En horas avanzadas de la noche del lunes 22 de octubre de 1962, emisoras del sur de la Florida repetían un anuncio del entonces presidente Kennedy sobe una “cuarentena”, consistente en un bloqueo naval a Cuba.
Enterados de la noticia, un grupo de niños del poblado costero de Casilda acordamos que al día siguiente saldríamos de la escuela hacia el litoral para ver los barcos, pero al llegar, solo avistamos embarcaciones de pescadores.
Sin embargo, días después, hombres de mar comentaban que les parecía haber visto a lo lejos buques de guerra, pero no lo aseguraban, pues tampoco se atrevían a alejarse mucho de la costa y no disponían de binoculares.
Ya desde antes, hasta los niños sentíamos el inicio de las carencias, pues el mandatario estadounidense había decidido un embargo comercial y los adultos previsores hacían compras nerviosas y trataban de guardar todo lo que pudieran comprar.
Por aquellos días, no se sabía, pero después trascendió que el propio presidente de los Estados Unidos había sido el iniciador de los actos de acaparamiento, pues hizo comprar sus habanos antes de firmar la orden de lo que es un verdadero bloqueo.
El ambiente apacible de la zona había cambiado por completo, pues si íbamos hacia el mar, estaban los barcos de guerra estadounidenses, y si avanzábamos hacia el norte, hacia Trinidad, pasábamos cerca de un emplazamiento soviético de cohetes.
Los adultos hablaban de cuarentena, los niños le decíamos los barcos americanos; unos se referían a la Crisis de Octubre mientras otros le decían Crisis de los Misiles, pero los pequeños aludíamos a los cohetes.
Emisoras de afuera informaban sobre embargo, los nuestros lo calificaban de bloqueo, sin embargo, el grupo infantil veía tumultos tratando de comprar aceite, adquirir naranjas mediante un papelito donde se decía que era para un enfermo.
En esos días este redactor que apenas tenía 6 años conoció al soldado soviético Andrey Kusntzov a quien reencontró en 1990 y a María Llanos Mas, a quien también volvería a ver casi 20 años después como jefa de Redacción de una revista de la URSS. (Estas anécdotas quedan para otro momento)
Esta generación creció con una década de bonanza, la de los 80, pues el resto fue dentro de un cerco donde en medio de la pugna donde unos ponen un nombre, otros le dan otra denominación en lo que se ha convertido en un contexto de lenguaje enrevesado.
Los documentos de las Naciones Unidas que condenan lo que desde 1959 está llevando rumbo a una crisis que ojalá no llegue a ser humanitaria, en inglés dicen embargo, pero en idioma cervantino lo califiquen de bloqueo.
Hasta periodistas intensamente favorables hacia las posiciones cubanas, y que están entre mis amistades, están empecinados en el embargo en cualquier lengua, por lo que los bloqueados/embargados (entre los que estoy), lo mismo da que le llamen con un nombre que con otro.
Lo cierto es que, si se trata de un embargo, entonces lo que se aplica es una sanción, pero sí es bloqueo, el penalizado debiera ser el embargador/bloqueador porque al final, las víctimas no dejaremos de padecer.
Y ya que apareció un nuevo término acuñado por el actual mandatario estadounidense: presión, ni aunque la aumenten en la Asamblea General de la ONU para reducir votos a favor, podrá rebajar el martiano “odio invencible” hacia quien oprime a Cuba.
Por tanto, lo mismo da que Juana se llame así o como su hermana.

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