domingo, 23 de junio de 2024

Congreso Obrero de 1914: el tiro por la culata

El presidente Mario García Menocal trató de manipular a los trabajadores cubanos, pero estos utilizaron el cónclave para hacer públicas sus demandas...

Pedro Antonio García Fernández en Exclusivo 28/08/2014
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Con fines electoreros, encauzar a la clase trabajadora hacia la maquinaria política del Partido Conservador con vistas a los futuros comicios generales, el presidente Mario García Menocal financió con más de 17 mil pesos el Congreso Nacional Obrero de 1914.

Para organizar este foro proletario se creó una comisión organizadora , donde junto a politiqueros como el abogado Francisco Carrera Jústiz, coincidían intelectuales que creían honestamente en la posibilidad de lograr la justicia social mediante reformas, como Juan Antiga.

Como había que darle apariencia proletaria al evento, se convocaron a algunos dirigentes del sindicalismo de la época, como el portuario Pedro Roca y reformistas de la talla de Antonio Castell, Claudio Pinazo y Domingo Salazar.

Del 28 al 30 de agosto de ese año, en la sala del teatro Politeama (ubicado en donde hoy está la Manzana de Gómez), reunió a más de mil 400 delegados de todo el país, en representación de gremios obreros, sectores proletarios no organizados y algunas organizaciones de campesinos.

Por su parte, para los trabajadores un congreso de esas características podía constituir una posible tribuna de repercusión pública para exponer sus demandas por mejores condiciones de vida y de trabajo, amén de una oportunidad de dar pasos de avance en su organización clasista.

El sueño de una central sindical única nacional ya era una necesidad imperiosa para la defensa de sus intereses. 

Situación de la clase obrera

Aunque la clase obrera, en su incesante lucha contra la explotación desde que se instaurara la república neocolonial, había podido arrancar algunas conquistas y leyes sociales, estas eran incumplidas por patronos e ignoradas por los desgobiernos de turno.

Todavía en 1914 la jornada de trabajo en Cuba era de 10 a 14 horas y más. Imperaban salarios miserables, sin que existiera por legislación un pago mínimo y en el campo se seguía pagando con vales a los trabajadores agrícolas aunque la Ley Arteaga (1909) lo prohibía.

No había protección laboral por accidentes de trabajo, al negro se le discriminaba, a las mujeres y los niños, aunque hiceran el mismo trabajo que un hombre  se les pagaba la mitad o la cuarta parte de lo que este recibía.

Los pocos gremios y asociaciones obreras hacían su labor en un estado de semilegalidad y no eran reconocidos, en la mayor parte de los casos, por patronos y jueces.

El Congreso deviene tribuna obrera

Aunque la presidencia del congreso estaba copada por elementos reformistas y figuras destacadas del gobierno, lo que le imprimía un carácter marcadamente oficialista, las organizaciones obreras pudieron elegir libremente a los delegados al cónclave.

En el transcurso de las sesiones, los delegados genuinamente obreros plantearon problemas que salieron de los límites fijados por los organizadores y expusieron con fuerza cuáles eran las verdaderas aspiraciones de las masas. 

Gálvez Otero, en representación de los tipógrafos, demostró fehacientemente que el jornal promedio era inferior al mínimo de dinero que para gastos imprescindibles necesitaba una familia cubana..

Reclamó además que la ley fijara la jornada laboral de ocho horas y se procediera a la higienización de los talleres tipográficos, pues "en la mayoría de ellos falta luz y no hay suficiente ventilación". 

El problema de la tierra fue abordado por los delegados de las asociaciones de agricultores de Güines y San Antonio de los Baños, José Alfonso y Miguel Rodríguez, quienes se refirieron a la supresión del latifundio, el reparto de tierras a los campesinos y la ayuda estatal a éstos.

Los tabacaleros sustentaron la necesidad de una federación obrera nacional y proclamaron que mientras los medios de producción sean del exclusivo patrimonio de unos cuantos, la carestía de la vida, como otros males, subsistirán en la sociedad, pesando más directamente sobre los trabajadores". 

Otras mociones presentadas sobre la seguridad social por accidentes de trabajo, la necesidad de una secretaría (ministerio) de Trabajo y la igualdad de derechos de la mujer pusieron incómodos a lo reformistas y politiqueros que integraban la presidencia.

Igualmente la condenación a la guerra imperialista que había estallado entonces en Europa, argumentada por Esteban Peña fue aprobada por amplia mayoría. Otro delegado, Juan de Bravo, denunció al tratado comercial con Estados Unidos por encadenar al país y ponerlo a merced del mercado único.

Resultados del congreso

Aunque los organizadores del evento recogieron en acuerdos todas las demandas, nunca hubo la intención en el gobierno de tomarlas en cuenta. El gran valor de este congreso consistió en que los obreros públicamente expusieron los problemas de su clase en esa época y plantearon sus auténticas aspiraciones.

Hubo un delegado que recordó incluso a sus compañeros que la redención de los trabajadores habría de ser obra de los trabajadores mismos.

Un actor del popular teatro Alambra, que solía comentar con sus chistes el panorama político nacional, dio una justa valoración del foro obrero cuando dijo que a Menocal y su camarilla “el tiro les salió por la culata”.  

Seis años después, el proletariado cubano se reuniría en otro congreso, verdaderamente obrero y nacional, donde se reconoció la absoluta necesidad de la unidad y comenzaron a darse los primeros pasos para la creación de una central sindical nacional.


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Pedro Antonio García Fernández

Periodista apasionado por la investigación histórica, abierto al debate de los comentaristas.


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