martes, 29 de noviembre de 2022

Cuba 1949. ¿Un episodio olvidado?

Mucho antes de las marchas combatientes por el Malecón el pueblo capitalino desfiló calle Obispo abajo para protestar ante la embajada estadounidense, ubicada entonces en La Habana Vieja...

Pedro Antonio García Fernández en Exclusivo 06/08/2015
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Ahora, con motivo de la reapertura de las embajadas de Cuba en Washington y de Estados Unidos en La Habana, la prensa impresa y digital ha reflejado en sus páginas los episodios de tensión, dentro del contencioso entre la Isla y su vecino poderoso, en los que el edificio de la avenida Malecón ha sido escenario.

Se refieren, fundamentalmente, a las marchas combatientes del pueblo cubano frente hasta la hace poco Sección de Intereses de los Estados Unidos: la de 1980, durante los sucesos del Mariel, la de 1999, cuando el secuestro del niño Elián, y a la eufemísticamente llamada “guerra de las pancartas”, en fecha más reciente.

Tal parecería que el conflicto entre Washington y La Habana haya surgido como consecuencia de las nacionalizaciones de agosto-octubre de 1960 realizadas por el Gobierno revolucionario. Como dijera el canciller de la isla, Bruno Rodríguez, las relaciones entre los dos países han estado marcada por la confrontación desde mucho antes.

Amparado por la Enmienda Platt, un embajador yanki de origen cubano, William González, protagonizó lo que hoy las transnacionales mediáticas hubieran llamado “la guerra de los mensajes”, cuando los liberales se sublevaron contra el presidente Mario García Menocal al perpetrar este el mayor fraude electoral hasta entonces conocido.

“Míster Gonzáles”, como gustaba que lo llamaran, enviaba mensajes a los liberales para que depusieran las armas, al presidente Menocal para que tuviera más mano dura, al ejército cubano para que recrudeciera la represión y a los marines yankis para que custodiaran las propiedades norteamericanas.

Sin embargo, el mayor momento de tensión entre los dos países durante la neocolonia en que la embajada norteña fuera escenario ocurrió en 1949. Entonces la sede diplomática no se encontraba aún en la avenida Malecón (ese edificio no fue erigido hasta 1953).

Un día antes, unos marinos estadounidenses ebrios habían usado como urinario la estatua de José Martí en el Parque Central de la avenida del Prado en La Habana. Los transeúntes, indignados, obligaron al principal profanador, bajo una lluvia de certeras pedradas, a descender de la estatua.

Solo la llegada oportuna de la policía (gobernaba entonces Carlos Prío Socarrás) los salvó de la ira popular. Una secuencia de fotos sobre el hecho apareció publicada a la mañana siguiente en un periódico capitalino. La indignación pública fue unánime

LA PROTESTA

Para los estudiantes de la Universidad de La Habana fue un insulto lo que vieron por la mañana en la última página del periódico Alerta, desplegado con grandes fotos. Se reunieron frente a la Escuela de Derecho y decidieron marchar hacia el Parque Central en tranvía, guagua, en cuanto vehículo pasara por allí.

Congregados junto a la estatua de Martí surgieron varios oradores espontáneos. Todo el que se paraba a hablar pronunciaba un discurso condenatorio. A los estudiantes de la Universidad se les habían unido los alumnos del cercano Instituto de La Habana (hoy preuniversitario José Martí) e incluso gente de pueblo.

Entonces, ante una masa enfurecida, surgió una voz: “A la embajada (norte) americana”. Y hacia allá marcharon. Antes de partir depositaron una ofrenda floral con un lazo negro junto a la estatua del Apóstol. En la corona podía leerse una inscripción;”Martí, tu estatua ha sido profanada. El pueblo y la FEU (Federación Estudiantil Universitaria) están de luto”.

La masa enfurecida cogió por Obispo hacia el mar, donde entonces estaba la embajada estadounidense, frente a la Plaza de Armas, en Obispo y Oficios. Allí se acumularon espontáneamente cientos de personas: estudiantes, obreros, gente de pueblo.

Alguien llevó piedras de una construcción cercana y se produjo lo increíble: el único ataque a la embajada estadounidense en Cuba durante la república neocolonial.

El embajador Butler, rodeado de su escolta, bajó a dialogar con los manifestantes y ofreció disculpas por el comportamiento de sus compatriotas. Los estudiantes le reclamaron que los tres profanadores que habían sido trasladados a sus barcos fueran puestos a disposición de la justicia cubana.

Como el diplomático no aceptaba esa opción, la gente se negó a seguir oyéndolo y comenzaron a traer más piedras. Y por el fondo de la calle empezaron a llegar las perseguidoras cargadas de policías, encabezados por el teniente Salas Cañizares, quien ordenó a los policías repartir fustazos y toletazos a diestra y siniestra.

Informes policiales y testimonios de manifestantes aseguran que en esos momentos, un joven airado, sobre los hombros de un compañero, intentaba arrancar el escudo de la embajada. El redactor de estas líneas nunca ha podido averiguar el nombre del joven airado.

Según uno de los manifestantes, el entonces estudiante y luego destacado abogado y revolucionario Bilito (Baudilio) Castellanos, quien sostenía en sus hombros al joven airado, era un condiscípulo suyo de la Facultad de Derecho que en aquel momento solo contaba con 22 años. Su nombre: Fidel Castro Ruz.


Pedro Antonio García Fernández

Periodista apasionado por la investigación histórica, abierto al debate de los comentaristas.


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