La gestión de los desechos sólidos en La Habana se ha convertido en un espejo de las contradicciones urbanas y sociales de la ciudad. Las montañas de basura que se acumulan en las esquinas no son solo un problema de higiene, sino también un síntoma de la precariedad de los servicios públicos y de la falta de conciencia ciudadana. El deterioro de la infraestructura, la escasez de recursos y la desorganización institucional se entrelazan con prácticas cotidianas que reproducen la indiferencia ante el espacio común.
Más allá de la crítica inmediata, el tema invita a una reflexión sobre la cultura cívica y la responsabilidad compartida. La basura no es únicamente un residuo material: es también el reflejo de cómo concebimos la ciudad y el vínculo con nuestro entorno. La ausencia de soluciones sostenibles y de políticas coherentes revela una deuda histórica con el urbanismo y con la calidad de vida de los habaneros.
En este escenario, iniciativas comunitarias como el proyecto El Batazo adquieren un valor simbólico y práctico. Este proyecto, nacido desde la participación ciudadana, demuestra que la creatividad y la organización popular pueden convertirse en herramientas eficaces para enfrentar el problema de los residuos. El Batazo no solo propone alternativas para la recogida y el reciclaje, sino que también fomenta la educación y la apropiación del espacio público como responsabilidad colectiva.
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Los datos oficiales muestran que, en promedio, la ciudad genera más de 13 000 m³ de residuos sólidos urbanos cada día, lo que exige un sistema de recogida robusto y constante. Sin embargo, las limitaciones de combustible, piezas de repuesto y equipos disponibles afectan la capacidad de respuesta. A pesar de ello, se han fortalecido las brigadas de barrenderos, que atienden cientos de tramos y avenidas, y se han incrementado los programas de reciclaje, con la recuperación de cientos de toneladas de materiales que aportan tanto a la limpieza como a la economía nacional. Las formas de gestión no estatal y movimientos comunitarios como Reciclo mi barrio también contribuyen con decenas de toneladas de reciclables, mostrando que la articulación entre instituciones y ciudadanía es posible y necesaria.
En este contexto, la Ley 755 establece un principio fundamental: toda persona, individual o colectiva, es responsable de los residuos que genere, asumiendo los costos de su gestión integral, así como de la contaminación que pueda provocar en la salud o el medio ambiente por su manejo inadecuado. Este mandato legal es un recordatorio de que la limpieza y el saneamiento de la ciudad dependen de la acción consciente de cada habitantes de la ciudad.
La Habana necesita más que equipos y contenedores: requiere una población activa que cumpla con la ley, que separe los residuos, que entregue los reciclables y que evite prácticas que agraven la contaminación. El llamado es claro: la comunidad capitalina debe asumir su responsabilidad y contribuir al saneamiento de la ciudad, porque solo con la participación consciente de todos será posible reconciliar la imagen de capital cultural con la realidad de sus calles y avanzar hacia un futuro sostenible.
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