//

lunes, 28 de septiembre de 2026

El alma en las palabras: Rubén Rodríguez González.

De aquel joven tímido que devoraba libros y dudaba de su potencial para escribir queda hoy la misma modestia entrañable, crecida ahora por una madurez intelectual que lo ha consagrado por derecho propio como una de las estrellas del mundo de las letras...

Mélany Quevedo Rojas en Exclusivo 28/09/2026
0 comentarios
Rubén es la mezcla de la sencillez, la modestia y una sinceridad desarmante.
Rubén es la mezcla de la sencillez, la modestia y una sinceridad desarmante. (Mélany Quevedo Rojas / Cubahora)

Algunos oficios se eligen desde la razón, pero existen vocaciones que nacen abrigadas de libros desde la infancia. Por el suelo de las redacciones avanzan los pasos que, aunque son muy discretos, dejan huellas profundas en el tiempo y de alguna forma, en la gente.

El universo literario que resguarda los pasos de Rubén dista de partir exclusivamente de sus vivencias semirrurales del poblado donde creció, porque su mente viaja por otros mundos distantes; pero haber crecido escuchando historias campesinas, que se contaban en San Marcos de Auras, luego llamado Floro Pérez, de nuestro gibareño municipio, desarrolló en aquel pequeño ese don de contar historias. A sus tres años se escapaba a la biblioteca escolar y mientras otros niños se leían El principito, Rubén antes de sus doce años alimentaba su mente con libros como La Ilíada, La Odisea y Dafnis y Cloe.

De aquel joven tímido que devoraba libros y dudaba de su potencial para escribir queda hoy la misma modestia entrañable, crecida ahora por una madurez intelectual que lo ha consagrado por derecho propio como una de las estrellas del mundo de las letras. Su obra nos enseña que ni el buen periodismo ni la gran narrativa surgen del capricho; se construyen con lectura constante y mucha visión en los detalles.

Cuando crucé por primera vez la puerta del semanario ¡ahora! con los nervios a flor de piel para cumplir mi trabajo socialmente útil, Rubén era solo un gran periodista del que había leído en los medios cuando salí del pueblo de Bocas que, como Floro Pérez, también es gibareño. No había leído sus cuentos de pequeña ni grabé alguna imagen suya de las noticias, lo conocí así: un hombre con magníficas habilidades para comunicar a través de sus letras, y a través de su voz, aunque esta no sea su herramienta favorita. Bastaron un par de encuentros para ser consciente del privilegio que significaría aprender de uno de los mejores. Aquel hombre de andar calmado y verbo implacable fue la motivación que necesitaba para descubrirme en el mundo del periodismo.

Fue así como me convertí en “la recluta”, como desde el cariño y la paciencia ante mi intensidad, me nombró. Nuestro medio periódistico común me brindó el honor de contemplarlo de cerca en el protocolo de esta trigésima cuarta edición de la Feria Internacional del Libro en Holguín, un acontecimiento que abrazó su obra y su magisterio con el orgullo de toda una provincia. Estábamos de sobra familiarizados con su impronta ininterrumpida y aguda en el semanario ¡ahora! y en la Revista Cultural Ámbito, pero la feria nos concedió el privilegio de adentrarnos en la intimidad de su mundo literario. A Rubén escribir le duele, le divierte y le apasiona, y eso se observa en cada línea suya que leas.

Rubén es la mezcla de la sencillez, la modestia y una sinceridad desarmante. Posee un sentido del humor fino, a veces con un tono más oscuro entre la ironía inteligente y la ternura, capaz de sacudirte las neuronas y obligarte a pensar más allá de lo evidente. Vivimos tiempos acelerados donde escuchar a alguien durante más de veinte minutos puede fatigar; con Rubén ocurre lo opuesto, lo he comprobado en diferentes ocasiones y lugares: te habla y, sin que lo notes, te transporta a zonas de la reflexión donde se goza de conocimiento.

Sus estudios de periodismo en la Universidad de Oriente, sus conocimientos del Taller Nacional de Técnicas Narrativas Onelio Jorge Cardoso  que cursó y su alma literaria lo hacen dueño de una arquitectura narrativa que cruza con soltura las fronteras. Atesora galardones de un peso indiscutible en el mapa de las letras, entre tantos de ellos el Premio Celestino de Cuento en 1999 (gracias a Flora y el ángel), el Premio Alejo Carpentier de Cuento en 2019 por El año que nieve, un libro sin estridencias que muestra los pequeños grandes conflictos, las pérdidas y los dolores cotidianos de nuestra humanidad; y el prestigioso Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, concedido en su vigésima segunda edición en 2024 por su pieza magistral Las codornices.

Lejos del endiosamiento o la petulancia que a menudo acompaña a los grandes nombres de las letras, él conserva intacta la humildad del creador perpetuamente insatisfecho, ese rigor implacable que lo persigue y lo empuja a buscar la exactitud milimétrica en cada signo de puntuación, atrapado todavía, como él mismo confiesa con gracia, en el hermoso síndrome del impostor.

Las personas suelen modular su personalidad en dependencia de los espacios que ocupan, las tendencias o la presencia de los reflectores. Rubencito, como sus amigos lo llaman, no. Rubén es siempre el mismo, aunque claro, acompañado de sus otros.

Él es inspiración; es el suspiro de confianza al encontrarse un rostro conocido en medio del bullicio de un lugar desconocido. Es el profe al que acudes con el borrador de un texto, sabiendo que te ayudará y enseñará a usar tu voz para corregirlo; es el hombre firme que te regala un consejo certero y sin filtros o falsas cortesías. Como profesor universitario y promotor cultural incansable ha construido puentes generacionales, demostrando que la cultura holguinera late con una salud fuerte gracias a espíritus limpios como el suyo.

En esta gran fiesta de la lectura que fue la Feria Internacional del Libro en Holguín, sus amigos lo vimos nervioso, muy agradecido y sobretodo, feliz. Escoger a  Rubén Rodríguez González como el homenajeado de esta fiesta no es más que la consecuencia natural de una vida entregada en cuerpo y alma a narrar tanto nuestra realidad como nuestra ficción.

Para quienes tienen la grata oportunidad de leerlo en su columna del semanario ¡ahora! o en sus tantísimos libros, Rubén seguirá siendo siempre el faro ético, el profe entrañable que nos demostró que la literatura, al igual que el periodismo ejercido con decencia, es refugio y una forma incorruptible de la hermosura.


Compartir

Mélany Quevedo Rojas


Deja tu comentario

Condición de protección de datos