El telón de Cuba, la que se estremece con cada relato humano, se ha bajado en un acto de profunda reverencia. Paula Alí, la actriz cuya presencia de entrañable calidez se instalaba cada tarde en los salones cubanos a través de la pequeña pantalla, ha fallecido este tres de agosto.
Su partida marca el silencio de una filosofía de vida y de oficio: la de quien, con una voluntad indomable, nunca concibió pedir permiso para habitar sus sueños.
Y es que Paula Alí se consagró en la memoria de esta nación a fuerza de anhelo y voluntad.
Nació en Candelaria, Pinar del Río, en 1938, en un pueblo de campo donde «todo era muy difícil», como confesó en más de una entrevista.
No conocía a nadie en el ambiente artístico, y por aquellos años el arte «estaba más bien al alcance de las clases medias y altas». Pero ella, con la terquedad de los que tienen claro su destino, dedicó los ratos libres a representar personajes producto de su imaginación.
Su único y gran sueño era ser actriz, y por mediación de su hermano, que trabajaba en un taller donde se hacían trofeos para premiar artistas, logró que la contrataran como extra en la CMQ.
Su función: permanecer sentada junto a otras muchachas. Pero a Paula eso le bastaba. El hecho de estar en la televisión, confesó, la hacía inmensamente feliz. No tuvo que esperar mucho para que le asignaran pequeños papeles, y así, fue creciendo a la sombra de grandes maestros.
Del cabaret televisivo al Teatro Estudio medió el encuentro con figuras que marcaron su vida. En 1965, Erdwin Fernández la invitó a participar en la obra Voy abajo. Luego vino Bertha Martínez, a quien siempre consideró una de las más grandes maestras del teatro cubano.
Fue ella quien la ayudó a formar parte de Teatro Estudio, donde, en sus palabras, echó los cimientos de lo que más tarde se convertiría en una sólida carrera actoral.
También recibió enseñanzas de Héctor Quintero, Vicente Revuelta y Abelardo Estorino, lo que consideró siempre una gran dicha.
Teatro, cine y televisión fueron los tres pilares de su vida. Pero si había que escoger, Paula Alí confesó en reiteradas ocasiones que se quedaba con el teatro, porque su práctica ofrece la posibilidad de un intercambio más directo con el espectador.
«No tienes que esperar para saber si el personaje que interpretaste tiene o no aceptación». Esa verdad a flor de piel, era lo que la cautivaba, porque permite perfeccionar el personaje, según la aceptación popular.
Su legado en la televisión cubana es inmenso. Telenovelas como Enamorada del mar (1989), Retablo personal (1992), Las huérfanas de la Obrapía (1999) o Los hijos de Pandora (2022) la convirtieron en un rostro familiar para generaciones enteras.
En el cine, películas como La lista de espera (2000), Nada (2001) —que le valió un premio en Cartagena— o El mundo de Nelsito (2023) confirmaron su versatilidad. Y sobre las tablas, bajo la dirección de Bertha Martínez, Vicente Revuelta y Carlos Díaz, construyó algunos de los momentos más intensos del teatro cubano contemporáneo.
Este mismo año, el Consejo de Dirección del Instituto de Información y Comunicación Social le otorgó el Premio Nacional de Televisión 2026, un reconocimiento que, como escribió Yaimara Portuondo en Cubahora, «más que coronar una carrera, confirma lo que el público ha sabido durante décadas: que su arte forma parte del tejido íntimo de la cultura cubana».
Quienes la conocieron destacan su sencillez y humildad. Paula Alí se va, pero su voz, la savia de su espíritu que encarnó la fiera autoridad de Bernarda, la astucia ancestral de Celestina y el desgarro poético de Yerma en las sagradas tablas, con esa manera tan suya de habitar cada papel, se quedan.
Ella era de esas presencias que se vuelven historia; y la historia, como el buen teatro, siempre vuelve.

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