miércoles, 8 de febrero de 2023

Fidel, esa llama eterna

Partió hace cinco años a su más larga expedición, invicto y admirado por su pueblo…

José Ángel Téllez Villalón en Exclusivo 25/11/2021
0 comentarios
Fidel Castro-Universidad Central-Venezuela
“Una Revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas”,expresó Fidel en febrero de 1999, en la Universidad Central de Venezuela. (Tomada de Fidel Soldado de las ideas).

El espartano de Birán lo tuvo siempre claro, “la Revolución no es sólo hacer leyes; es crear una cultura política nueva”. No bastaba conseguir el apoyo de las masas a las leyes revolucionarias, sino su movilización transformadora, mediante la socialización de nuevos valores y una nueva axiología. Fue consciente de que una Revolución es real si es permanente, si desarrolla y hace hegemónicas nuevas formas simbólicas y prácticas sociopolíticas que transformen las nociones de lo político.

Una nueva cultura, con nuevos ordenamientos de todo aquello que está en capacidad de expresar significado, como los símbolos, los discursos, los rituales y los espacios de socialización, que condicionan las orientaciones y el comportamiento de los ciudadanos. Un nuevo marco referencial que otorgue sentido a la totalidad de las prácticas sociales. La “creación heroica” por ciudadanos virtuosos de una nueva, otra, asunción de su naturaleza humana; a través del trabajo liberado y también de la expresión de esa condición humana a través de la cultura y el arte.

Subvertir lo asentado en el imaginario popular, por siglos de prevalencias de relaciones prehistóricas, del “sálvese quien pueda”, del hombre lobo de otros hombres, solo podía concretarse con grandes irrupciones simbólicas. Con la concreción metafórica, la práctica de transportar o transmutar los significados asociados a ciertos edificios o instituciones; como la de convertir cuarteles en escuelas, el Palacio Presidencial en el Museo de la Revolución, o el Capitolio en la sede de la Academia de Ciencias. También está el hecho de construir cientos de escuelas y hospitales y ningún edificio público. Se estructuran así momentos “socialísticos”, que apuntan armoniosamente hacia la justicia, “ese sol del mundo moral”, y se enriquecen a sí mismos en la resonancia con los sentidos de sus discursos, de sus largos actos de palabras, concientizadores y persuasivos.

Inolvidable fue para mí aquella mañana del 1.o de mayo del 2000. Bien firme, escuché su conceptualización de Revolución. La emoción me llevó a la certeza que era testigo presencial de un hecho histórico; solo comparable —al menos en mi historia personal— con aquella noche de enero, al finalizar la marcha de las antorchas, que en el Parque Central aseveró que Cuba sería un eterno Baraguá.

Desde muy joven había hecho uso de la palabra para librar sus batallas políticas. Se han de recordar sus arremetidas en mítines en la Universidad de La Habana. Igualmente, sus denuncias públicas de las irregularidades de los gobiernos de turno en la radio y en la prensa escrita. Con más arrojo después del golpe batistiano del 10 de marzo de 1952, con artículos como “Revolución no, zarpazo”, “Yo acuso” y “¿Qué diferencia hay?”.

El devenir independentista cubano tuvo en el 1.o de enero de 1959 su delta para desembocar utopías, su delta cultural más disruptivo. Fue el cierre de un ciclo histórico y el punto de partida hacia nuevas conquistas. El de la progresión del sueño de nuestros héroes y mártires, desde la Revolución de Céspedes, y la consecución del triunfo de “los pobres de la tierra” en nuestro archipiélago. Esa fue la gran obra de nuestro líder histórico.

Sobre su figura y legado se repiten mil mentiras y tergiversaciones. Fidel no asaltó al poder desde la Sierra Maestra, fue el tercer presidente después del triunfo de la Revolución e hizo dejación de su cargo en dos ocasiones: al de Primer Ministro en el verano de 1959 —luego de ser nombrado en el cargo por el primer presidente de la República Manuel Urrutia— y al de Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, en febrero del 2008, por problemas de salud. Como Primer Ministro del Gobierno Provisional mantuvo el apoyo mayoritario de la población cubana, respaldo que tuvo como expresiones contundentes el reclamo popular para su retorno después de aquella renuncia como Primer Ministro, las dos declaraciones de La Habana (1960 y 1962) y la de Santiago de Cuba (1964).

