Hay nombres que no regresan a un escenario: evolucionan dentro de él. Viengsay Valdés es uno de esos nombres. La directora del Ballet Nacional de Cuba integra el jurado del XV Concurso Internacional de Ballet de Moscú, una cita que, más que competencia, funciona como termómetro global de la danza.
El certamen, celebrado en el Teatro Bolshói del 25 de junio al 5 de julio de 2026, reúne a 158 bailarines de 30 países; iversidad de escuelas, técnicas y sensibilidades que confluyen en un mismo espacio: el de la excelencia.
Pero la presencia de Viengsay no es circunstancial, su historia con Rusia no comienza aquí, ni se limita a una invitación reciente. Es una relación construida a lo largo del tiempo, entre escenarios compartidos, homenajes y colaboraciones memorables.
En 2005, su figura ya se insertaba en ese mapa al participar en una gala en el Palacio del Kremlin en honor a la legendaria Maya Pisétskaya. Aquel momento no fue solo simbólico, sino una declaración de afinidad artística.
Luego vendrían otras escenas: Don Quijote en San Petersburgo, junto a figuras del Mariinsky, ensayos en la academia Vaganova, diálogos silenciosos con la tradición rusa, y una Carmen que ocupó el centro de la gala de clausura del Festival del Mariinsky en 2011.
- Consulte además: Tributo de Francia a Viengsay Valdés
Ese mismo año, el Bolshói la recibió en un homenaje a Alicia Alonso, como si dos grandes linajes del ballet se reconocieran mutuamente sobre el escenario. Desde entonces, su presencia ha sido recurrente, coherente y orgánica.
En 2016 volvió al Kremlin, en 2023 integró el jurado del Prix Benois de la Danse, y ahora en 2026, su mirada forma parte de una de las decisiones más exigentes del panorama danzario.
El jurado está presidido por Svetlana Zakharova, figura emblemática del Bolshói, y reúne a personalidades de Europa, Asia, América y África, en un cruce de perspectivas que define el pulso del ballet actual. En ese entramado, Viengsay representa algo más que a sí misma. Encierra una tradición, una escuela, una forma de entender el movimiento.
Mientras tanto, sobre el escenario, otros nombres comienzan a abrirse camino, Helen Azurmendi y Jason Baró, estudiantes de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso, participan en la competencia, representando a Cuba en esta edición, una nueva generación que se inserta en circuitos internacionales cada vez más exigentes.
Sus pasos dialogan, inevitablemente, con una herencia que los precede, y en algún punto no visible, pero latente, esa herencia también se sienta en el jurado.
El concurso sigue su curso, entre variaciones, aplausos y silencios tensos. Pero más allá de premios y medallas, lo que se pone en juego es otra cosa: la continuidad; la transmisión de un lenguaje, la capacidad de una tradición para seguir respirando en cuerpos nuevos.
Moscú, una vez más, se convierte en escenario de ese cruce, y Cuba, desde distintas posiciones, vuelve a estar presente; no como visitante, sino como parte activa de la conversación global del ballet.

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