martes, 29 de noviembre de 2022

Cuando no se olvida el horror

Los jóvenes asesinados aquel 27 de noviembre de 1871 ayudaron con su sangre inocente a cimentar los sentimientos patrióticos de todo un pueblo y, en particular, de sus contemporáneos...

Yuniel Labacena Romero en Exclusivo 27/11/2016
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Marcha estudiantes medicina, 2016

Lunes. 27 de noviembre de 1871. La capital amanece y ocho estudiantes del primer año de Medicina en la Universidad de La Habana son condenados a muerte por una falsa acusación: la supuesta profanación de la tumba del periodista español Gonzalo de Castañón, en el Cementerio de Espada. El pretexto resultó ser uno de los más espantosos y espeluznantes por aquel entonces, pues los educandos (45 en total) que visitaron el camposanto —cuya entrada no estaba prohibida—, solo condujeron el carro fúnebre y uno de ellos, arrancó una flor.

Alonso Álvarez de la Campa, Anacleto Bermúdez y González de Piñera, Eladio González Toledo, José de Marcos Medina, Augusto de la Torre Madrigal, Ángel Laborde Perera, Carlos Verdugo Martínez y Juan Pascual Rodríguez Pérez son víctimas del odio más recalcitrante del Cuerpo de Voluntarios, que por ese entonces dominaba a la Mayor de las Antillas y buscó a toda costa sembrar el espanto entre el pueblo, y en especial de sus hijos más jóvenes, ante el empuje de las fuerzas independentistas.

Tras un oscuro y fugaz proceso jurídico, celebrado con reiteradas manipulaciones y bajo la presión de las turbas, de una manera arbitraria se decidió pedir la pena máxima para esos ocho inocentes acusados, que apenas rebasaban los 21 años de edad. Las batas blancas de los estudiantes habían sido manchadas con la sangre de la muerte. El resto de los educandos fueron condenados a diferentes penas: once a seis años de presidio, diecinueve a cuatro años de prisión y cuatro a seis meses de reclusión. Solo fueron absueltos dos.

En la explanada de La Punta, frente al Castillo de los Tres Reyes del Morro, los ocho educandos son situados en el edificio conocido como Barracones de Ingenieros, y en sus cuatro lienzos de pared los ubicaron de dos en dos, una pareja en cada lienzo. Llegaron hasta allí atados de manos, de rodillas y con vendas en los ojos. Algunos elegidos por sorteo. A las cuatro y 20 de la tarde se escucharon los disparos de la ejecución en los alrededores de ese emblemático sitio habanero. El sonido ensordecedor de las armas de fuego detonadas dejó enmudecida a Cuba.

El capitán Ramón Pérez de Ayala, jefe del 4to. Batallón de Voluntarios de La Habana había dado las órdenes al piquete de fusilamiento, el cual sin titubeo ninguno cumplió con tamaña barbarie. El gran pecado de querer a su Patria fue, a juicio de los educandos, la razón de su destino fatídico aquel 27 de noviembre, y así lo expresaron en las líneas escritas a sus amigos y familiares poco antes de morir, estos últimos que no pudieron siquiera darles sepultura.

Después de asesinados, los cadáveres escoltados por una compañía del Cuerpo de Voluntarios, los tiraron en una fosa común en extramuros, en un lugar conocido como San Antonio Chiquito, fuera de los límites del cementerio, donde no se permitió poner ni una cruz, ni siquiera una leve señal del sitio exacto donde amontonaron los cadáveres, junto a los de hombres de piel negra asesinados también cuando intentaron rescatarlos aquel día.

Por suerte, nuestros estudiantes tuvieron en el Capitán del Ejército Español Federico Capdevilla un valeroso defensor. Nombrado abogado del caso, el pundonoroso militar amparó la ingenuidad de aquellos muchachos a riesgo de su propia vida. Cuentan que al conocer lo ocurrido extrajo su espada, la quebró en público como expresión de protesta y renunció a continuar prestando servicios como oficial de las fuerzas armadas colonialistas.

Los jóvenes masacrados aquel 27 de noviembre de 1871 entraron en la historia de Cuba como estrellas fugaces, pues al decir del Apóstol “cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe: ¡Empieza, al fin, con el morir, la vida!”. Y ayudaron con su sangre inocente a cimentar los sentimientos patrióticos de todo un pueblo, y en particular de sus contemporáneos.

Esa nueva generación que cada año, desde la histórica Escalinata de la Universidad de La Habana, recorre la calle San Lázaro hasta la explanada de La Punta, donde se levanta el monumento que marca el lugar en que fueron asesinados esos muchachos en la plenitud de sus vidas. Esa nueva generación, que este domingo, a 145 años de aquel horrendo crimen, volverá a marchar porque tiene memoria.


Yuniel Labacena Romero


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