domingo, 19 de mayo de 2024

El silencio de los Pérez

El 7 de diciembre de 1896 caen en combate Antonio Maceo y Francisco Gómez Toro. Humildes campesinos los entierran y guardan el secreto para que sus cadáveres no fueran mancillados por las tropas españolas...

Ada Ivette Villaescusa Padrón en Exclusivo 07/12/2013
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Monumentos a los Pérez en el Cacahual
Monumento dedicado a Pedro Pérez y sus hijos, encargados de esconder los cadáveres en 1896.

En la madrugada del 8 de diciembre de 1896, el campesino Pedro Pérez recibió dos cadáveres en su vivienda de la finca Dificultad, en la zona habanera del Cacahual. Con sus hijos varones les dio sepultura y ocultaron celosamente el hecho, que pasó a la historia como el Pacto del Silencio, hasta que terminó la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895.

Eran los cuerpos sin vida del Lugarteniente General Antonio Maceo y su ayudante, el capitán Panchito Gómez Toro, hijo del Generalísimo Máximo Gómez, rescatados el día anterior del campo de batalla de San Pedro, Punta Brava, en la provincia de La Habana, por el coronel Juan Delgado, jefe del Regimiento de Caballería de Santiago de las Vegas, y dieciocho valerosos mambises que lo siguieron en la hazaña.

 Maceo y Máximo Gómez habían desembarcado en abril por el oriente de la isla, con diez jornadas de diferencia. Maceo por Duaba, el día 1.º, y Gómez el 11 por Playitas de Cajobabo. El 22 de octubre comenzarían la Invasión a Occidente, finalizada en Mantua, en solo tres meses, el 22 de enero de 1896. Luego, Maceo asumió la dirección del Departamento Occidental (Matanzas, La Habana y Pinar del Río).

El 8 de septiembre arribaba Panchito en el vapor Three Friends, por el sur de Pinar del Río, y se incorporaba a las tropas del Titán de Bronce, quien el 4 de diciembre, con un grupo de sus hombres, entre ellos Panchito, burlaría la trocha de Mariel a Majana, entre Pinar del Río y La Habana, para acudir a un urgente llamado de Gómez desde el centro del país. El 7, en la mañana, acamparon en San Pedro y alrededor de las 3:00 de la tarde empezó el combate en el que perdieron la vida el Lugarteniente del Ejército Libertador y su ayudante.

Tras el rescate, los velaron unas horas en la finca Lombillo, cerca de Wajay, y después de las 12:00 de la noche colocaron los cadáveres en una acémila y tomaron el camino de San Antonio de los Baños a El Rincón. Así llegaron a la finca de los Pérez, despertaron a Pedro y, luego de hacerle las aclaraciones y recomendaciones pertinentes, dejaron allí los cuerpos. El entonces coronel del Ejército Libertador, Dionisio Arencibia, testigo presencial, contó el 8 de diciembre de 1946 en la revista Bohemia, en un trabajo titulado “7 de diciembre de 1896”:

“El general Pedro Díaz quería enterrar los cadáveres (…) cerca del Rincón. Juan Delgado se opuso, convenciéndole de que el sitio aquel era peligroso, ya que lo cruzaban constantemente columnas españolas que podían descubrir la huella de la sepultura. Se acordó entonces que Juan Delgado se encargara de señalar el lugar más adecuado. La fuerza continuó su marcha y de ella nos separamos Juan Delgado y yo con los cadáveres...”.

José Miró Argenter, en sus Crónicas de la guerra, ofrece otra versión sobre la inhumación. Según él, mientras los demás siguieron el camino hacia las lomas contiguas, quedaron para presidir la triste ceremonia él, Pedro Díaz, y dos oficiales más (Silverio Sánchez Figueras y Baldomero Acosta). Pero ya han demostrado historiadores como Francisco Pérez Guzmán en La guerra en La Habana, que lo relacionado con el combate de San Pedro y la muerte de Maceo y Panchito adolece de inexactitudes y contradicciones en la obra de Miró Argenter; en primer lugar, por su ausencia en instantes supremos, pues ante la tragedia inesperada, no se supo qué hacer.

