jueves, 13 de junio de 2024

La música cubana recontada por sus hijos

Los acordes nacionales están en el debate de la cubanidad…

Mauricio Escuela Orozco en Exclusivo 16/05/2024
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Buena Vista Social Club
Buena Vista Social Club es un Grupo de legendarios músicos cubanos que cultivaron el Son Cubano en los años 1930-1950 y parte de los cuales se volvieron a unir en el año 1996, fundamentalmente para grabar y hacer presentaciones internacionales

La música cubana debe ser protegida. En los tiempos en los cuales cualquier cosa clasifica como tal, los acordes de lo que nos define son bien esenciales. Aquí ha habido desde siempre movimientos autónomos en las diversas manifestaciones, desde Esteban Salas hasta la trova tradicional y las orquestas populares. Por ello, defender lo que Cuba expresa en materia de ritmos no solo va en la línea de la política cultural sino en el concepto de patria que tenga cada artista. Alejo Carpentier, que entendió la noción de los contextos sociohistóricos como nadie, escribió una de las historias de la música cubana más completas que existen. En ese documento, no solo está subyacente el dato empírico con toda la época que le otorga entidad, sino la sustancia de una nación en la cual siempre fue muy importante a banda sonora, el trasfondo, ya fuera de un pregón o de una misa cantada, de un coro o de una voz que en solitario narra los avatares de un pueblo sufrido, pero a la par consciente de sí mismo.

Quizás es mucho lo que queda por hacer aún, estamos lejos de alcanzar cuotas de protección en materia de derecho de autor, de agasajo a los grandes de la música, de digno reconocimiento a todos los que conforman el olimpo nacional. De hecho, persisten visiones maniqueas que se evidencian por ejemplo durante la entrega de los Premios Grammy. En realidad, la cultura cubana es una sola y posee los elementos más identitarios y bien definidos que se puedan concebir. Desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, ha habido una complejización de los procesos de mezcla y de mestizaje que han hecho de la música un híbrido precioso. La masividad, en estas islas, no fue sinónimo de ser de mal gusto, ni de banalizar el arte de los ritmos. Al contrario, siempre pudimos encontrar en nombres como Benny Moré, por ejemplo, un destello de sensibilidad que iba más allá del simple goce del baile. Fina García Marruz, en su poesía, destacaba unos versos dedicados al cantante de Santa Isabel de las Lajas. Allí se respira una nostalgia por unos años ya idos y por la elegancia de la voz del Benny, que de alguna manera encarna la metafísica de un país que ya ha transcurrido.

Y es que cuando personalidades de la llamada alta cultura como Fina o Alejo le dedican partes trascendentes de su obra a los ritmos cubanos y caribeños, hay algo profundo que hallar allí, una especie de protagonismo de la masa que de manera anónima va empujando los procesos de toma de conciencia y que luego ello se traduce en la cristalización de cuestiones serias y definitivas. El papel de la crítica de arte y de los reseñistas de la música ha sido crucial y tenemos, en nuestra historia, a personalidades como Alejandro García Caturla, quien a la vez que se dedicó a una rica y original producción, hizo gala de su buen gusto y de su pensamiento al ejercer el criterio en torno a cuestiones a debate de la producción sonora de su tiempo. Entonces toca a la Cuba del presente la realización de festivales y eventos en los cuales no se deje que la cultura caiga en el desuso, ni en el olvido, donde se valide el talento y no solo la arbitrariedad del mercado o la voluntad de un grupo de personas. Ese es el criterio que nos toca defender. Porque existe en las canciones más populares, en las que todos bailan, también una eticidad, que deriva en el sentido de lo que somos los cubanos. Y tales cuestiones a debate no se abandona, sino que se afrontan.

Una experiencia aleccionadora, que ha sabido preservar el legado es el Cubadisco, pero con un sector muy reducido de difusión. Algo que pudiera ser de una índole mucho más impactante y que tendría que defender la cultura cubana en su esencia universal, aún detenta rezagos que le impiden llegar a los públicos en los cuales se conforma el gusto y por ende las pautas del consumo. Pero no se trata de competir en el sector de la comercialización ya que se sabe que estamos en desventaja, sino aceptar el reto ideológico y tener listos los resortes de una producción que vaya acompañada por la crítica. En esos dos avatares estaría contenido el deber ser de una visión del arte que tiene que apartarse del facilismo, de la banalidad o del cliché. Y es que Cuba no solo reside en las playas o en los palacetes coloniales, hay muchas patrias que entrechocan unas con otras y que dan paso a la conflictividad real de una nación. En definitivas, de lo que se trata es del ser auténtico de lo cubano que Fina supo apreciar en las canciones de Benny y que está en todo cuanto es hermoso y profundo.

Ojalá y cuando se trace el derrotero de estos tiempos y haya que hacer juicios en retrospectiva, hayamos hecho todo lo que es correcto, lo que es justo en materia de política cultural. Y no que lamentemos la tibieza, la inexactitud, el enojo a destiempo, la vulgaridad en sus mil caras. No solo hay que hacer un Cubadisco, sino que tendríamos que tener una industria nacional que vendiera esas producciones y las colocara en su justo sitio. No puede ser que debamos esperar a que nos vuelvan a descubrir, como pasó hace unos años con el Buenavista Social Club que resucitó de sus cenizas cuando ya nadie apostaba por los géneros ni por los nombres. Y es que nada nos va a traer más felicidad que lograr las cosas por nosotros mismos, con los recursos que tenemos y sin que queden recodos ocultos en la arena donde se construye lo cubano.

Quizás por eso los Grammy son cada vez más un arma que se usa con intencionalidad política y no siempre en la porción más transparente de la historia. Porque les estamos dejando la tarea de construir el imaginario de las masas y luego, cuando queremos saber por dónde este se mueve, nos quedamos sorprendidos por las matrices, las tergiversaciones, las cuestiones tristes que se desandan en esos parajes de la creación a veces a medio camino entre el comercio y el arte.

La cultura es un campo en disputa, pero donde se va a combatir siempre con el buen gusto y nunca en contra de la esencia de nuestra identidad nacional. Hay ingredientes que no pueden faltar y que le dan peso a los criterios que tenemos y que manejamos en las redes y en los sitios de debates. En esos puntos fuertes hay que afincarse para reafirmar lo que somos y también las aspiraciones más puras. Una nación que no vuelve a Carpentier y reclama los orígenes de la música está condenada. Pero el tiempo de ese olvido no tiene por qué llegar ni tornarse eterno. En eso estamos.

 


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Mauricio Escuela Orozco

Periodista de profesión, escritor por instinto, defensor de la cultura por vocación


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