domingo, 16 de junio de 2024

Un soñador imprescindible de la independencia cubana (Infografía)(+Video)

Más que una leyenda, Ignacio Agramonte es un referente de héroe-humano, ejemplo de patriotismo para todos los tiempos...

José Gilberto Valdés Aguilar en Exclusivo 10/05/2023
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Ignacio Agramonte en combate
Ignacio Agramonte siempre fue víctima de su patriótica osadía, mostrada en un centenar operaciones frente al ejército colonial. (Tomada de Cuba.cu)

Ignacio Agramonte y Loynaz fue uno de esos soñadores imprescindibles cuando se afianzaba el sentimiento del criollo y el pensamiento independentista de la metrópoli española que luego se transformaría en la nacionalidad cubana. En su natal Santa María de Puerto Príncipe (Camagüey), ya para la primera mitad del siglo XIX se percibía, claramente, según apunta Hernán Venegas Delgado (*) “…las ideas quizás más democráticas de los inicios del proceso revolucionario de 1868”.

En aquel Camagüey merecían otras miradas muchos de sus hijos que se reconocían diferentes al “español”, en tanto prevalecía un amplio desarrollo intelectual y cultural; las perspectivas de la economía, fundamentalmente basada en la ganadería; además del cuestionamiento de los rigores de un comercio privilegiado y provechoso para los peninsulares y el cuestionamiento de la esclavitud.

La extensa sabana que caracteriza a esta región central de la Isla fue uno de los escenarios claves, entre otros, de la rebelión de José Antonio Aponte y los proyectos de la sublevación que Joaquín de Agüero y sus compañeros decidieron iniciar en San Francisco de Jucaral, donde redactaron y aprobaron una declaración de independencia.

A las estrechas y sinuosas calles de la “villa principeña”, una de las más antiguas de Cuba, llegaban las influencias de las transformaciones sociales en Europa, como la Revolución Francesa y la implantación de la constitución en España, y posteriormente de las ideas libertarias en México, Venezuela, Colombia y otras naciones en América. Todas esas reformas constituyeron opciones en el desarrollo del pensamiento de los naturales de la mayor isla antillana, encabezado por el sacerdote católico Félix Varela (1788), quien cambió las concepciones de la sociedad para buscar un rumbo propio al cubano.

En ese contexto histórico, como era habitual en las familias de cierta prosperidad económica, Ignacio es enviado a estudiar a La Habana, pero no duró mucho su estancia como consecuencia de una epidemia de cólera. Entonces, se decide que el muchacho de doce años de edad cruce el Atlántico con destino a la Barcelona de tradiciones liberales.

¿Cuánto influyó ese viaje en su formación ideológica? Basta apuntar que como testigo de dos revoluciones españolas en los años 1854 y 1856 se fortalecieron sus concepciones de la lucha contra las injusticias. En 1857 está de nuevo Cuba y reafirma su vocación por la Jurisprudencia, ser abogado como su padre.

¿Había dejado a un lado sus convicciones independentistas? De cierta manera, se preparaba para la lucha, si tenemos en cuenta una descripción de la historiadora cubana Mary Cruz: “Durante los años estudiantiles asistía regularmente al gimnasio. Tomaba lecciones de esgrima y llegó a adiestrarse en el manejo de la espada y el florete. Fue también, desde aquellos días, un estupendo tirador de arma larga”. Consciente o no también preparaba su capacidad militar que lo distinguió en el llamado insurreccional de Carlos Manuel de Céspedes, en “La Demajagüa”, el 10 de octubre de 1868, contra la España que gobernaba la Isla con brazo de hierro ensangrentado.

A partir de su bautismo de fuego en la exitosa emboscada en Minas, a un tren que se dirigía a Nuevitas con 800 soldados españoles y artillería, Ignacio Agramonte siempre fue víctima de su patriótica osadía, mostrada en un centenar operaciones frente al ejército colonial.

Sobre su participación en la primera acción combativa, Salvador Cisneros Betancourt apunta: “...se portó Ignacio muy valiente y bien; en un principio rechazó a más de media docena de soldados que intentaron llegar hasta él, más habiendo sido herido levemente, su primo y concuño Eduardo (Agramonte Piña), muy al principio de la acción, dejó el campo para acompañarle y llevarle”.

Durante su presencia en el campo insurrecto demostró dotes de dirigente político y jefe militar con una consecución de páginas de demostrada valentía e inteligencia en la formación de la caballería mambisa, cuyas cargas eran el terror de las tropas españolas; el enfrentamiento a seguidores de propuestas deshonestas de la metrópoli española; y su huella en la primera constitución de la República en Armas (1869).

Como jefe debía abstenerse de ocupar posiciones en primera línea, pero ¿quién podía atenuar su intrepidez y osadía cuando se disponía a acciones arriesgadas? Está como ejemplo, sin dudas, como el rescate del brigadier Julio Sanguily, cuando al frente de una treintena de jinetes atacó a una columna española, casi cuatro veces superior en efectivos. Aquella acción siempre ha sido un gran símbolo de Ignacio Agramonte.

En una carta que Manuel de Quesada le escribió el 20 de enero de 1870, trasciende una petición a nuestros tiempos: "En fin, amigo mío, siga U. siendo el modelo de los jóvenes y la admiración de los viejos, y no dude que usted a adquirir un nombre preclaro (…)”.

Info- Agramonte
Fechas de interés en la vida de Ignacio Agramonte. Infografía: Laydis Soler Milanés/Redacción Cubahora (Laydis Soler Milanés / Cubahora)

El 11 de mayo de 1873, hace 150 años, el Mayor General Ignacio Agramonte cae en combate en el potrero de Jimaguayú, a una treintena de kilómetros al suroeste de la ciudad de Camagüey.  Desde la madrugada de esa fecha llegaron noticias de la presencia del enemigo y arenga a su tropa para la batalla; se adelantó a los jinetes que lo acompañaban y fue cuando fusileros españoles, camuflados entre la hierba alta de guinea, le dispararon a corta distancia. Solo tenía 31 años cuando una bala mortal impactó su sien derecha.

Según una publicación del Grupo de Divulgación OHCC (11 mayo de 2021) en la opinión del lado contrario, el Capitán General Cándido Pieltain calificaba el combate de Jimaguayú: “Notable hecho de armas en que perdió la vida con ochenta de sus mejores partidarios Ignacio Agramonte, cuyo cadáver fue conducido á Puerto-Príncipe y reconocido allí por toda la población... Este cabecilla era el más importante jefe de la insurrección en el departamento Central y acaso en toda la Isla, por su ilustración, por la influencia que ejercía en sus secuaces, por su valor, carácter y energía, pudiendo asegurar á V. E., que su falta es un golpe mortal para los enemigos de España…”.

Desde el punto de vista de José Martí, continuador de las luchas independentistas, el Mayor General Ignacio Agramonte se dispuso a morir para salvar a sus compañeros y ver luego de salvarse él. Murió en una escaramuza. El cadáver del legendario mambí quedó en manos del enemigo y mostrado el día siguiente como trofeo en las calles céntricas de la villa principeña. Posteriormente, fue cremado en el Cementerio General, por temor a una revuelta de los pobladores.

Recuerdan al Mayor General Ignacio Agramonte Loynaz en el aniversario 150 de su caída en combate


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José Gilberto Valdés Aguilar


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