Miguel Delgado, hermano de Juan, cuenta en su libro La caída del titán, aclaraciones históricas, que en diversas ocasiones le oyó recordar a su tío Pedro Pérez:

“Me tocaron a la puerta del bohío como a las cuatro de la madrugada, y al reconocer la voz de mi sobrino Juan, salí a ver lo que ocurría, diciéndome, emocionado, que en un combate del día anterior habían matado al general Maceo y al hijo de Máximo Gómez, y que me traía los cadáveres para que los enterrara y guardara el mayor secreto. Llamé a mis hijos con el pretexto de que deseaba aprovechar el fresco de la mañana para adelantar un poco la faena del día, no fueran las mujeres a sospechar lo que pasaba; y a poco de andar me enseñó mi sobrino Juan los cadáveres, que están junto a la cerca de piedras, diciéndome: ‘Procura enterrarlos antes de que llegue el día, y que nadie se entere hasta que no se termine la guerra. Si Cuba es libre se lo comunicarás al Presidente de la República, o al general Máximo Gómez. ¡Entre nosotros queda este gran secreto!’. (…) ¡Me dio un apretón de manos muy fuerte y partió sin decir ninguna otra palabra!...”.

La reconcentración dictada por el sanguinario general español Valeriano Weyler, que exigía a los campesinos trasladarse a pueblos y ciudades y provocó la muerte de miles, obligó a Pedro a mudarse para Bejucal, donde tenía familiares; pero cada cierto tiempo daba una vuelta por la finca, ubicada entre Santiago de las Vegas y Bejucal.

Concluida la Guerra, el domingo 17 de septiembre de 1899, fueron exhumados los restos de Maceo y Panchito en presencia de Máximo Gómez, su esposa Bernarda Toro (Manana), su hija Clemencia, el general José Lacret Morlot, y en representación de la viuda de Antonio Maceo, los mayores generales Pedro Díaz y José María Rodríguez, y los doctores Hugo Roberts, Gabriel Casuso y Carlos de la Torre.

El doctor Bernardo Gómez Toro, hermano de Panchito, escribió en la revista Carteles el 9 de octubre de 1932: “Que Maceo y su ayudante cayeran en el campo de batalla, nada tiene de excepcional ni de único; que las huestes mambisas recogieran los cadáveres (...) tampoco tiene nada de extraño (…) lo que sí es obra de un designio al parecer ineluctable es que, al confiarse sus despojos a hombres modestísimos en hábitos y mentalidad, a rudos campesinos, guardaran el secreto como en sagrario de oro tal como supieron hacerlo al enterrar los restos, con unción beatífica”. Y relató sobre la exhumación:

“…aun no aparecía la sagrada huesa. De improviso, la voz imperativa de Máximo Gómez se dejó sentir. (…) ‘Pedro, ¿tú estás seguro de que los restos de Maceo y de mi hijo se encontrarán ahí?’ (…) ‘Sí, mi General, lo juro (…) para que no quede duda le digo desde ahora que coloqué el cuello del joven sobre el brazo derecho de Maceo, como sirviéndole de almohada’.(…). Las palabras del guardador del secreto pudieron ser ratificadas: Las vértebras cervicales del joven heroico aparecieron en cruz sobre el cúbito y el radio del brazo derecho de Maceo”.

En el bohío de Pedro Pérez permanecieron en capilla ardiente, bajo la custodia de los generales Pedro Díaz, Lacret Morlot y Salvador Cisneros Betancourt, ex presidente de la República en Armas. Gracias a Juan Delgado y a los humildes campesinos que impidieron que los cuerpos fueran hallados y ultrajados por los españoles, como ocurriera en otras ocasiones con jefes del Ejército Libertador, los restos del Titán de Bronce y del valiente joven que decidió morir junto a él, pudieron ser exhumados y venerados, una vez concluida la contienda.

Con el objetivo de erigir un monumento en el sitio donde los habían enterrado, se formó una Comisión Popular denominada “Restos de Maceo-Gómez”, compuesta, entre otras personalidades, por el Generalísimo Máximo Gómez, los generales José Lacret Morlot, Alejandro Rodríguez, Salvador Cisneros Betancourt. Al cumplirse tres años del triste acontecimiento, el 7 de diciembre de 1899, fue inaugurada una modesta obra, que más tarde transformarían dos veces, e iría adquiriendo mayor esplendor.

Décadas posteriores, la escultora Jilma Madera levantó un merecido monumento a Pedro Pérez y sus hijos, en donde ellos dieron sepultura, provisionalmente, a Maceo y a Panchito. Lo develaron el 24 de febrero de 1946 con el nombre de “El Pacto del Silencio”.



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Ada Ivette Villaescusa Padrón


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