martes, 23 de julio de 2024

La crianza no es una segunda oportunidad

Proyectar en los hijos nuestras frustraciones, anhelos, miedos o prejuicios es común y nocivo, porque les robamos la oportunidad de trazar su propio camino, asumir sus errores, y aprender de ellos...

Yeilén Delgado Calvo
en Exclusivo 04/05/2024
0 comentarios
madre e hijo
Cada niña o niño vuela en su propio tiempo, podemos aconsejar pero no trazar la ruta. Ilustración tomada de Criar con Sentido Común

La primera vez que escuché la frase “matar el enano”, fue en un cortometraje; la historia iba sobre la actividad frenética de una madre para organizar la fiesta de quince de su hija, una tan buena como la que ella había querido y no podido tener.

La adolescente, tímida y de pocos amigos, vivía los preparativos como una tortura mayúscula; pero su mamá apenas la escuchaba cuando le decía que no quería celebrar así el cumpleaños.

La madre necesitaba matar su enano, es decir, cumplir su sueño trunco, y escogía para ello la vida de su propia hija; creyéndose, incluso, que le hacía un bien. No recuerdo cómo terminaba el relato, pero para alguna de las partes de seguro no fue bien.

Proyectar en las hijas e hijos es común. A la crianza llegamos sin manuales y de lo primero que echamos mano es de las experiencias propias; volvemos a repasar nuestras infancias: lo que disfrutamos y lo que no, lo que nos hubiera gustado de otra manera, lo que faltó.

No es un error rotundo, pero puede llegar a serlo si obviamos que las circunstancias de nuestra prole son otras, y que sus caminos no son oportunidades para que vivamos otra vez; las vidas son suyas.

 

De acuerdo con un artículo publicado en Universo hijos, “la proyección es un término acuñado por Sigmund Freud que consiste en ver sentimientos, actitudes o ideas en otro pero que tienen un origen en uno mismo, que por su naturaleza no pueden ser aceptadas por el sujeto y son reprimidas.

“La proyección es algo así como ver el mundo a través de un espejo sin ser conscientes de nuestro reflejo. Vemos el reflejo de todo lo exterior, sin darnos cuenta que ese exterior que se refleja, es nuestro reflejo. El ego es poderosamente hábil. Antes que mirar adentro prefiere vomitar para fuera”.

La proyección en hijas e hijos, por ende, supone transferirles nuestras emociones, deseos, miedos o expectativas no resueltas. A mí, por ejemplo, me cuesta mucho ver a mi niña o mi niño tirándose de la canal, o en cualquier otro aparato del parque que considere peligroso; son cosas que de niña me atemorizaban.

Hay madres o padres que no quieren que su hija se peine de una manera porque heredó sus orejas y teme que se burlen de ella en la escuela; otros desean a toda costa que sea artista porque ellos no pudieron serlo, que estudie lo mismo o, por el contrario, que no lo haga de ninguna manera, aunque sea su vocación.

De esas formas se tuercen muchos destinos. Las consecuencias negativas de la proyección materna o paterna en el desarrollo emocional y sicológico de los niños tienen que ver mucho con lo que suponen para estos últimos las  expectativas demasiado altas, a las que deben adaptarse en vez de ser ellos mismos. Algunas de esas consecuencias son:

  • Presión y estrés
  • Supresión de la individualidad
  • Poco desarrollo de la autonomía
  • Confusión emocional
  • Ansiedad, baja autoestima o depresión
  • Conflictos y tensiones en el hogar
  • Problemas de comunicación y distanciamiento emocional

Aunque parezca un escenario catastrófico, creo que todos conocemos a alguien marcado por la proyección de sus progenitores. Evitarlo pasa mucho por la introspección, por observarse y pensar si realmente estamos tomando en cuenta los deseos o necesidades de nuestros hijos, o estamos viviendo emociones propias a través de ellos.

Es esencial escucharlos, darles espacio para que conformen su identidad y sean autónomos, y no juzgarlos. También resulta importante rebajar las expectativas, que sean buenas personas y personas felices; no, obligatoriamente, el primero de la clase, el mejor corredor, el médico, la universitaria, el cantante…

Un hijo no es un trofeo que deba exhibirse, ni tampoco barro moldeable; es una persona que acompañamos desde el amor.

 


Compartir

Yeilén Delgado Calvo

Periodista, escritora, lectora. Madre de Amalia y Abel, convencida de que la crianza es un camino hermoso y áspero, todo a la vez.


Deja tu comentario

Condición de protección de datos