viernes, 19 de julio de 2024

El cerrojo indeseado de la Ley Platt

Cada vez que surgen declaraciones injerencistas contra Cuba, como las recientes del secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo, no solo sonríe desde la tumba James Monroe, sino también Orville H. Platt...

Narciso Amador Fernández Ramírez en Exclusivo 12/06/2018
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Base Naval Guantánamo
La Base Naval de Guantánamo, ocupada ilegalmente por Estados Unidos, es un dinosaurio sobreviviente de la Enmienda Platt.

Cada vez que surgen declaraciones injerencistas contra Cuba, como las recientes del secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo, no solo sonríe desde la tumba James Monroe, creador de la famosa Doctrina que ha plagado de infortunios a nuestros pueblos. También se remueve sonriente desde el más allá el senador por el Estado de Massachusetts, Orville H. Platt, quien propuso al Senado de Estados Unidos la famosa enmienda que llevaría su apellido, y que, como cerrojo, cercenaría la independencia y soberanía cubanas.

Ese 12 de junio de 1901 fue un día triste. Después de largas dilaciones y discusiones, los asambleístas aprobaron por 16 votos contra 11 la ominosa Enmienda Platt, incorporada como apéndice a la Constitución cubana de ese propio año.

El contenido de dicha Enmienda es bien conocido por los cubanos, quienes la sufrimos hasta su derogación en 1934. Aunque, como vestigio del fantasma plattista persiste su artículo séptimo que reconocía el derecho de los Estados Unidos a establecer bases navales y carboneras en nuestro territorio nacional; o sea, la indeseada Base Naval de Guantánamo, como un remanente del adefesio de Ley Platt.

Dentro de los 11 constituyentes que dijeron no a la Enmienda Platt estuvieron Juan Gualberto Gómez, el amigo de José Martí, y Salvador Cisneros Betancourt, quien fuera presidente de la República de Cuba en Armas, entre 1895 y 1897. Ambos patriotas hicieron sendas ponencias de oposición convertidas en documentos de dignidad y defensa de los valores patrios por los que se había luchado en la manigua redentora durante casi 30 años.

Juan Gualberto afirmó que aceptarla equivalía “a entregarles la llave de nuestra casa para que puedan entrar en ella a todas horas, cuando les venga el deseo, de día o de noche, con propósitos buenos o malos”. Mientras, Cisneros Betancourt, señalaba: “Que con las dichosas relaciones propuestas a Cuba no tendrá su independencia absoluta (…) porque al aceptarlas, ni tendrá soberanía, ni independencia absoluta, ni será república”.

Otras 9, fueron las gallardas posiciones contra la Enmienda Platt, pero 16 constituyentes dijeron sí, y por mayoría quedó aprobada como apéndice lesivo a la Constitución.

Aquellos que votaron finalmente a favor, tras meses de negativas, esgrimieron entre las razones fundamentales del Sí, lo preferible de una República con enmienda a la mantención indefinida de la ocupación militar norteamericana a la Isla.

Al respecto, Manuel Sanguily argumentaba: “Para la Convención no hay más que dos caminos: o se rechaza toda o se acepta toda, so pena de no ver realizado lo que desea, la independencia de Cuba, acaso de comprometerla para siempre”.

En tanto, José N. Ferrer, recogiendo el sentir de aquellos cubanos, justificaba su decisión, de la siguiente manera: “Entiendo que ya se ha resistido bastante y no puede resistirse más”. Y Domingo Méndez Capote, la aceptaba y decía en tono pesimista: “Es la única manera de establecer la República”.

Sin embargo, quien mejor reflejó lo que significaría para el futuro de Cuba la “píldora amarga” de la enmienda Platt, como la bautizó la prensa de la época, fue el general José Lacret Morlot: “Nos hemos esclavizado para siempre con férreas y gruesas cadenas”.

Y en realidad eso fue, y en su remanente de la ilegal Base Naval de Guantánamo es la Enmienda Platt una Ley impuesta a nuestra Constitución, que inauguró una República basada en un modelo de dominación neocolonial.

Leonardo Wood, el gobernador militar norteamericano en la Isla, con total desfachatez y cinismo, en carta al Secretario de Estado de su país, y uno de los padres intelectuales de la Enmienda, Eliut Root, dejaba, explícitamente claro, el significado de la Ley Platt:

“(...) Por supuesto, que a Cuba se le ha dejado poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único indicado ahora es buscar la anexión. (…) La isla se norteamericanizará gradualmente y, a su debido tiempo, contaremos con una de las más ricas y deseables posesiones que haya en el mundo (...)”.

Han pasado 117 años de aquel momento amargo, pero la distancia no puede llevarnos al olvido. El fantasma de Platt, como el de Monroe, anda rondando por Nuestra América y ante esas sombras tenebrosas del pasado hay que estar alerta. Un buen antídoto es el conocimiento de nuestra Historia y de hechos como estos.


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Narciso Amador Fernández Ramírez

Periodista que prefiere escribir de historia como si estuviera reportando el acontecer de hoy


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