Fidel Alejandro Castro Ruz fue un estadista como no abundan en estos tiempos. Así lo valoraron hasta sus propios adversarios. El presidente Barack Obama dijo a apropósito de su partida física: “La historia guardará y juzgará el enorme impacto de esta figura singular en la gente y en el mundo”. Sanders, el mejor candidato a presidente que ha podido producir la sociedad estadounidense, respaldó las declaraciones de Obama y reiteró lo que en 1985: “Fidel Castro educó a los niños, les dio salud, transformó la sociedad”.

Partió hace cinco años a su más larga expedición, invicto y admirado por su pueblo. Vencedor contra el insaciable y poderoso imperio porque entabló la disputa en el terreno que podía ganar. La batalla debía ser fundamentalmente política, cultural y ética. Por eso desplegó todo un repertorio de acciones simbólicas durante la Batalla de Ideas, que como él mismo aclaró, no se debía circunscribir a palabras o discursos, sino que debía expandirlas a sus posibilidades movilizativas, su objetivación en logros, en “hechos y, realizaciones concretas”.

De Martí, como más de una vez reconoció, aprendió el valor y la fuerza de las ideas. “La vida sin ideas de nada sirve. No hay mayor felicidad que la de luchar por ellas”, concluyó en su reflexión La llama eterna. “Una Revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas”, fundamentó en un encuentro con estudiantes venezolanos. En los tiempos más difíciles del periodo especial defendió que la cultura era lo primero que había que salvar.

“Considero que la falta de educación es el mayor daño que se le puede hacer [a un niño]”, expresó en una de sus reflexiones. En otra apuntó: “Es obvia la preocupación que siempre ha tenido la Revolución cubana con la educación del pueblo. Juzgando mi propia experiencia, llegué pronto a la idea de que únicamente la conciencia podía prevalecer sobre los instintos que nos rigen”. Fue un convencido de que lo que más vale del ser humano “es su educación a través de la conciencia”. En un mundo “donde impera el valor comercial de los bienes y servicios” y consciente de que “la publicidad y el consumismo son inconciliables con la supervivencia de la especie”, alerta en su Reflexión sobre duras y evidentes realidades acerca del peligro de que en laboratorios estén naciendo armas que “pueden poner fin a la vida humana” y sirvan para “manipular las funciones de las células del cerebro”.

Cuestionó los modos en que las élites “superprivilegiadas y poderosas”, a través de sus medios de desinformación masiva y sus imperialistas industrias culturales siembran “reflejos condicionados en las mentes de los pueblos”. Dijo: “Las transnacionales de la información dominan la información del mundo; se publica lo que ellos quieren, a través de sus medios, sus tecnologías, sus computadoras, sus satélites; ellos aprietan un botoncito y sobre cualquier cosa aparecen 50 noticias y tienen máquinas automáticas de transmitir (…). Han deformado la mente humana”. Frente a ello hay que “buscar conceptos y hay que tener ideas que permitan un mundo viable, un mundo sostenible, un mundo mejor”.

“En este momento el enfrentamiento al imperialismo y su propaganda requiere una fortaleza espartana. Pero vencerlo, no significará, como entonces llegar con el escudo o sobre el escudo; habrá que lograrlo con instrucción y con cultura sobre todo política... Hay que tener todas las municiones ideológicas necesarias para discutir sobre cualquier tema a cualquier hora, en cualquier lugar.”, advirtió en 1999, en la Clausura del Seminario Juvenil y Estudiantil Internacional sobre el neoliberalismo.

El poder de su Revolución, la que continuamos con Raúl y Díaz-Canel, se prueba en la capacidad de multiplicar surcos y frutos, de concretar viejos sueños, adelantar expectativas y nuevas reglas de organización, que expresen la voluntad de la mayoría. Esa que valora y defiende, como “derecho de hombre”, el acto de cultivar su cuerpo y su mente, para el “bien de todos”, y sin imposiciones extrañas.

Con el ejemplo de Fidel durante la travesía del Granma, o en la batalla por el regreso de Elián, hagamos con el corazón y velemos porque ni un solo cubano quede abandonado a su suerte. La inmensa obra que construimos, pese a zancadillas y agresiones, debe llegar a cada rincón de la nación, a cada barrio, con la solución o con la esperanza. Las prácticas solidarias y comprometidas deben ganarle siempre al individualismo y la desidia. Ese será el mejor homenaje a quien nos enseñó a vencer.


Compartir

José Ángel Téllez Villalón

Periodista cultural


Deja tu comentario

Condición de protección de datos