El gran oponente

El BRICS pone en jaque la pretendida hegemonía imperialista a escala global...

Nestor Nuñez Dorta

29/03/2013

EXCLUSIVO

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Hay verdades como templos. Y una de ellas es que, en nuestro tiempo, ya no hay futuro para los proyectos políticos, económicos y sociales que no respondan con eficacia a las necesidades y aspiraciones de la gente. Así de mondo y rotundo.

Y hablamos más allá de los signos ideológicos o las preferencias filosóficas. Al final, si todo queda en palabras y tramoya y no aparecen las respuestas concretas y convincentes, los cambios estallan inexorablemente o, cuando menos, las sociedades se hunden en la abulia, el desgano, la frustración, el desengaño y la lacerante inercia que concluye en el más degradante epitafio.

Sucede ahora mismo, por ejemplo, en una Europa que durante decenios se pintó de paraíso del “bienestar general”, convertido en nuestros días en hondo tragadero de aspiraciones y futuros.

O en los Estados Unidos, el pretendido edén de la “clase media”, cargado de cifras astronómicas de quiebras, deudas públicas y desempleados, e incapaz incluso de establecer un acuerdo político para que el país financie el propio trabajo gubernamental.

Realidades, en pocas palabras, que están diciendo que la propuesta imperial no es viable por ineficaz, y que más allá del mal intencionado y manipulado ejercicio mediático, la calle es muy diferente a lo que se dice y amplifica.

Y a escala internacional el efecto es el mismo. De ahí el surgimiento de alternativas de diferente signo y el afianzamiento de entidades entre aquellos que saben a estas alturas que el camino bajo el designio de los rapaces fracasados equivale al suicidio universal.

De manera que en 2009, apenas a doce meses del estallido de la actual crisis económica en los Estados Unidos y su extensión a sus socios del Viejo Continente, naciones emergentes de singular potencialidad como China, Rusia, Brasil y la India, a las que se sumaría luego Sudáfrica, establecieron el grupo denominado BRICS con el propósito de fundar caminos propios e independientes de desarrollo a escala global, y el interés de institucionalizar un puro, claro y necesario multilateralismo.

De entonces a la fecha el rostro mundial es otro. China, la actual segunda economía del orbe, deberá desbancar en tres años más a los Estados Unidos de su actual lugar cimero, y en un lapso más o menos semejante, las naciones del BRICS desplazarán a las privilegiadas del llamado G-7, en materia productiva y comercial.

El propio Banco Mundial, una de las entidades encargadas de entronizar el neoliberalismo Made in USA en el planeta, no ha podido menos que reconocer que “el crecimiento económico global depende cada vez más de los países del BRICS, que suman el 27 % del poder adquisitivo global e incluyen el 45 % de la fuerza laboral mundial”.

Y desde luego, esa marcha eficaz otorga nuevas posibilidades y escalones.

La Quinta Cumbre del BRICS, con sede este marzo en Sudáfrica, y que centró buena parte de su trabajo en promover a la entidad como vital sostén del desarrollo, la integración y la industrialización del expoliado continente africano, refrendó la creación de un banco propio con un capital inicial de 50 000 millones de dólares, para el fomento de infraestructuras entre sus miembros a partir de un financiamiento ajeno a las tradicionalmente leoninas entidades económicas capitalistas, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, dominadas por las potencias occidentales.

Por si fuera poco, y en el propio contexto de la reunión, acordaron China y Brasil ejecutar el equivalente a 30 000 millones de dólares de su comercio bilateral en sus propias monedas nacionales, como parte del esfuerzo del BRICS por depender cada vez menos del euro y del patrón monetario estadounidense.

El monto establecido equivale a poco menos de la mitad del capital total que anualmente mueve la actividad comercial chino-brasileña, cifrada en 75 000 millones de dólares.

Únase a esta información la decisión de Beijing, a fines del pasado año, de desterrar el dólar norteamericano de todas sus operaciones de compra venta de energéticos, de los cuales es ya el primer consumidor a escala mundial.

Ese acuerdo chino puso fin al monopolio de la moneda norteamericana en las transacciones petroleras globales, establecido hace más de cuatro décadas por Washington y la monarquía de Arabia Saudita, y a juicio de los propios analistas estadounidenses tendrá repercusiones inusitadas para las pretensiones hegemónicas de los grupos locales de poder.

De manera que la eficacia de las principales economías emergentes del orbe se va imponiendo al fiasco evidente de quien, a lo largo de la historia moderna, ha vivido de la más malsana de las bullas y el más falaz de los propósitos.

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