente operativas. El lugar alberga alrededor de 30 objetos y posee un archivo musical que supera las mil grabaciones originales. Entre ellas destacan las realizadas en los antiguos cilindros creados por Thomas Alva Edison, presentados por su inventor en 1877, los cuales representaron los primeros medios para grabar y reproducir la voz humana.
Este proyecto funciona también como un espacio didáctico donde se imparten conferencias sobre la historia musical, involucrando a jóvenes y adultos en un diálogo sobre el valor cultural de estos dispositivos. La sala, vinculada a instituciones culturales y educativas de la provincia, se convierte además en escenario para estudiantes de canto lírico.
En las fechas conmemorativas de figuras prominentes de la cultura cubana, como Rita Montaner y Barbarito Díez, el espacio dedica el día a reproducir su música e invita a renombrados musicólogos, como Zenobio Hernández, para ofrecer conferencias magistrales.

La respuesta del público ha sido muy positiva. Los visitantes regresan una y otra vez para disfrutar del sonido cálido y nostálgico que solo una victrola puede ofrecer, ansiosos por descubrir cómo y cuándo se creó cada aparato.
El camino no ha estado exento de dificultades, desde la compleja búsqueda de las piezas adecuadas hasta la financiación del proyecto con recursos propios; sin embargo, este dúo de restauradores no se rinde. Actualmente, la cubierta del local requiere varias reparaciones arquitectónicas que, una vez efectuadas, permitirán retomar a plenitud todas las actividades de este refugio cultural.

Ser incansable y mantenerse enfocado, como una locomotora que avanza sin desviarse de su rumbo, es el mejor consejo de Jorge y Tania hacia las personas que sueñan con crear su propio proyecto.

La Casa de la Victrola será el mejor refugio para las almas apasionadas por la cultura, y para aquellas que no lo son se convierte en un viaje donde cada sonido busca conectar a las generaciones pasadas con las presentes, porque aunque el tiempo avanza, la historia y la música siempre encontrarán una forma de hacernos recordar.

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