viernes, 9 de diciembre de 2022

Baraguá, el eslabón imprescindible

La Protesta de Baraguá nos dejó, como legado, la intransigencia revolucionaria como tradición patriótica...

Pedro Antonio García Fernández en Exclusivo 16/03/2014
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Portesta de Baraguá
Momento del diálogo entre el oficial español Martínez Campo y Antonio Maceo Grajales.

*Cubahora se complace en presentar sus artículos exclusivos anteriores al 2011.

Se citaron para el 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá, en la hoy provincia de Santiago de Cuba.

"¿Cuál de ustedes es el señor Maceo?", dijo el general español Arsenio Martínez Campos, con la señalada intención de evidenciar que no les reconocía la beligerancia ni los grados militares a los mambises. "Yo soy el general Maceo", le rectificó el jefe insurrecto.

Ya desde su inicio, aquel encuentro presagiaba el enfrentamiento de dos fuerzas antagónicas: la del Estado español, representada por el rico entorchado del militar segoviano; la de la nación cubana, por la humilde chamarreta del mulato cubano.

A Martínez Campos le perseguía la fama de su habilidad en la diplomacia y la retórica, con las que en España había puesto fin a una guerra civil de varias generaciones, al desarmar con su verbosidad a carlistas y facciosos.

Tales cualidades le habían sido muy útiles para lograr que los cubanos dejaran caer la espada en el Pacto de paz del Zanjón. Pero en Baraguá, andaba muy mal informado: le habían asegurado que encontraría a un "mulato que era arriero y hoy se cree general".

En realidad, los Maceo nunca habían sido arrieros, sino pequeños propietarios de fincas. Tenían cierta instrucción y excepto los padres, todos sabían leer y escribir, y gustaban de la lectura de monografías y novelas históricas.

El general español creyó también que la única razón de la entrevista en Baraguá era la vanidad del cubano y se dispuso a halagarla. El jefe mambí le atajó a tiempo e igualmente, en voz baja y con un gesto conminatorio, impidió la lectura de las bases del Pacto del Zanjón.

En Cuba, le advirtió a Martínez Campos, nunca podría haber paz sin independencia ni abolición de la esclavitud y en el Pacto nada de esto se contemplaba.

SU REAL SIGNIFICACIÓN

Maceo también había avizorado que, después del Zanjón, si no se producía una conmoción que contrarrestara a la capitulación, resultaría casi imposible en el futuro convocar a las nuevas generaciones para iniciar una nueva etapa de lucha.

Con la rendición, iba a reinar el desaliento, se desvanecía toda la mística de 1868, las tradiciones patrióticas devenidas convicciones que constituían entonces, y aún hoy, el basamento ideológico de la nacionalidad cubana.

Diez años de esfuerzos por forjar una nación se perdían en un instante de vacilación.

Quien piense que a Maceo solo le interesaba continuar la guerra tras el infame Pacto, subvalora al Titán. Eso era lo que menos le preocupaba.

Su Protesta no perseguía objetivos militares, sino crear una conmoción política e ideológica entre los cubanos que salvara para el futuro el prestigio de la Revolución del 68 y convirtiera la capitulación en simple tregua.

He ahí el verdadero significado de Baraguá.

EL HILO CONDUCTOR

Solo ante la intransigencia de Maceo, Martínez Campos comprendió su errónea apreciación. Su verbosidad se estrellaba contra los principios no negociables del cubano.

Con su Protesta, Maceo trastornaba de un golpe la historia de Cuba. El Zanjón no había puesto fin a la guerra, sino a tan solo una de sus etapas.

"¿No nos entendemos?", indagó el español. "No nos entendemos", replicó el santiaguero.

La noticia se propagó por el campamento cubano y un combatiente mambí comenzó a gritar: "El 23 se rompe el corojo".

Maceo, dicen, sonrió. Sabía que el hilo conductor, trenzado por Carlos Manuel de Céspedes en el ingenio Demajagua y que el Zanjón había tratado de quebrar, ya se había restañado.

Poco importaba si los pocos cubanos que quedaban sobre las armas podrían mantener en 1878 la beligerancia.

No más temprano que tarde, y de esto estaba totalmente seguro el general santiaguero, el pueblo cubano volvería con nuevos bríos a la manigua y el viejo sueño de Céspedes, Padre de la Patria, que los caballos mambises abrevaran en el Almendares, se cumpliría.

Nos dejaba así, como legado, la intransigencia revolucionaria como tradición patriótica, prefigurada ya por Céspedes en Yara y en el incendio de Bayamo, continuada después por José Martí, Julio Antonio Mella y Antonio Guiteras, por Fidel Castro en Cinco Palmas y en la consigna "Patria o Muerte".

Y ratificada, en fecha más reciente, por todo nuestro pueblo en el Juramento de Baraguá.


Pedro Antonio García Fernández

Periodista apasionado por la investigación histórica, abierto al debate de los comentaristas.


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