viernes, 9 de diciembre de 2022

Antisovietismo y Rusofobia (l)

Dos astillas del mismo palo...

Néstor Pedro Nuñez Dorta en Exclusivo 28/06/2021
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soldados sovieticos
La historia de heroísmo masivo de los soviéticos ha sido sistemáticamente enlodada y tergiversada por un hegemonismo hoy en crisis.

Conocido es que el hegemonismo y el absolutismo forman parte congénita de la sociedad capitalista.

Ningún canto a la democracia puede esconder que el afán de poder, riqueza, encumbramiento, y dominio sobre lo ajeno, a como dé lugar, es consustancial a un sistema que glorifica el individualismo bajo el torcido velo de “la valía de la individualidad”, y que aplaude al pretendido “triunfador” (no importan sus métodos), mientras denigra y desprecia al presunto “perdedor”.

La pugna viene de lejos. Desde que en las aldeas y poblados feudales se empezó a acumular la riqueza individual, y, desplazados los señoríos, mercaderes y financistas se transformaron en ejes de la sociedad y patrones modélicos en materia política.

Aparecerían así los Estados capitalistas y las pugnas y enfrentamientos entre ellos por imponerse y despojar a los otros, hasta la formación de verdaderas potencias antagónicas que se repartieron el mundo a simples tajos, y cuyas ambiciones y apetencias de grandeza llevarían a la humanidad de la mano a la devastadora Primera Guerra Mundial.

Fue justo en aquellos días de enfrentamiento bélico global que tendría lugar la Revolución de Octubre en Rusia y el nacimiento del Primer Estado de Obreros y Campesinos de la historia, la Unión Soviética, cuya “incompatibilidad” con el orden imperialista y los esfuerzos reaccionarios por denigrarle y hundirle dieron origen a las primigenias campañas antisoviéticas, incluidas invasiones militares occidentales y el apoyo directo a la reacción local y los restos del ejército zarista.

En los años posteriores a aquella primera conflagración masiva, la URSS fue condenada al aislamiento mundial. Solo su extensión territorial, sus recursos ilimitados y la férrea voluntad popular de sobrevivir y edificar una sociedad nueva consolidaron el demonizado poder soviético y sumaron progreso y desarrollo a un gigante que heredó un contexto interno semifeudal.

El llevado y traído “fantasma del comunismo”, proyectado mal intencionadamente como un “infierno rojo” tras la “cortina de hierro erigida por Moscú”, incitó a los líderes capitalistas a congeniar con el régimen de Adolfo Hitler en Alemania. Al líder nazi le sirvieron en bandeja la ocupación de territorios checoslovacos, Austria y Polonia para promover su marcha al Este sobre el gigante euroasiático, con la esperanza de un destroce mutuo de proporciones irreparables. Solo que Hitler cambió la brújula y arremetió contra sus complacientes padrinos. Ocupó Francia en cuestión de días, se expandió por Europa continental y Escandinavia, y sometió a Gran Bretaña a inclementes bombardeos masivos. Únicamente después, hace justo ochenta años, decidió su suicidio involuntario al lanzarse contra la URSS.

Para entonces, un Occidente ocupado y asfixiado había cambiado el son. Ahora los soviéticos eran, al menos retóricamente, “nuestros grandes aliados” frente a un orate que se les fue de las manos y debía desaparecer.

No obstante, la apertura de un frente militar en Europa del Oeste contra Berlín fue demorado deliberadamente por Gran Bretaña y los Estados Unidos con la intención de que los contendientes en el Este se debilitaran en grado superlativo, y solo las grandes victorias del Ejército Rojo en Stalingrado, Leningrado y el Arco de Kurks, su avance hacia Europa central camino del cubil de Hitler, y el reactivado terror a la “expansión comunista” continental, apresuraron el controvertido desembarco aliado en las playas francesas de Normandía el titulado Día D.

Y si Occidente pensó librarse de dos enemigos de un tiro, el mundo postguerra resultó un disparo por la culata para sus apetencias de poder supremo. La URSS, gracias al sacrificio de 28 millones de sus combatientes y ciudadanos, ganó un sonado prestigio universal, y desde el punto de vista geopolítico fue estructurado el campo socialista europeo, que rompió su aislamiento inicial.

Los Estados Unidos, por su parte, pasaron a ser, frente a unos aliados europeos en ruinas, la primera potencia capitalista, ahora con un incipiente y privilegiado poder nuclear que la URSS no tardaría en poseer en favor de su defensa.

El antisovietismo, puesto retóricamente a un lado, no tardó en volver a ser agitado públicamente. La maniaca Guerra Fría marcaría largos decenios de histeria, confrontación y riesgos, y la propaganda occidental arremetió nuevamente contra un “tenebroso” Este, donde la represión, la maldad, la saña y el odio a los “valores democráticos” auguraban grandes desgracias que debían ser enfrentadas con un creciente poderío militar y la anulación a escala planetaria de todo proyecto nacional que mostrara el mínimo signo de inconformidad con el injerencismo y el intervencionismo imperialistas.

Paralelamente, la historia de la Segunda Guerra Mundial y de la Gran Guerra Patria soviética fue metódicamente enlodada y tergiversada.

Nuestra especie, para los detractores, se libró del fascismo gracias a un Occidente “osado y decidido”, y los “rusos, malos combatientes, hoscos, desorganizados y primitivos” lograron sobrevivir gracias a su temporal alianza con el Mundo Libre, para ahora, con un poder cimentado en el terror y la violencia, intentar imponerse agresivamente a la “democracia y la libertad”.

La disolución de la Unión Soviética y sus aliados europeos a inicios de la década de los noventa del pasado siglo, y la proclamación del “fin de la historia” y el triunfo total e inamovible del capitalismo a escala planetaria, fueron un “respiro de gloria” para los intereses hegemónicos, aunque, ciertamente, la vida ya moldeaba nuevas sorpresas para quienes por esos días se ufanaban y denostaban sobre el cadáver de la variante socialista recién fenecida en el oriente.


Néstor Pedro Nuñez Dorta

Periodista


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