jueves, 1 de diciembre de 2022

El cadáver putrefacto de una doctrina

La doctrina Monroe ha hecho realidad la frase de Bolívar acerca del destino de Estados Unidos de plagar de miserias a nuestros pueblos en nombre de la libertad...

Narciso Amador Fernández Ramírez en Exclusivo 22/03/2018
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Monroe y su doctrina
Ante ese muro de prepotencia obtusa y trasnochada se antepone como valladar infranqueable la voluntad de los cubanos y otros pueblos latinoamericanos.

La doctrina Monroe nació por Cuba y contra Cuba, y existen suficientes evidencias históricas para afirmarlo.

Como también está probado que aunque lleva el nombre de James Monroe, el presidente norteamericano que la presentó ante el Congreso, el 2 de diciembre de 1823, su verdadero ideólogo lo fue John Quincy Adams, el mismo personaje que dio a conocer la famosa teoría de la “fruta madura”; ambas, con el objetivo de frenar las apetencias europeas, especialmente inglesas, sobre las ex colonias españolas y particularmente contra la famosa “isla del azúcar”, contra Cuba.

Resumida en la frase célebre “América para los americanos”, desde su nacimiento se convirtió en piedra angular de la política exterior norteamericana hacia la América Latina y enemiga absoluta de la soberanía e independencia de los pueblos que viven por debajo del Río Grande.

El propio Monroe en carta a Thomas Jefferson, antecesor suyo en la presidencia y uno de los llamados Padres Fundadores de la nación Americana, le desnudó su pensamiento hacia Cuba al decirle:

“… nosotros debemos, si es posible, incorporarla dentro de nuestra Unión, aprovechándonos del momento más favorable para ello, esperando también que esto llegue cuando pueda ser hecho sin una ruptura con España o cualquier otro poder. Considero a Cabo Florida y Cuba formando la boca del Mississippi y otros ríos que desembocan en el Golfo de México dentro de nuestros límites, como el propio Golfo y en consecuencia su adquisición para nuestra Unión sería de la mayor importancia para nuestra tranquilidad interna, tanto como para nuestra prosperidad y engrandecimiento”.

Nunca se ha dejado de esgrimir cuando ha hecho falta, y ha adoptado formas abiertamente injerencistas, como la política del Big Stick o Gran Garrote —basada en la fuerza y la intervención directa de los Estados Unidos sobre los asuntos internos de nuestros pueblos—; como el desembarco de marines en Haití, Dominicana y Nicaragua; o encubiertas y acarameladas, como aquella de la Buena Vecindad o del Buen Vecino.

Monroe y su doctrina, desde hace casi 200 años, han hecho realidad la famosa frase de Simón Bolívar, el Libertador de América, cuando en carta al coronel Patricio Campbell, fechada en Guayaquil, 5 de agosto de 1829, afirmara de manera premonitoria que “… y los Estados Unidos que parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la Libertad”.

Nuestro José Martí, el más genial y universal de los cubanos, como fuera calificado por Fidel, supo ver lo aviesa de dicha doctrina. A ella se refirió en 1889, durante la celebración de la primera conferencia panamericana en Washington, cuando preguntó: “¿A qué invocar, para extender el dominio en América, la doctrina que nació tanto de Monroe como de Canning, para impedir en América el dominio extranjero, para asegurar a la libertad un continente? ¿O se ha de invocar el dogma contra un extranjero para traer a otro?”.

Ahora, con el endurecimiento de las relaciones de los Estados Unidos hacia América Latina y el recrudecimiento del bloqueo contra Cuba enarbolado por la administración Trump, de nuevo el fantasma de Monroe y sus postulados anexionistas vuelven a cobrar fuerza, como si las lecciones de rebeldía y oposición de dos siglos no hayan sido lo suficientemente aprendidas e hicieran falta más ejemplos de patriotismo y soberanía.

Y si John Kerry, el Secretario de Estado durante la administración Obama, afirmó en la OEA, en el año 2013, que ya la doctrina Monroe había muerto, aunque siguió aplicándola con la mano enguantada del injerencismo solapado, su sucesor republicano Rex Tillerson, recientemente defenestrado, volvió a esgrimir el garrote de la fuerza y ratificar su “plena vigencia”, con dos blancos esenciales en el punto de mira: Cuba y la República Bolivariana de Venezuela.

Ante ese muro de prepotencia obtusa y trasnochada del monroísmo se antepone como valladar infranqueable la voluntad de los cubanos y otros pueblos latinoamericanos, como el hermano venezolano, de ser libres y poder decidir sus destinos, así como la de varios gobiernos de mantener la independencia económica a través de proyectos integracionistas autóctonos como el ALBA-TCP, la CELAC y la Comunidad de Estados del Caribe.

La vieja dama monroísta es bien conocida por todos. Lo sabe México, que perdió en 1846 la mitad de su territorio; lo sabemos nosotros, que perdimos en 1898 una guerra ganada a España y se nos impuso con la Enmienda Platt un modelo de dominio neocolonial; lo sabe Panamá, que durante casi un siglo perdió sus derechos sobre el Canal; y también Chile con el golpe de Estado fascista de 1973 contra del Gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende.

Ahora que Monroe vuelve a sus andadas, esas clases imperiales no deben ser olvidadas por nuestros pueblos. Válida entonces la alerta de nuestro presidente Raúl Castro, cuando afirmó en la xv Cumbre Ordinaria del ALBA-TCP, celebrada en Caracas, el 5 de marzo del 2018:

“Algunos parecen haber olvidado las lecciones del pasado, los crueles años de las dictaduras militares, del impacto del neoliberalismo, que intentan reinstaurar las nefastas consecuencias que tuvieron para nuestra región las políticas de chantaje, humillación y aislamiento que, como entonces, tienen en Estados Unidos a su principal articulador. Nos anuncian abiertamente la plena vigencia y relevancia de la Doctrina Monroe que proclama la supeditación colonial a los gobiernos y las corporaciones de Washington y que, como advirtiera Bolívar, plagó de dolor y miseria a Nuestra América en nombre de la libertad. Vuelven a subestimar a nuestros pueblos”.


Narciso Amador Fernández Ramírez

Periodista que prefiere escribir de historia como si estuviera reportando el acontecer de hoy


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