domingo, 27 de noviembre de 2022

La empresa gigantesca de la Invasión

El 22 de octubre de 1895 salió de Mangos de Baraguá el contingente invasor con el general Antonio Maceo al frente...

Narciso Amador Fernández Ramírez en Exclusivo 22/10/2017
0 comentarios
Invasión de Oriente a Occidente-siglo XIX

El general José Miró Argenter, en sus Crónicas de la Guerra, calificó a la invasión de Oriente a Occidente como “empresa gigantesca” y al lugarteniente general Antonio Maceo, de quien fuera su jefe de Estado Mayor, de “glorioso caudillo”.

Mientras, periódicos europeos de la época consideraron la Invasión como la epopeya militar más importante del siglo XIX, al tiempo que a Antonio Maceo lo conceptualizaron como el “Aníbal cubano”, en comparación con aquel famoso general cartaginés de la antigüedad que cruzó con su ejército montado en elefantes los Pirineos y los Alpes, en su lucha contra Roma.

Realmente, recorrer la Isla de un extremo a otro en solo 90 días fue una proeza inigualable. Hecho inédito que puso bien en alto los nombres de los dos más ilustres jefes militares cubanos en la lucha contra España: El Generalísimo Máximo Gómez Báez y el Titán de Bronce, Antonio Maceo Grajales.

Fueron jornadas intensas de marchas y contramarchas, como el famoso “Lazo de la Invasión”, que despistó totalmente al general español Arsenio Martínez Campos, el Pacificador en la anterior contienda bélica, pero que en la del 95 salió derrotado por el genio militar de Maceo y Gómez, primero en Peralejo y luego en Mal Tiempo.

Refiere Miró Argenter que de Baraguá hasta Mantua se libraron 22 combates y fueron recorridas 424 leguas. Además, unos 30 de los más brillantes generales de España salieron derrotados.

Cuando partió el contingente invasor contaba con 1 403 hombres y nunca rebasó, tras unírsele Máximo Gómez en Camagüey y los jefes militares de Las Villas y demás regiones, la cifra de 5 000 soldados. Un heroico grupo de valientes que derrotó a un ejército regular español que llegó a disponer, en 1895, de 119 286 efectivos sobre las armas.

La idea de la Invasión a Occidente tuvo su antecedente fallido en la Guerra de los Diez Años, cuando en 1876 el regionalismo y caudillismo de los jefes militares villareños expulsaron a Máximo Gómez de su territorio y malograron la estrategia mambisa.

Luego, al reiniciarse la contienda independentista, en la reunión de la Mejorana del 5 de mayo de 1895, fue retomada la idea invasora en la presencia de Gómez, Maceo y Martí. Lamentablemente, José Martí caería el 19 del propio mes en Dos Ríos, y el proyecto acordado tendría que ganar forma sin su presencia física.

Constituido el Gobierno de la República de Cuba en Armas, en Jimaguayú, Maceo decidió salir hacia Occidente de uno de sus lugares preferidos: las llanuras de Baraguá, donde el 15 de marzo de 1878, bajo una frondosa arboleda de mangos, había librado su famosa protesta por la paz sin independencia del Zanjón.

Habían transcurrido diecisiete años desde entonces. Así relata José Miró Argenter la salida del contingente invasor el 22 de octubre: “El protagonista de aquel acto grandioso cumple hoy su juramento (…) Antonio Maceo se dispone a llevar la bandera de la independencia, de la que ha sido tan fiel devoto y firme mantenedor, hasta los últimos confines de Occidente, en las de su genio militar.

”El sol fulgura con esplendores de victoria sobre las cumbres de la sierra. Ya nos parece a todos que la colonia infortunada se verá en breve libre de desdichas, por el esfuerzo de los heroicos patriotas que marchan resueltamente a la conquista de tan hermoso ideal”.

Con Maceo van más de mil bravos orientales. Al frente de la Infantería, compuesta por 350 hombres, marchaba el brigadier Quintín Bandera. Mientras la Caballería, con 810 jinetes, tenía al brigadier Luis de Feria como su jefe.

El 30 de noviembre de 1895 se fortalece el contingente invasor al unirse las fuerzas de Maceo con las de Máximo Gómez. El valiente general dominicano arenga a las fuerzas mambisas en el Potrero de Lázaro López.

Sus palabras fueron cortantes, duras y bien realistas: “En las filas que veo tan nutridas, la muerte abrirá grandes claros. El enemigo es fuerte y tenaz. El día que no haya combate, será un día perdido o mal empleado. El triunfo solo puede obtenerse con el derramamiento de mucha sangre”.

Y concluía así el veterano militar: “¡Soldados! Llegaremos hasta los últimos confines de Occidente, hasta donde no hay tierra española: ¡allá se dará el Ayacucho cubano!”.

El 22 de enero de 1896, en el poblado de Mantua, extremo más occidental de la Isla, se firmaba el acta que daba por concluida la epopeya de la Invasión. Se había conseguido, con éxito, el Ayacucho que prometiera Gómez.

A partir de entonces todo era cuestión de tiempo. El dominio colonial español tenía rota su espina dorsal. La política de “hasta el último hombre, hasta la última peseta” había fracasado.

El genio militar de Antonio Maceo y el de su maestro Máximo Gómez refulgían más alto que nunca. La proeza de llevar la guerra a toda Cuba era un hecho irreversible.


Narciso Amador Fernández Ramírez

Periodista que prefiere escribir de historia como si estuviera reportando el acontecer de hoy


Deja tu comentario

Condición de protección de datos